
Arder por nada: Crónica del bombardeo en Venezuela y sus secuelas
Foto: Archivo – Todos los derechos reservados
Dormía profundamente cuando el alboroto de mis gatas me despertó. Una me daba con la pata en la cara, las tres se me subían por la espalda, saltaban en la cama y tiraban cosas al suelo. En pocos segundos escuché el estruendo, tiroteos y lo que pensé que eran helicópteros.
Corrí a encender la computadora y me metí en X. ¿Nos están bombardeando? Nos están bombardeando. A la mayoría la tomó por sorpresa.
Tras cinco meses de amenazas en las que pocos creían, llegó el lobo y derrocó a Nicolás Maduro, o lo secuestró, como dicen los izquierdistas y los chavistas.
Me asomé por la ventana y vi un sinfín de columnas naranja intenso, como si un dragón exhalara fuego hacia el cielo. Desde mi casa, en una zona alta de Caracas, divisé varios puntos arder. Parecía que intentaban formar una figura geométrica.
Se escuchaban las aspas de los helicópteros y había aviones que solo vi en Instagram. Fuego, miedo e histeria se esparcieron por todo el valle de Caracas, La Guaira y Aragua. En muchos sitios se fue la luz y en mi casa se cayó internet, pero tenía señal en mi móvil.
Los gringos al final nos atacaban, todo el mundo lo tenía claro, aunque nadie sabía del destino de Nicolás, Cilia, Diosdado ni los hermanos Rodríguez.
Mis ventanas crujían y la estructura de metal se movía al ritmo de una danza macabra. En las redes, la gente de casas aledañas a los blancos de los norteamericanos contaba lo que veía: La Carlota, Prados del Este, Manzanares y Cumbres de Curumo.
El ruido desesperante de la “operación quirúrgica” duró poco más de dos horas. La “extracción” de Maduro y Cilia, menos de tres minutos. Allí sí hubo enfrentamientos y liquidaron a todo el mundo. 130 muertos, destrozos en toda Caracas, el aeropuerto de Higuerote en ruinas, edificios frente a Maiquetía arrasados. Lanzaron drones sobre la zona y destruyeron edificios residenciales. Murieron vecinos y perdieron sus casas. Pero fue una operación limpia, hecha con pinzas. Ninguna baja de marines.
Cerca de las cuatro terminó el bombardeo, pero pasaron horas antes de que pudiera hacerme una idea de lo que había pasado. ¿Nos habrían invadido? El silencio era aterrador. Nada se movía, no se escuchaba ni una voz. Ese silencio se prolongó un día y medio.
Desprevenida como muchos, no había guardado comida. Los gabinetes estaban vacíos; en la nevera, solo agua. Tenía un buen acopio de pienso para gatos y medicamentos porque sospechaba que el bloqueo nos iba a llevar a un escenario como el de 2016. Los años del hambre.
Escribí a un amigo que vive cerca de Fuerte Tiuna. Me escribió cuando volvió la luz: estaba vivo y su edificio intacto, pero en *shock*.
Leí en el *New York Times*, hace pocos meses, a un exmarine curtido en mil guerras que juraba que el tándem Trump-Rubio nos atacaría. Algo se me rompió dentro. Tuve un pánico ciego: *nos van a bombardear, nos van a bombardear*. Tomé clonazepam para calmarme. El 4 de enero me llamó: “Tenías razón. Nos bombardearon”.
La aparición de Delcy Rodríguez
En algún momento de esa mañana, Delcy Rodríguez dijo en VTV que habían secuestrado a Maduro y a Cilia. Al día siguiente, cuando se instaló el Parlamento para el período 2026-2031, su hermano Jorge Rodríguez, la juramentó como presidenta encargada. La acompañaban los ministros de Defensa y de Justicia, Vladimir Padrino López y Diosdado Cabello. El rostro furioso e impotente de Cabello me impresionó.
Mi hipótesis es que Diosdado quiso pelear y los demás optaron por negociar con Donald Trump. O tal vez no quería que Delcy tomara el lugar de Maduro. Es poco lo que se llega a saber de las intrigas palaciegas.
Silencio sobre los muertos
Lo que de verdad pasó ese día, pocos lo saben. El Gobierno ha guardado con celo el nombre de los fallecidos y ha dado una cifra que dista mucho de la publicada en medios internacionales. Solo se sabe que murieron 32 cubanos, porque se repatriaron sus cuerpos y Díaz-Canel hizo un funeral con honores.
