
Cómo la Iglesia se convirtió en el apoyo de la dictadura de Franco
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Durante el medio siglo de la Restauración y la breve dictadura de Primo de Rivera, la Iglesia católica disfrutó de amplios privilegios económicos, sociales y morales. Este poder, acumulado durante siglos, no estaba dispuesta a perderlo. Por ello, la jerarquía y la mayoría del clero se opusieron al régimen de la Segunda República, que consagró el laicismo y la separación Iglesia-Estado en la Constitución de 1931.
El historiador Julián Chaves aborda este conflicto en su libro “El águila y la sotana”, donde analiza el papel de la Iglesia durante el primer franquismo (1936-1945) y su férreo control social a través del nacionalcatolicismo.
Chaves, catedrático de Historia Contemporánea, señala que las reformas y avances de la República en materia educativa, agraria y de derechos y libertades fueron una amenaza para el statu quo eclesiástico, que perdió influencia social y moral, además de ver limitados sus presupuestos y ayudas públicas.
El historiador destaca la enérgica resistencia de la cúpula eclesiástica frente a las leyes republicanas, como la pérdida de influencia en el sistema educativo ante el fortalecimiento de la escuela pública, lo que generó enfrentamientos entre párrocos y maestros.
La jerarquía manipuló intervenciones de líderes republicanos, como la frase de Manuel Azaña “España ha dejado de ser católica”, interpretándola como una persecución a los católicos. Durante la República, la Iglesia conspiró y amenazó al régimen, apoyando a partidos católicos y a militares golpistas.
En los primeros momentos de la guerra, los obispos, con escasas excepciones, calificaron de cruzada el levantamiento contra la República y bendijeron los esfuerzos bélicos del bando franquista. La identificación entre el Ejército golpista y la Iglesia fue tal que el escritor José María Pemán la describió como una misma voluntad de afirmar la fe y salvar una civilización.
Persecución de la Iglesia en zona republicana
La investigación de Julián Chaves revela la represión de religiosos en la retaguardia republicana durante la guerra. Un memorándum de 1937 impulsado por el ministro Manuel Irujo enumeraba las víctimas por motivos religiosos, especialmente durante los primeros meses del conflicto.
Según Chaves, los religiosos fueron objetivos de las milicias incontroladas de anarquistas y, en menor medida, de comunistas, que actuaron por su cuenta durante el verano de 1936, imponiendo un orden revolucionario al Estado republicano. En total, fueron asesinados 6.832 religiosos, incluyendo 13 obispos, lo que representó un 14% de las víctimas en la retaguardia republicana. Tras estos meses, la persecución disminuyó notablemente.
Cuando Chaves analiza la situación social en las regiones conquistadas por los franquistas, la Iglesia ya prefigura su papel de control social y moral, especialmente en la posguerra. Los bailes eran considerados pecado, los carnavales fueron prohibidos y se multaba por blasfemar en público. Los sacerdotes se erigieron en “martillos de herejes” frente a cualquier disidencia moral o de costumbres.
“Está claro que la sociedad española sufrió un retroceso increíble en todos los terrenos”, resalta Chaves. “Cualquier avance de modernización fue paralizado, los derechos humanos fueron vulnerados y la Iglesia se convirtió en una gran colaboradora de la dictadura de Franco en lo que se ha llamado el nacionalcatolicismo”.
En apenas año y medio, el bando sublevado suprimió los matrimonios civiles, derogó la ley de divorcio de 1932, restableció la Compañía de Jesús y eximió de contribución territorial a las propiedades de la Iglesia, devolviendo a la jerarquía católica el poder que había tenido hasta la proclamación de la República.
El cardenal Gomá, Pío XII y los nazis
El libro de Chaves dedica especial atención al cardenal Isidro Gomá, arzobispo de Toledo y primado de España durante la Guerra Civil, un personaje fundamental en la época. Junto al cardenal Pedro Segura, Gomá representó al sector más conservador e integrista entre los católicos, frente a las escasas voces liberales. Otro protagonista fue el cardenal Eugenio Pacelli, más tarde elegido papa como Pío XII, un pontífice polémico por sus actitudes frente al franquismo y el nazismo.
Según Chaves, Gomá llevó las relaciones del episcopado español con Pacelli durante la guerra y encabezó la carta colectiva de los obispos españoles de apoyo a Franco en 1937. Pío XII cambió de actitud durante ese periodo, pasando de mostrarse crítico con el bando nacional y reticente a las alianzas con los nazis a expresar entusiasmo por la victoria de Franco y mostrarse tibio frente a la persecución de los judíos.
A pesar de la sintonía entre el episcopado y la dictadura, los obispos no escaparon a la censura franquista. Gomá sufrió la prohibición de difundir su pastoral “Lecciones de la guerra y deberes de la paz” por contener críticas hacia los vencedores, lo que lo enfrentó al sector más pronazi del Gobierno franquista. Chaves no descarta ampliar su investigación sobre las relaciones entre la Iglesia y la dictadura hasta la muerte de Franco, un tema que considera interesante y poco estudiado.













