
El desconcierto en la derecha será pronto un concierto
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Es comprensible que los aparatos de los partidos hayan recibido con frialdad la propuesta de Gabriel Rufián de crear un frente amplio de izquierda alternativa. Rufián ha hecho dos cosas inusuales en la política española: primero, evolucionar al ritmo de los acontecimientos cambiantes.
Como la famosa frase atribuida a Keynes: “Cuando los acontecimientos cambian, yo cambio de opinión, ¿y usted?”. Hace una década, Rufián era un firme defensor de la independencia de una pequeña región de Europa Occidental. Hoy, toda Europa Occidental corre el riesgo de convertirse en un territorio colonial 3.0 y se enfrenta a una nueva forma de autoritarismo. Rufián percibe que la soberanía amenazada es la de nuestros derechos políticos, es decir, la democracia y nuestra condición de ciudadanos.
Estos derechos están consagrados en la Constitución, por lo que evolucionar hacia su defensa desde la dimensión territorial donde están garantizados es lo más lógico.
Lo segundo que hace Rufián es presentar a la opinión pública una solución original y constructiva. Esto es revolucionario en medio de la crisis de imaginación política y el pesimismo reinante. Por eso, su propuesta es una de esas ideas que, al principio, parecen descabelladas, luego razonables y, finalmente, obvias.
La respuesta de los partidos
La imaginación política de la iniciativa se ha demostrado en pocos días: ha disgustado a los aparatos de los partidos, tanto del suyo como de los que deberían sentirse interpelados. Todos han declinado, pero sin alzar demasiado la voz, porque no hay alternativa. O mejor dicho, la otra opción es seguir reforzando todas las inercias, preocupándose más por la supervivencia de las siglas, los procesos internos y las cuotas que por la urgente realidad.
No sé si los partidos se dan cuenta, pero el cuestionamiento al bipartidismo que cristalizó en UPyD primero, y Podemos y Ciudadanos después, terminó muy mal. Aquellos partidos fueron la última oportunidad que la ciudadanía dio al sistema para que se autorregenerara. No ocurrió. Fue asombrosa la velocidad a la que adquirieron los peores vicios de los partidos ya instalados. Esa última esperanza se perdió. La fragmentación del debate público y las redes sociales remataron la faena. El sistema está roto.
La democracia en crisis
La democracia está rota porque su promesa de igualdad se truncó con la crisis financiera de 2008-12 y las políticas de austeridad. Cientos de miles de personas de clase media descendieron y millones se sintieron desde entonces inseguros. Esa desconfianza se ha ido profundizando en las crisis sucesivas: el *procés*, la crisis de refugiados, el covid, la inflación debida a la guerra de Ucrania… Para mucha gente resulta difícil creer que no se pueda aprobar una ley que prohíba a los fondos de inversión comprar manzanas enteras de viviendas. Si la democracia actual no puede hacer eso, está efectivamente muerta.
Habrá que ir a por más democracia, profundizando en mecanismos de decisión que la tecnología digital favorece.
El auge de la ultraderecha
Lo que es seguro es que la ultraderecha global ya tiene una alternativa: el autoritarismo. En España está avanzando. El PP aún no articula con claridad su posición, porque Feijóo es como esos tartamudos que cuando cantan hacen las frases seguidas, pero al hablar, balbucean. En la última semana han afirmado al menos siete cosas distintas: que Vox debe ser responsable y no bloquear la alternativa (Feijóo); que la solución pasa por la abstención del PSOE (Guardiola); que quieren gobernar en solitario (posición oficial del PP); que el PP no se va a travestir (Guardiola); que los EEUU de Trump son el faro del mundo libre (Ayuso); que Vox y el PP son hermanos, y por eso preferirían incluso que obtuvieran mejores resultados (Muñoz); que tienen más cosas en común que diferencias (Guardiola). Esto solo en una semana.
Parece un desconcierto, pero están ensayando el concierto. En cuanto esa boca se ponga a cantar le saldrá una melodía clara y afinada: gobiernos del PP apoyados por Vox. En estas condiciones, que la izquierda siga con las inercias partidistas y divisivas, no solo hará difícil que los voten, sino que los perdonen. Cuando los acontecimientos cambian, hay que cambiar de opinión.












