
Jung Chang: "Mao fue un tirano que perfeccionó el control sobre el ser humano
Foto: Archivo – Todos los derechos reservados
La escritora Jung Chang, autora de obras como ‘Cisnes salvajes’, reside en Londres rodeada de libros prohibidos en su China natal. A sus 73 años, tras haber revelado la verdadera imagen de Mao Zedong al mundo, conserva la serenidad, aunque aún siente el dolor de no haber podido despedirse de su madre. Con la publicación de ‘Vuelan los cisnes salvajes’, Chang completa una genealogía familiar que desafía el olvido, demostrando que la verdad puede ser más poderosa que cualquier superpotencia.
Una vida marcada por la historia de China
Nacida en 1952 en Yibin, Sichuan, la vida de Chang refleja las cicatrices de una nación. Hija de altos funcionarios del Partido que sufrieron las purgas que ellos mismos ayudaron a crear, pasó de ser una ferviente Guardia Roja a trabajar como campesina, obrera y electricista durante la Revolución Cultural.
En 1978, aprovechó la apertura del régimen para estudiar en el Reino Unido, convirtiéndose en la primera ciudadana de la China comunista en obtener un doctorado en una universidad británica. Desde el exilio, descubrió su misión: rescatar las vidas de sus antepasados de la propaganda y devolverles su humanidad.
Críticas a la figura de Mao
Chang critica a quienes niegan que Mao fue un dictador. Lo considera un insulto a las víctimas que murieron bajo su régimen, estimadas en setenta millones de personas. Para ella, solo la ignorancia o la ceguera ideológica pueden justificar tal afirmación.
Mao, según Chang, fue un tirano que superó a Hitler y Stalin en el control sobre los seres humanos. Carecía de empatía y sabía que su pueblo moría sin importarle, incluso justificando la muerte como un fertilizante para la tierra. El orden que impuso fue el del cementerio y el silencio, donde la sospecha era la base de la sociedad y la cultura milenaria fue sustituida por el culto a su personalidad.
La autora lamenta la romantización de Mao en Occidente, donde se le ve como un filósofo revolucionario. Recuerda el sufrimiento de su padre, torturado psicológicamente, y de su madre, obligada a arrodillarse sobre cristales rotos.
Chang afirma que el sistema de terror creado por Mao sigue siendo la base del poder de Xi Jinping en 2026. Negar su dictadura es negar el dolor de generaciones de chinos que tuvieron que sobrevivir en un mundo donde la verdad era el crimen más peligroso.
El control tecnológico en la China actual
Chang compara la vigilancia de los vecinos y los brazaletes rojos de su juventud con el reconocimiento facial y la inteligencia artificial utilizados en la China actual. Considera que el control tecnológico de Xi Jinping es una forma de tortura más efectiva y cruel que la violencia física de Mao. Antes, sus libros eran pirateados y distribuidos clandestinamente, pero ahora eso es imposible debido al control exhaustivo del gobierno.
Manifestaciones como la de Tiananmen ya no son viables, pues la policía espera a los disidentes antes de que salgan de sus casas.
El futuro de China tras el Partido Comunista
Chang no ve una caída inminente del Partido Comunista, que ha perfeccionado el control gracias al “Maoísmo Digital”, combinando el terror con el consumo. Sin embargo, si el régimen cayera, China necesitaría redescubrirse. El Partido ha intentado convencer a la gente de que ellos son China, pero el alma cultural china persiste como un río subterráneo, sepultado bajo el cemento ideológico.
El nacionalismo y la juventud china
La autora observa que los jóvenes diplomáticos y nacionalistas chinos en redes sociales no muestran el mismo fanatismo ciego que ella experimentó. En la China de Mao, ser Guardia Rojo era una cuestión de supervivencia, mientras que hoy, apoyar al régimen en redes sociales es una estrategia de ascenso social y económico.
Alinearse con la narrativa oficial ofrece beneficios tangibles, como evitar las “listas negras” y el escrutinio policial. Existe una economía de “KOLs” (Líderes de Opinión Clave) que se han enriquecido promoviendo el orgullo nacional, amplificados por el Estado y las plataformas tecnológicas.
Muchos jóvenes, sin embargo, practican el “Tang Ping” (tumbarse y no hacer nada) como protesta, un síntoma de un sistema que ha roto sus promesas. Se encuentran con que no hay trabajo para quienes tienen las mejores calificaciones, a pesar de haberse esforzado al máximo. Se les pide sacrificio por una estructura de poder que no les devuelve nada.
La responsabilidad de Occidente
Chang cree que Occidente no se toma a China tan en serio como debería, debido a un racismo arraigado.
Durante décadas, muchos líderes y empresarios occidentales han operado bajo la premisa condescendiente de que los chinos no están preparados para la libertad y la democracia. Han priorizado el comercio sobre los derechos humanos, ignorando los gritos de quienes sufrían y pensando que el totalitarismo era una “característica cultural” china.
El temor de Xi Jinping a las mujeres
Chang considera que Xi Jinping teme más a las mujeres que a los disidentes masculinos. El poder en China siempre ha sido patriarcal, pero bajo Xi Jinping se observa una regresión deliberada. El Partido Comunista ve la autonomía femenina como una amenaza a la estabilidad del Estado, ya que la influencia femenina ha mantenido los valores humanos y la compasión frente a la deshumanización de la ideología.
A diferencia de los disidentes masculinos, a quienes se puede encarcelar o silenciar, el despertar de las mujeres chinas representa un desafío que el Partido no sabe cómo gestionar.
El desafío de escribir sobre el padre
Para Chang, lo más difícil de escribir fue la historia de su padre, un hombre íntegro que sacrificó su vida por una causa que lo destruyó. Retratar su caída fue documentar la destrucción sistemática de un espíritu noble por el mismo sistema que él ayudó a construir. Verlo pasar de ser un oficial respetado a un hombre “roto”, humillado públicamente y sumido en la locura, fue una agonía que le costó décadas procesar.
La aceptación del pasado
Chang no siente que deba perdonar a su yo adolescente, sino que la ha integrado en su identidad presente, analizándola como a un personaje histórico. Comprende que su fanatismo era un estado de supervivencia, y utiliza su historia como un espejo para mirar a la China actual, viendo a través de las tácticas del régimen porque ella misma fue, una vez, el instrumento de esas tácticas.













