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Día Internacional del Croissant: Un viaje de Viena a París
Cada 30 de enero se celebra el **Día Internacional del Croissant**, una fecha para honrar a uno de los productos de bollería más famosos del mundo. Más allá de ser un simple desayuno, el croissant representa un símbolo cultural, un fragmento de la historia europea y un ejemplo de cómo la gastronomía viaja, evoluciona y se apropia de identidades nacionales.
El origen de la celebración
La razón detrás de la celebración del Día del Croissant el 30 de enero no se basa en un decreto oficial o un evento histórico específico. Al igual que muchas celebraciones gastronómicas, su origen parece estar ligado a iniciativas populares y culturales, particularmente en Francia y Estados Unidos, destinadas a destacar productos emblemáticos y fomentar su consumo. Con el tiempo, esta fecha se ha consolidado en los calendarios gastronómicos y en las redes sociales.
La leyenda vienesa del croissant
Aunque hoy en día asociamos el croissant casi automáticamente con Francia, su origen **no es estrictamente francés**. La teoría más aceptada sitúa su nacimiento en Viena, en el siglo XVII, con una pieza de bollería llamada *kipferl*, de forma semicircular.
Este dulce austrohúngaro ya existía desde la Edad Media y se consumía tanto en versiones dulces como saladas, mucho antes de que París lo adoptara como propio. Una leyenda popular relaciona el *kipferl* con el **asedio de Viena por el Imperio Otomano en 1683**. Se dice que los panaderos, trabajando de madrugada, alertaron a las autoridades al escuchar a los soldados turcos cavando túneles bajo la ciudad.
Tras la victoria, se habría creado un bollo con forma de media luna (símbolo del islam) para celebrar simbólicamente la derrota del enemigo.
La adopción francesa y la evolución del croissant
El *kipferl* llegó a Francia en el siglo XVIII, supuestamente de la mano de **María Antonieta**, archiduquesa de Austria y esposa de Luis XVI. Aunque esta conexión es más un mito que una realidad confirmada, lo cierto es que la bollería vienesa comenzó a popularizarse en París, especialmente a partir del siglo XIX, con la apertura de panaderías especializadas en productos “a la vienesa”.
El croissant tal y como lo conocemos hoy **se consolidó a finales del siglo XIX y principios del XX**. Fue en Francia donde la receta se perfeccionó, sustituyendo masas más compactas por la técnica del hojaldre, que requiere tiempo, precisión y abundante mantequilla. En 1920, el croissant fue reconocido oficialmente como producto de panadería francesa, sellando su nueva identidad.
Desde entonces, el croissant se ha convertido en un emblema del desayuno francés y, gradualmente, en un fenómeno global. Su éxito reside en la combinación de sencillez aparente y complejidad técnica: pocos ingredientes (harina, mantequilla, levadura, azúcar y sal) y un proceso que exige paciencia y habilidad.













