La profanación del arte como campo de batalla política: Un análisis de la protesta a través del patrimonio cultural

La profanación del arte como campo de batalla política: Un análisis de la protesta a través del patrimonio cultural
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La profanación del arte como campo de batalla política: Un análisis de la protesta a través del patrimonio cultural

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El arte como culto, y la protesta a través de él, vista por algunos como sacrilegio. Desde alertas sobre los desastres de la guerra hasta reivindicaciones del voto femenino, pasando por reclamos contra el calentamiento global y el genocidio, el museo se ha convertido en un foco central para la profanación del arte como vehículo de expresión de demandas sociales.

Contra el patrimonio. La protesta en el arte como bien cultural (Barlín Libros, 2026) es el ensayo del investigador en historia social del arte, memoria y patrimonio, Manu Martín, donde se repasa la genealogía de la protesta y se reflexiona sobre el papel de los medios, el público y el turismo.

Martín, nacido en 1998, prefiere hablar de profanación en lugar de vandalismo, argumentando que los daños reales a la materialidad de las obras son mínimos o reversibles. El ensayo sintetiza en poco más de 200 páginas un análisis que abarca desde la protesta climática hasta la sufragista, desde la antimilitar hasta la laboral. Martín se distancia de una militancia específica y teoriza incluso sobre intervenciones de la extrema derecha.

Ejemplos históricos de la protesta en el arte

En 1914, la sufragista Mary Richardson apuñaló La Venus del espejo de Velázquez en la National Gallery de Londres. En 1974, durante la guerra de Vietnam, Tony Shafrazi graffiteó el Guernica de Picasso con pintura roja, escribiendo “Kill Lies All”. En 2022, un manifestante arrojó una tarta a La Gioconda en el Louvre al grito de “piensa en la tierra”.

Más recientemente, activistas tiñeron de rojo las fuentes de Neptuno y Cibeles en Madrid durante el genocidio en Palestina. Grupos pro alimentación sostenible o contra el maltrato animal han intervenido la fuente central de la Piazza del Popolo en Roma con pintura naranja o amarilla, o la Femme couchée lisant de Picasso con estiércol. La Venus del espejo volvió a ser atacada en noviembre de 2023 por activistas de Just Stop Oil.

La lucha contra el relato oficial del museo

Martín continúa la tesis de Tomaso Montanari sobre la “religión civil” que proyectan los museos, definiéndolos como espacios de legitimación donde se construye el pasado de forma positiva y se evoca una identidad. “Cuando protestamos, lo hacemos desde identidades, no desde anonimatos”, explica, especialmente cuando las profanaciones ocurren en museos estatales.

En enero de 1911, un marinero holandés despedido intentó atacar La ronda de noche de Rembrandt, declarando que era su “venganza contra el Estado”. Martín señala que el marinero no estaba enfadado con Rembrandt, sino con la voz que emanaba de la obra, una víctima del Estado atacando al Estado. Esta obra fue atacada nuevamente en 1975 y 1990.

Al convertir las obras de arte en objetos de culto, mancillarlas se convierte en un sacrilegio. Martín responde en su ensayo: “El activismo debe ser molesto. No podemos aceptar el argumento de la protesta dócil e institucionalizada. Los focos del museo iluminan más que los de cualquier escenario”. Argumenta que el activismo debe dirigirse a donde está la mirada colectiva para obligar a la atención.

Los museos, al albergar un relato oficial de la historia, se convierten en escenarios de disputa para quienes desean contradecirlo. Sus acciones miran al pasado, pero también al presente, buscando cambiar el futuro. Entender la profanación del arte es una tarea pendiente, especialmente en el contexto de la emergencia climática y el genocidio en Gaza.

Martín critica la preocupación mediática por el lienzo en contraposición a la preocupación por lo humano, señalando que medios de distinta línea editorial han confluido en denunciar estas intervenciones como “atentados” o “ataques”.

No debemos dar esa importancia a los palacios de las élites en comparación de las vidas de trabajadores y sociedad en general

Manu Martín, Investigador y escritor

Martín se identifica como una persona de izquierdas, espectro político que a menudo considera estas intervenciones como un ataque a la civilización y la cultura. Oriool Erausquin argumenta que “la rabia, cuando viene de los oprimidos, no es vista como una herramienta de liberación sino como una amenaza al orden establecido, racional y civilizado”.

Martín enfatiza que ninguna obra ha sido destruida por el activismo y que, incluso si así fuera, no le importaría, especialmente en un mundo donde hay gente muriendo y bombardeos a civiles.

El público también juega un papel crucial en el relato en torno al activismo en la profanación del arte. Martín argumenta que se enfrenta a la clase trabajadora y se desactiva y deslegitima la protesta, poniendo como ejemplo la Fontana di Trevi, inaccesible para los romanos debido al turismo masivo.

La profanación llega a España

España también ha sido escenario de estas acciones. En noviembre de 2022, activistas de Futuro Vegetal protestaron entre las majas de Goya en el Museo del Prado, reclamando medidas contra el calentamiento global. En septiembre de 2025, militantes de la misma organización lanzaron pintura roja y negra a la fachada de la Sagrada Familia en Barcelona al grito de “justicia climática”.

Un mes después, el mismo colectivo actuó en el cuadro Primer homenaje a Cristóbal Colón, manchándolo con pintura roja biodegradable. Martín opina que esta acción, a diferencia de otras, sí tenía intención de dañar la obra, ya que no estaba protegida con cristal.

Martín lamenta la imposibilidad de dejar la huella de un obrero en una pared del Museo del Prado, señalando la dificultad de expresar la identidad y las demandas de la clase trabajadora en estos espacios.

Una protesta que ahora se estudia con orgullo

Victòria Domingo, militante de Futuro Vegetal, protagonizó la acción en el Museo Naval y fue detenida. Argumenta que el cuadro de Colón es un símbolo de que el Estado no se ha revisado lo suficiente y sigue celebrando el 12 de octubre como fiesta nacional. Para ella, el arte es una forma de vehicular sus demandas en medio de una emergencia climática.

Domingo confirma que la acción en el Museo Naval buscaba criticar el contenido y la simbología de la obra, mientras que la performance entre las majas de Goya buscaba llamar la atención. Recuerda que el movimiento sufragista usó el arte para reivindicar la igualdad, y ahora eso se enseña con orgullo.

A pesar de las detenciones y la represión, Domingo considera que estas acciones crean un debate público y político, que luego continúa con libros como el de Martín.