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Brigitte Vasallo: “Hay una arrogancia extraordinaria desde la izquierda hacia la gente del campo
La autora catalana Brigitte Vasallo presenta su nuevo ensayo, ‘La fosa abierta’, donde explora la migración interna en España, la violencia cultural contra el mundo rural y la dualidad existencial de las personas que emigran, una realidad a menudo silenciada.
‘La fosa abierta’ (Anagrama, 2025) trasciende el género del ensayo o la memoria personal. Es una exploración profunda de heridas interconectadas: las emocionales, las históricas de quienes han migrado, y la memoria de las sociedades rurales, doblemente afectadas por el expolio capitalista desde la revolución industrial y la expulsión de territorios que ya no sustentan a sus habitantes.
El libro es una crónica sentimental de la España vaciada, vista desde el desarraigo que la migración produce en los descendientes, ya insertos en los grandes polos industriales europeos, como Cataluña. Vasallo escribe desde su propia experiencia como catalana descendiente de gallegos, abordando su dificultad para reconectar con la familia que permanece en Chandexa de Queixa, la aldea natal de sus padres en Ourense.
Esta reconexión se vuelve esencial para comprenderse a sí misma como hija de una cultura y una lengua que desconoció durante mucho tiempo, mientras vive en otro idioma y otra sociedad que, aunque siente cercanas, no puede reconocer del todo como propias.
El expolio como motor de la migración
‘La fosa abierta’ visita la aldea ourensana de sus padres y reflexiona sobre las zonas rurales que fueron vaciadas en los años 60 y 70 por la migración. La autora encuentra paralelismos con ‘Retorno a Reims’ de Didier Eribon, donde el filósofo francés analiza cómo la clase obrera francesa ha terminado votando por la ultraderecha.
Vasallo explica que Eribon es un referente por su análisis de la clase obrera y su desestructuración como comunidad, así como por los estudios sobre la Francia poscolonial y los procesos de asimilación. Este contexto de expolio sirve para reflexionar sobre las migraciones dentro de España, entendiendo el mundo rural como víctima de un vaciado continuo que obliga a sus habitantes a buscar sustento en otros lugares, donde su capacidad laboral será explotada en favor del capitalismo.
¿La España vaciada como historia de un expolio? Vasallo afirma que sí, desde la desamortización se ha tendido a la explotación del campo con fines capitalistas, expulsando a sus habitantes para subsistir. Este proceso se extiende por toda Europa desde el siglo XVI, con el cercamiento de tierras comunales y la apuesta por la ganadería extensiva frente a la agricultura. Continúa hoy con el expolio de ríos, viento y sol a través de parques de energías renovables que arrasan las formas tradicionales de economía rural, que también son formas de vida.
La pérdida de formas de vida alternativas
Estas formas de vida implicaban organizaciones sociales y económicas alternativas al capitalismo autodestructivo. Llevamos siglos perdiendo una riqueza cultural cuyas dimensiones desconocemos y que tal vez no podamos recuperar. Sin idealizar el mundo rural, muchas de las formas de vida milenarias que calificamos de atrasadas o ineficientes tenían la virtud de no destruir el medio, de ser sostenibles.
Conservar estas formas de vida fuera del contexto capitalista es un modo de saber qué dirección tomar para salvar el planeta. También se han perdido estructuras sociales en las que las mujeres tenían un peso comunitario importante que las equilibraba con los hombres. Se rompe una red de colaboración, aunque el machismo y el maltrato no son exclusivos del mundo rural. La llegada de los tractores, por ejemplo, rompió una igualdad ancestral, al relegar a la mujer a tareas a pie.
En el campo, la diferencia entre trabajo asalariado y doméstico se diluye, ya que todos los trabajos son de supervivencia. No hay la idea de acumular, sino de subsistir al día a día. En cambio, el capitalismo favorece las desigualdades de género al introducir las políticas salariales, como se observa en las colonias fabriles donde se contrataba a familias enteras, pero la mujer cobraba menos que el marido, estableciendo una semilla de dependencia y desigualdad.
La individualización y el malestar del campo
Al igual que Eribon habla de la ruptura de la conciencia comunitaria obrera en favor de la individualización, al migrar se pierde la identidad comunitaria y las formas de vida originales. Se produce una mutación a individuos separados de su historia. En los pueblos, el término “vecino” se refiere a una casa habitada, no a una persona individual, porque la persona forma parte de un cuerpo social mayor, algo que se pierde al migrar a los centros urbanos.
A diferencia del malestar obrero, la protesta del campo se percibe a menudo como reaccionaria. Uno de los grandes problemas del siglo XX ha sido la falta de alianza entre campesinado y mundo obrero. El paradigma se ha planteado desde el contexto capitalista, haciendo entrar al campesinado en un sistema al que no quiere ni tiene por qué entrar, lo que significaría su fin como identidad. La izquierda tiene una deuda de comprensión con la gente del campo y actúa con arrogancia en esta cuestión.
La derecha, en cambio, está captando este malestar y quiere convertirse en interlocutor del campo, pero utiliza el conflicto rural para sus propios intereses, silenciando el mensaje real, lo que es una forma de violencia contra el campesinado.
Críticas a representaciones estereotipadas
Vasallo critica la película ‘As bestas’ de Rodrigo Sorogoyen, a la que considera una fábula que maniquea la confrontación entre el mundo rural, dibujado como oscurantista, y el mundo ilustrado, representado por un profesor universitario francés. La autora prefiere ‘Alcarràs’ de Clara Simó, una película más realista y honesta sobre el mismo conflicto.
La identidad “txarnega” y la inmersión lingüística
Otro tema abordado en ‘La fosa abierta’ es la identidad “txarnega”. “Charnego” es un insulto despectivo hacia el migrante en Cataluña, que Vasallo reivindica como una denuncia del vaciado humano y cultural. No busca definir lo “txarnego” como una identidad, sino provocar un debate sobre el origen de las personas “txarnegas”, su periplo y el trato recibido en sus zonas de destino, que no siempre ha sido la acogida de la que se habla.
Esto ha ocurrido en Cataluña, donde nace el insulto de “charnego”, y en Euskadi, pero también en Madrid y en toda Europa, como ocurrió con los migrantes del sur de Italia, llamados despectivamente “terroni”.
En este contexto, la lengua juega un papel importante: la que se pierde y la que se gana para integrarse. La autora se cuestiona si la política de inmersión lingüística en Cataluña es beneficiosa.
La filóloga Carme Junyent explicaba que cuando colisionan dos lenguas, una está condenada a desaparecer, pero si hay más de dos idiomas, se salvan todos. La inmersión lingüística es útil para integrarnos, pero si queremos salvar el catalán frente al castellano, quizás la fórmula sea incluir en la enseñanza las lenguas de origen de los migrantes, fomentando su habla para no borrar su identidad y evitar la imagen de que el catalán es una lengua de imposición. Hablar de que la inmigración causa el descenso del catalán es una forma de xenofobia.













