
La dura vida del pescador artesanal en Lanzarote: entre la tradición, la burocracia y la falta de relevo generacional
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La vida del pescador es una vocación dura que transcurre tanto en el mar como en tierra. Juan Francisco, un pescador artesanal de Lanzarote, ha compartido su experiencia, desvelando la realidad económica del sector.
Ingresos y desafíos económicos
A pesar de que algunos pescadores pueden ganar entre 1.600 y 2.500 euros, Juan Francisco subraya que el salario es “normal” debido a los altos costos asociados al mantenimiento de la embarcación. Además, enfatiza que este dinero es “bien ganado”, especialmente considerando que deben pagar la Seguridad Social incluso durante los meses de inactividad.
Para los pescadores del norte de Lanzarote, la pesca es una actividad estacional. Los meses de verano son particularmente difíciles debido a los fuertes vientos, lo que limita la pesca a solo dos o tres días al mes, si hay suerte.
Este período se aprovecha para el mantenimiento de las embarcaciones, incluyendo la costosa tarea de quitar el patente.
El invierno, la temporada alta
El invierno, en cambio, ofrece mejores condiciones marítimas para la pesca. “Aquí en invierno es cuando, por lo menos yo, suelo pescar más”, afirma Juan Francisco. Esta situación invierte el ciclo habitual de otros sectores, convirtiendo los meses fríos en la temporada alta para la pesca artesanal en esta zona de Canarias.
Regulación y pesca del atún
Juan Francisco se dedica a la pesca de fondo, capturando especies como meros. Sin embargo, la normativa europea, especialmente la regulación del atún, ha añadido una capa de complejidad.
Muchos barcos pequeños, al no tener un historial de capturas, tienen prohibido pescar atún, lo que desincentiva a las nuevas generaciones.
El pescador critica que las cuotas impuestas por la Unión Europea no tienen en cuenta la realidad de las Islas Canarias como región ultraperiférica. “Nosotros siempre hemos peleado por el tema de que somos región ultraperiférica, dependemos del paso del pescado, con lo cual deberían de dejarnos cogerlo, porque ese pescado se va”, argumenta. Insiste en que la pesca artesanal, al ser selectiva y de bajo impacto, no debería estar sujeta a estas limitaciones.
Un modelo de pesca sostenible
Juan Francisco defiende un modelo de pesca artesanal sostenible, comparándolo con “un hombre, un anzuelo”, incapaz de esquilmar los caladeros. Además, destaca que su método de pesca permite devolver al mar las piezas pequeñas, a diferencia de la pesca industrial, donde “cuando ese pescado viene aquí, ya no lo cuesta, está muerto”.
La falta de relevo generacional y la burocracia
La supervivencia del sector también se ve amenazada por la falta de relevo generacional y un exceso de burocracia.
Juan Francisco, que ahora trabaja solo, explica que contratar a un marinero no es viable económicamente. El antiguo sistema de reparto de ganancias ya no es legal, y un contrato asalariado es insostenible en un oficio sin horarios fijos ni ingresos estables.
Además, la carga burocrática es cada vez mayor. “Sales cuando entras, kilos donde estuviste, estadillo de las zonas donde pescaste”, describe. La instalación de sistemas de seguimiento y la obligación de rellenar papeles constantemente hacen que la profesión sea “menos vistosa”, alejando a los jóvenes, que además no tienen forma de aprender el oficio, ya que la ley impide que los menores acompañen a sus familiares en el barco.
Propuestas para el futuro
Como solución, los pescadores locales proponen la creación de “reservas de interés pesquero”, gestionadas por ellos mismos en colaboración con la administración.
El objetivo es prohibir artes de pesca dañinas y fomentar una pesca sostenible y selectiva que actúe como un “pulmón que dé pescado también para las demás zonas”.













