
La pesadilla de una propietaria en Vizcaya: Inquilina morosa, declaración de vulnerabilidad y un calvario sin fin
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María Luisa Crespo, propietaria en Vizcaya, vive un auténtico calvario desde que alquiló un piso heredado de sus padres. Lo que parecía una oportunidad para obtener ingresos extra se ha convertido en una pesadilla económica y emocional, marcada por una inquilina morosa y las trabas burocráticas.
Un alquiler que se tornó pesadilla
Hace siete años, tras el fallecimiento de su madre, María Luisa heredó el piso. En 2022, con la intención de complementar los ingresos familiares, decidió alquilarlo a través de una agencia inmobiliaria. Se firmó un contrato legal con una mujer que, en principio, cumplía con los requisitos.
Sin embargo, la situación pronto se complicó.
Inicialmente, la inquilina pagaba con regularidad, pero los retrasos comenzaron a ser frecuentes hasta que, en octubre de 2023, dejó de pagar por completo. Desde entonces, la deuda no ha parado de crecer, acumulando no solo impagos del alquiler, sino también facturas de agua y la tasa de basuras, superando los 2.000 euros solo en consumo de agua.
La vía judicial y la “vulnerabilidad” que paraliza todo
Ante la situación, María Luisa recurrió a la vía legal. Tras un largo proceso, ganó el juicio de desahucio por impago. Sin embargo, una declaración de vulnerabilidad emitida por el ayuntamiento justo antes de la fecha prevista para el desalojo paralizó todo el proceso, dejándola en una situación de total indefensión.
La declaración de vulnerabilidad, que se renueva automáticamente sin verificación de las circunstancias de la inquilina, impide el desahucio y la deja sin margen de maniobra.
Además, descubrió que la inquilina tiene la potestad de empadronar a más personas en la vivienda sin su consentimiento, lo que alimenta las sospechas de un posible subarriendo de habitaciones.
Sospechas de fraude y malestar vecinal
María Luisa sospecha que la inquilina podría estar obteniendo beneficios económicos a su costa, sumados a la Renta de Garantía de Ingresos (RGI), lo que pone en duda su situación de vulnerabilidad. Además, el comportamiento de la inquilina ha generado malestar en la comunidad de vecinos, quienes denuncian fiestas, ruidos constantes e incluso peleas.
Los vecinos han presentado denuncias y tienen la intención de seguir haciéndolo, alarmados por el ruido y el constante trasiego de personas en el piso, lo que refuerza la sospecha de que viven más personas de las declaradas.
Un desgaste personal y familiar inmenso
El coste de esta situación va más allá de lo económico. María Luisa confiesa sentirse “física y psíquicamente fatal”, superada por el estrés y la ansiedad acumulados. El desgaste ha afectado a todos los ámbitos de su vida, agravado por la situación familiar: su marido se quedó sin trabajo y tienen dos hijos, lo que agrava la presión económica.
Su único deseo es vender el piso y poner fin a esta pesadilla, pero no puede hacerlo mientras la inquilina siga dentro.
Teme una confrontación directa con ella y se siente completamente atrapada en una situación que califica como “no es vida”.












