
CUATRO MANERAS DE COCINAR MEJILLONES PARA DISFRUTAR DE TODO SU SABOR
Foto: Archivo – Todos los derechos reservados
Detrás de su concha oscura se esconde un ingrediente versátil, agradecido y profundamente ligado a la cocina cotidiana de la costa. Los mejillones son económicos, fáciles de encontrar durante todo el año y, bien preparados, pueden competir en sabor con mariscos que triplican su precio. A menudo se les considera un recurso modesto, casi un apaño, como si su lugar estuviera en una lata o en una ración rápida de bar.
Nada más lejos de la realidad. Tanto frescos como en conserva, los mejillones se prestan a preparaciones sencillas que realzan su carácter y recuerdan por qué siguen siendo un clásico. Aquí te presentamos cuatro formas de cocinarlos para disfrutar de este manjar sin complicaciones.
Mejillones al vapor, el punto de partida que nunca falla
Antes de experimentar, vale la pena volver a lo básico. Los mejillones al vapor son la forma más directa de apreciar el producto: calor, humedad y poco más. Si la materia prima es buena, el resultado es casi perfecto.
Lo primero es limpiarlos: basta con retirar las barbas, raspar la concha si tiene adherencias y desechar los que estén rotos o permanezcan abiertos tras darles un pequeño golpe. Luego, a la cazuela.
No es necesario cubrirlos de agua; con el líquido que sueltan es suficiente. Un chorrito de vino blanco, una hoja de laurel o unos granos de pimienta pueden acompañar sin robar protagonismo.
En pocos minutos comenzarán a abrirse. Ese es el momento de apagar el fuego: si se cocinan demasiado, se vuelven secos y pierden gracia. Servidos tal cual, con su propio jugo o con unas gotas de limón, son un aperitivo inmediato y también una base para otras recetas. Además, el caldo resultante es oro: colado, puede enriquecer arroces, sopas o salsas marineras.
Mejillones en escabeche casero
La conserva de mejillones en escabeche es una reina indiscutible del picoteo. Prepararlos en casa tiene algo de ritual que engancha: permite ajustar el equilibrio entre acidez, especias y aceite, resultando en un bocado con personalidad propia.
El proceso comienza igual que al vapor. Una vez abiertos, se retiran de la concha y se reservan. Aparte, se elabora el escabeche: aceite de oliva, vinagre suave, vino blanco, pimentón, laurel y, si se desea, unos granos de pimienta o un diente de ajo.
La mezcla se cocina unos minutos para que pierda agresividad y, aún caliente, se vierte sobre los mejillones. Tras unas horas de reposo, preferiblemente de un día para otro, el sabor se redondea y aparece esa profundidad que asociamos a las buenas conservas. Servidos con patatas fritas, sobre una tostada o simplemente solos, son un recordatorio de que la tradición conservera tiene mucho que enseñar a la cocina doméstica.
Mejillones en salsa marinera
Si hay una preparación que convierte cualquier comida en fiesta, es esta. La salsa marinera pide pan desde el primer minuto y logra que una cazuela de mejillones desaparezca a velocidad sospechosa.
Aquí, el jugo que han soltado al vapor vuelve a jugar un papel fundamental. Sobre un sofrito de cebolla y ajo (algunos añaden tomate, otros lo evitan) se incorpora harina o pan rallado para dar cuerpo. Luego llegan el vino, el caldo de los propios mejillones y, finalmente, ellos.
Unos minutos al fuego bastan para que todo se integre. Perejil fresco por encima y a la mesa. La clave está en la intensidad: debe ser una salsa sabrosa, pero que no oculte el carácter yodado del molusco. Cuando se logra ese equilibrio, el resultado es puro invierno, sobremesa larga y manos manchadas de mojar sin disimulo.
Mejillones en conserva, pero con un giro inesperado
A veces el mérito no está en cocinar, sino en saber transformar. Las latas de mejillones (en escabeche, al natural o en salsa) son un salvavidas magnífico para comidas rápidas, pero también pueden convertirse en platos que van mucho más allá del aperitivo improvisado.
Un ejemplo sencillo es una ensalada templada de patata cocida, cebolla morada y mejillones en escabeche, aliñada con parte de su propio líquido y un poco más de aceite. Otra opción es incorporarlos a un arroz casi al final de la cocción para que aporten profundidad sin necesidad de fumet. Incluso triturados pueden dar juego: mezclados con queso crema o yogur espeso, unas gotas de limón y pimienta, se convierten en un paté perfecto para untar. La ventaja es evidente: el trabajo previo ya está hecho. Solo hay que abrir, pensar un poco y dejar que el producto brille.
Un sabor que siempre encaja
Los mejillones tienen algo reconfortante. Son fáciles de preparar, agradecen la compañía justa y rara vez decepcionan. En tiempos en los que buscamos recetas rápidas pero memorables, conviene recordar ingredientes así, capaces de adaptarse a lo que tenemos a mano sin perder carácter. No importa si llegan en malla desde la pescadería o en lata desde la alacena: con un poco de atención, ambos caminos conducen al mismo sitio.













