
El Pulso Geopolítico entre EE.UU. y China se Intensifica en Medio Oriente
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El conflicto en Medio Oriente no se limita a una confrontación entre Estados Unidos e Israel contra Irán, ni a un posible conflicto regional. También representa un nuevo capítulo en la rivalidad entre Washington y Pekín, un juego de poder que se desarrolla tras bambalinas.
La Diplomacia Panda de China
China ha recurrido a su “Diplomacia Panda”, una estrategia que Xi Jinping despliega cuando la tensión geopolítica amenaza sus planes. Esta estrategia se basa en actuar con calma y proactividad, sin mostrar fuerza, ante eventos que puedan desestabilizar su proyecto. Es una reinterpretación del principio de Deng Xiaoping de “ocultar tu capacidad y esperar el momento oportuno”, adaptada por Jinping.
Esta táctica explica la postura de Pekín en el orden geopolítico tras el estallido de la guerra en Irán, así como su respaldo tácito a Rusia en la invasión de Ucrania. También aclara su enfoque en el ámbito comercial, donde aceptó una tregua anual con Donald Trump para suavizar las tensiones arancelarias, mientras imponía controles a la exportación de tierras raras, obligando a empresas estadounidenses a buscar desesperadamente estos minerales cruciales.
Esta maniobra provocó la ira de Trump, pero sirvió para alcanzar un entendimiento mutuo: China retrasaba las restricciones a las tierras raras a cambio de que EE.UU. retirara a empresas chinas de su “lista negra” comercial. Según Kyle Bass, director ejecutivo de Rochefort Asset Management, esta tregua es un “intercambio de rehenes de alto riesgo” que revela la temperatura de la rivalidad entre EE.UU. y China, generando nuevos desafíos en el orden internacional.
Implicaciones de la Intervención en Irán
La intervención militar en Irán debe valorarse no solo en términos militares, sino como otro episodio en la lucha por el poder entre Washington y Pekín. Aunque la iniciativa ha partido de EE.UU., China opera discretamente desde su zona de influencia, el Indo-Pacífico, a través de sus socios y compromisos regionales, incluso con India.
Bass señala que EE.UU. está “cautivo de los controles chinos sobre las tierras raras”, mientras que Pekín necesita los chips de IA de Nvidia para modernizar su ejército e industria tecnológica. Esto ha generado una “carrera a la desesperada” para que ambas economías se liberen de esta dependencia y obtengan ventaja competitiva. La guerra en Irán complica esta situación.
El Futuro de la Relación EE.UU.-China
A pesar de la tensión generada por la guerra en Irán, la reunión entre Trump y Jinping sigue en agenda. La administración Trump aún no justifica la guerra con argumentos sólidos, limitándose a exigir la “plena rendición de Teherán”.
Richard Haass, antiguo diplomático estadounidense, considera la intervención en Irán como una “guerra de elección”, iniciada a pesar de existir alternativas diplomáticas. Estas guerras requieren justificar rápidamente los resultados frente a los potenciales daños y costes colaterales.
China y la Tregua Bélica
China, Irán y Rusia son conscientes de que una prolongación del conflicto agravará los costes económicos y estratégicos de Washington. Por ello, Pekín ha propuesto una tregua bélica para encauzar un “año que podría ser histórico” en la relación entre las dos superpotencias. Christopher Chivvis, investigador del Carnegie Endowment for International Peace, plantea si Washington debería auditar sus compromisos globales para reconfigurar, junto con China, las garantías de seguridad heredadas del siglo XX.
Chivvis advierte que el sucesor de Trump enfrentará alianzas tensas y un dilema sobre si la red de socios del siglo pasado sigue sirviendo a los intereses estadounidenses en un siglo marcado por la rivalidad con China. Sugiere reevaluar los lazos diplomáticos desde una óptica geoestratégica, priorizando socios que refuercen la competitividad frente a China.
El “Wait and See” de China
China ha construido su influencia a través del comercio, la inversión y la diplomacia económica, evitando compromisos militares directos. Sin embargo, la crisis iraní ha revelado grietas en este modelo. El analista chino Deng Yuwen señala que la fuerza económica por sí sola no es suficiente y debe ir acompañada de una capacidad militar creíble para proteger sus intereses en Medio Oriente.
Esta es la razón por la que Jinping ha optado por la vía diplomática, condenando la intervención militar pero pidiendo negociaciones. Craig Singleton, de la Foundation for Defense of Democracies, sugiere que Pekín podría usar su moderación como arma negociadora en otros frentes, como el libre comercio o Taiwán. Sin embargo, advierte que la prudencia china es una táctica para erosionar gradualmente la hegemonía estadounidense.
Para China, la crisis iraní es un problema geoestratégico para EE.UU., y si el conflicto se prolonga, Washington podría verse obligado a una invasión total, dedicando recursos a un teatro que no es su prioridad. Singleton señala que la competencia decisiva se desarrollará en el Indo-Pacífico, y cada portaaviones desplegado en el Golfo es un activo que no puede utilizarse en Asia.
Además, la guerra podría fortalecer indirectamente los lazos entre Pekín y Teherán, ya que un régimen iraní debilitado dependerá más de China en lo económico y tecnológico. Pekín podría incluso verse obligado a intervenir si se interrumpe el flujo energético en Ormuz, afectando a los mercados asiáticos y otorgándole legitimidad sobre el conflicto.
En contraste con la visión de Washington, Rafael Grossi, director general de la International Atomic Energy Agency, afirma que no hay evidencia de que Irán esté construyendo una bomba nuclear.
El Oro Negro y la Transición Energética
Una de las razones que la Administración Trump oculta es el petróleo, que sigue moviendo los hilos en la región. La transición energética ha alterado los cálculos de las potencias productoras de combustibles fósiles. En 2025, las renovables aportaron el 10% de la electricidad al mix americano, representando el 25% del total, algo difícil de aceptar para el impulsor del “Drill, baby, drill”.
Jason Bordoff, director del Center on Global Energy Policy de la Universidad de Columbia, afirma que la electrificación del transporte y el desarrollo de nuevas cadenas de suministro energéticas están modificando las prioridades estratégicas de los gobiernos. Para grandes importadores de crudo como China, la UE o India, reducir su dependencia del petróleo significa recortar las vulnerabilidades geopolíticas. Los petroestados del Golfo se resistirán a ceder su peso geoestratégico, pero su petróleo tenderá a dejar de ser el epicentro de la política energética global.













