GUERRA EN IRÁN Y EL PETRÓLEO: ¿QUIÉN GANA REALMENTE?

GUERRA EN IRÁN Y EL PETRÓLEO: ¿QUIÉN GANA REALMENTE?
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GUERRA EN IRÁN Y EL PETRÓLEO: ¿QUIÉN GANA REALMENTE?

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La escalada de tensión en Irán, con el estrecho de Ormuz bloqueado, ha provocado un aumento en los precios del petróleo, generando incertidumbre económica a nivel global.

El papel de Estados Unidos como potencia petrolera

Donald Trump ha declarado que Estados Unidos se beneficia del aumento de los precios del petróleo, al ser el mayor productor mundial. Si bien es cierto que la producción estadounidense casi se ha triplicado en las últimas dos décadas gracias a técnicas como el fracking, la realidad es más compleja.

Aunque Estados Unidos exporta más petróleo y derivados de lo que importa desde 2020, aún depende de otros países. Sus refinerías están adaptadas al crudo pesado, proveniente principalmente de Canadá y México, mientras que su producción se centra en petróleo ligero y gas natural, destinados mayormente a la exportación.

Por lo tanto, si bien una guerra en Irán podría mejorar la balanza comercial de Estados Unidos, el país también es el mayor consumidor de petróleo del mundo, lo que modera las ganancias. Las empresas petroleras estadounidenses sí se benefician de la subida de precios en bolsa, pero los ciudadanos, incluyendo los votantes republicanos, sufren el aumento del precio de la gasolina.

La dependencia del Golfo Pérsico

La revolución del fracking ha disminuido la dependencia de Estados Unidos del petróleo del Golfo Pérsico. Hace una década, representaba el 24% de sus importaciones, mientras que hoy no llega al 8% y sigue disminuyendo. Sin embargo, el estrecho de Ormuz, por donde circula alrededor del 20% del crudo mundial, es crucial para Asia, destino de casi el 90% del petróleo que transita por allí.

China y Europa ante el conflicto

La guerra contra Irán no es un buen negocio para Trump, ya que su economía también se verá afectada por la inflación. No obstante, China, que importa alrededor de la mitad de su crudo desde el Golfo Pérsico, podría ser la más perjudicada por el cierre del estrecho de Ormuz.

Europa también se enfrenta a un escenario catastrófico. Aunque su dependencia de Ormuz no es tan grande como la de China, la escasez de producción interna de crudo y gas natural, sumada a los altos precios, complican la situación. El 90% del gas y el 96% del petróleo que consume Europa es importado, cifras que alcanzan el 100% en el caso de España.

Cada dólar que aumenta el precio del petróleo supone una transferencia de riqueza desde Europa, incluida España, hacia los países productores, como Estados Unidos.

La transición energética como solución

La solución a medio plazo para Europa es clara: reducir la dependencia de los combustibles fósiles y apostar por fuentes de energía autóctonas y limpias. España ha avanzado en este sentido, generando casi el 60% de su electricidad a partir de energías renovables.

Gracias a la energía eólica, hidráulica y fotovoltaica, el precio mayorista de la electricidad en España es un 32% más barato que la media europea, lo que contribuye al crecimiento económico del país.

El nacionalismo energético y la soberanía

El nacionalismo energético de Trump, aunque cuestionable desde el punto de vista climático, responde a un interés nacional, ya que Estados Unidos es una potencia petrolera y gasista. Sin embargo, este no es el caso de España, cuya riqueza energética reside en el sol, el viento y el agua.

Ante la crisis, la derecha propone una rebaja de los impuestos sobre los combustibles, una medida eficaz a corto plazo pero regresiva y que fomenta la dependencia energética. El petróleo no es solo una mercancía, sino una relación de poder. Por lo tanto, la transición energética es una cuestión de soberanía para España y Europa.