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El Enigma de Isla de Pascua: Misterios Revelados y Preguntas Pendientes
El 5 de abril de 1722, un día de Pascua, el almirante Jakob Roggeveen se topó con una pequeña isla en medio del Pacífico. Sin saberlo, había descubierto Rapa Nui, la Isla de Pascua, el territorio habitado más aislado del planeta.
Ubicada a unos 3.700 kilómetros de la costa chilena y a 2.100 kilómetros de las islas Pitcairn, este remoto enclave marcó un hito en la exploración. Sin embargo, Roggeveen no encontró riquezas materiales, sino algo más desconcertante: gigantes de piedra que desafiaban la lógica.
En su diario, el marino dejó constancia de “imágenes de piedra” de hasta diez metros de altura, inexplicables para un pueblo sin madera resistente ni tecnología avanzada. Había descubierto los colosales moáis, casi 900 esculturas monumentales esculpidas por una civilización aislada, que aún hoy generan más preguntas que respuestas.
Roggeveen buscaba la mítica isla de riquezas del corsario Edward Davis, pero encontró un enigma cultural en medio del océano.
Las colosales figuras, con sus miradas vacías hacia el interior de la isla, parecían guardar un antiguo secreto.
Durante siglos, el origen y la función de los moáis fueron objeto de especulaciones. Algunas teorías rayaron en la fantasía, como la de Erich von Däniken, quien atribuyó su existencia a la intervención extraterrestre, alegando que los antiguos habitantes no podrían haber tallado ni movido tales bloques de lava sin ayuda de “cosmonautas de otro mundo”.
La arqueología moderna ha refutado estas afirmaciones. Los estudios indican que los moáis fueron creados entre los siglos IX y XVI por los polinesios rapanui, que habitaron la isla antes de su colapso ecológico. Tallados en la roca volcánica del cráter Rano Raraku, representaban a los antepasados de cada clan, destinados a proyectar su “mana”, su poder espiritual, sobre los vivos.
El Misterio del Traslado de los Moáis
Si bien el origen de los moáis parece claro, su transporte sigue siendo un enigma.
Los arqueólogos han identificado tres caminos antiguos que parten de la cantera hacia distintos puntos de la isla, con decenas de esculturas abandonadas a lo largo de ellos, como si un proceso se hubiera interrumpido.
Terry Hunt y Carl Lipo, de las universidades de Hawái y California, proponen que los moáis “caminaban” gracias a su diseño: vientre prominente y base en forma de D que permitían balancearlos de pie, moviéndolos con cuerdas en un vaivén controlado. En 2012, replicaron el experimento, logrando desplazar una réplica de cinco toneladas con 18 personas.
Sin embargo, expertos como Jared Diamond dudan de que esta técnica fuera suficiente para trasladar esculturas de hasta 80 toneladas, como el moái Paro. Diamond sugiere el uso de trineos de madera deslizándose sobre troncos, hipótesis respaldada por la arqueóloga Jo Anne Van Tilburg, aunque difícil de sostener dada la escasez de madera en la isla.
A tres siglos del descubrimiento de Roggeveen, la cultura rapanui sigue fascinando por su ingenio y adaptación en uno de los lugares más inhóspitos de la Tierra. Los moáis son testigos del esplendor y la caída de un pueblo, un recordatorio del poder de la creatividad humana ante la adversidad.
La ciencia busca respuestas definitivas sobre cómo una sociedad tan pequeña logró levantar y mover estos gigantes de piedra.
Tal vez ahí reside su verdadero misterio: recordarnos que, incluso en los confines del mundo, la humanidad ha sido capaz de construir lo imposible.