El miedo, el cerco policial y la autocensura han hecho que los periodistas no salgan a buscar esas historias. La ciudad está tomada por los cuerpos policiales y militares. Al principio había muchas alcabalas.
Fuera sí se han publicado algunas buenas historias, antes y después. Recuerdo una de la BBC: un padre en duelo por su hijo. Un cadete muy joven. Quise abrazar a ese padre desconsolado.
De nuestros muertos nadie habla. La oposición los ignora: son pobres. Y al gobierno *de facto* tampoco le interesa divulgar la dimensión del ataque y las historias de los caídos. Según el *New York Times* fueron 130, no los 75 que reporta el Ministerio de Defensa.
En Catia La Mar, cerca del aeropuerto de Maiquetía, y en Higuerote hubo víctimas civiles y edificios residenciales en escombros. Tres semanas después del ataque, el alcalde de Baruta, Gustavo Duque, visitó La Carlota y escribió que el 90% de las casas cerca de La Carlota estaba en ruinas. La Alcaldía prometió ayudar a reconstruirlas.
La renuncia a la política
Quizás soy rara, pero a mí me dolían y me duelen esas muertes que se despachan como “daño colateral”. En algunas personas, el odio a Maduro y la felicidad por su secuestro han borrado todo rastro de humanidad.
Me indigna que en todo este largo conflicto paguen los más inocentes, y que los líderes ni siquiera por pudor hablen de las vidas truncadas. Es un peaje, dicen muchos, el precio que hay que pagar por salir del chavismo. Me niego a verlo así. Al chavismo había que vencerlo con un verdadero trabajo político.
Nunca vi a la oposición chilena ni a la argentina pedir invasiones para salir de Pinochet o de Videla. Una cosa es concitar todo el apoyo contra la dictadura, otra que unos exiliados y una mujer ambiciosa invocaran por enésima vez la fuerza bruta y una intervención.
Soy de las pocas periodistas venezolanas que desconfía de María Corina Machado. Siempre he rechazado las salidas insurreccionales y las sanciones económicas. Me pareció absurdo que le dieran el Nobel de la Paz a Machado e interpreté el discurso del Comité como una justificación de la fuerza bruta.
Nadie ha reconocido que los llamados a la abstención fueron errores garrafales. Tampoco que las aventuras insurreccionales, amén de inútiles, dejaron a una catarata de civiles y militares presos. Pienso en el ataque con un dron a Maduro o en la ridícula “operación Gedeón”. María Corina Machado ha formado parte de todos estos desastres. Hasta del golpe de Carmona Estanga en 2002.
Después de meses de un intenso *lobby* en Washington, se creó un clima proclive a que Maduro saliera al costo que fuera. Pero los medios que emplees determinan el fin. El uso de la fuerza es la renuncia a la política, es claudicar, y muestra que no crees en la democracia, sino en el poder. Es raro que una persona pida un ataque militar en su propio país para que, cuando depongan al dictador…
Al final, esa oposición en el exilio junto a María Corina Machado ha perdido su apuesta. Trump y Marco Rubio decidieron que gobernara el chavismo. Machado no tiene apoyo interno para gobernar, informó la CIA. La verdad es que ni el chavismo tiene un verdadero control territorial.
La destructiva operación quirúrgica nos dejó en el peor de los mundos. Seguiremos con el chavismo quién sabe hasta cuándo y hemos vuelto a 1900. Somos una colonia americana que va a beneficiar con su petróleo nada más que a los estadounidenses. Aunque sea inverosímil, mucha gente piensa que Delcy Rodríguez cumplirá los designios de Trump y calmará a los chavistas que se sienten vejados.
Es falso que en el amor y en la guerra todo valga. Hay líneas que no deberíamos cruzar. Machado y su oposición, para mí, están fuera del juego político por su sectarismo y por la gracia del bombardeo. También por su falta de empatía: ni siquiera han presentado sus condolencias a las familias de las víctimas.
Me inquieta pensar en cómo vamos a librarnos del doble yugo que ahora nos oprime. Creo que será más fácil salir del chavismo que expulsar a los norteamericanos de un país con las mayores reservas de petróleo del mundo. Seguro que ni llegaré a verlo.













