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¿Cuándo comenzamos a diferenciar a hombres y mujeres en los enterramientos prehistóricos?
Antes de abordar directamente la pregunta, es crucial comprender algunos aspectos fundamentales de la arqueología, la disciplina que, entre otras cosas, estudia los enterramientos del pasado. La investigación arqueológica se realiza desde el presente, y las perspectivas y valores de la sociedad actual influyen en las preguntas que formulamos y en cómo interpretamos las sociedades del pasado.
La arqueología surgió como disciplina científica en el siglo XIX, y durante los siglos XX y XXI se ha dotado de marcos de pensamiento, metodologías y técnicas específicas para estudiar el pasado y el presente de los seres humanos. Desde sus inicios, los arqueólogos han tendido a crear estereotipos sobre cómo pensábamos que eran las mujeres y los hombres del pasado, abarcando aspectos como la vestimenta, la alimentación y las funciones sociales. Sin embargo, debemos cuestionarnos si esta concepción binaria de la sociedad, que actualmente está evolucionando, era aplicable al pasado más remoto.
Una herencia binaria en la arqueología
La arqueología, al emerger en el siglo XIX, llevó a los especialistas a investigar y cuestionar los aspectos de su vida cotidiana. Inconscientemente, proyectaron su propia estructura social, marcadamente binaria en esa época. Por lo tanto, al estudiar los enterramientos, buscaban diferencias entre los de mujeres y los de hombres.
Es importante definir qué entendemos por sexo y género. En arqueología, el sexo se refiere a las características biológicas, como los órganos genitales, los cromosomas y las hormonas. Sin embargo, estas diferencias biológicas no siempre coinciden. El género, por otro lado, es la construcción cultural que se deriva de esta diferencia biológica.
El problema que tenemos con el pasado es que hemos hecho arqueología con el modelo social de los siglos XIX y XX buscándonos a nosotros mismos.
Al estudiar cementerios, a menudo se asume que muestran diferencias de género en clave binaria, olvidando otras identidades colectivas y personales relevantes, como el estatus social, la clase, la edad y la etnicidad.
Por ejemplo, la posición del cadáver (decúbito lateral derecho o izquierdo) se utilizaba para identificar el género del individuo difunto, incluso antes de analizar los restos humanos. En otros casos, el género se asignaba según la ubicación de la tumba dentro del cementerio.
Ajuar y estatus en los enterramientos
La forma más común de asignar género a los difuntos ha sido a través del ajuar, es decir, el conjunto de objetos incluidos en el enterramiento. Esta práctica es subjetiva y condicionada por el presente de los profesionales. Los adornos corporales se atribuían a las mujeres, mientras que las armas se asociaban a los hombres, sin saber si en la época de los enterramientos eran las mujeres o los hombres quienes portaban dichos objetos.
La manera más común de asignar género a los difuntos ha sido a través del ajuar, es decir, el conjunto de objetos que se incluyen en el enterramiento.
A partir de la segunda mitad del siglo XX, la antropología física comenzó a utilizar técnicas para analizar el sexo de los huesos, identificando marcadores esqueléticos que se desarrollan a partir de la adolescencia. Sin embargo, estos marcadores no son absolutos, y en ocasiones no es posible determinar el sexo en un esqueleto bien conservado debido a indicadores ambiguos.
Afortunadamente, gracias a las técnicas de la bioarqueología, podemos contrastar la información biológica con la cultural: la posición del cuerpo, la ubicación de la tumba en la necrópolis y el ajuar encontrado. Esto ha permitido revisar la historia previamente construida, que diferenciaba los enterramientos por género desde el final del Neolítico. Los hallazgos revelan que, en la mayoría de los casos, no hay coincidencia entre ambos.
En este momento, no es posible determinar cuándo comenzaron los enterramientos a diferenciar por sexo o género, ya que todo lo escrito hasta ahora se está reevaluando. Con los conocimientos actuales, es difícil precisar cuándo comenzó a haber una distinción clara en las tumbas por género o sexo, excepto quizás en la antigüedad clásica, como Grecia y Roma, donde incluso hay investigaciones que encuentran disidencias de género.
En la Prehistoria, el período más largo de la humanidad, la arqueología tradicional pensaba que las tumbas se codificaban en varones y mujeres. Sin embargo, ahora no podemos afirmarlo tan tajantemente, debido a la enorme complejidad de las comunidades del pasado.
Por ejemplo, en las necrópolis de la Celtiberia (entre el siglo VIII a.n.e. y el siglo II a.n.e.), los datos científicos apuntan a que las tumbas están diferenciadas por estatus social, no por género. Los ajuares son ricos y variados, con ornamentos, restos de fauna, vasijas de consumo o armas. Aunque estas últimas acaparan más atención, no son los objetos más comunes en los enterramientos. Las armas se han interpretado como un marcador de género asociado a los hombres, pero al contrastar los datos de objetos con los bioarqueológicos, vemos que hombres, mujeres, niños e individuos de avanzada edad son enterrados con esos objetos.













