Irán, entre la corona y el turbante: Recuerdos de una revolucionaria y su lucha contra la teocracia

Irán, entre la corona y el turbante: Recuerdos de una revolucionaria y su lucha contra la teocracia
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Irán, entre la corona y el turbante: Recuerdos de una revolucionaria y su lucha contra la teocracia

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El 1 de abril de 1979, un mes y 20 días después de la Revolución de Irán, marcó el final de la revolución para Mahsa Mohebali, entonces una niña de siete años. La sensación de victoria se mezclaba con el cierre de escuelas y el aroma de la primavera, pero una conversación con su padre reveló las primeras grietas.

“¿Te gustaría usar el chador (hiyab)?”, preguntó su padre. Ante la negativa de la niña, él le propuso votar “no” a la República Islámica. Su padre argumentó que el referéndum demostraba que la revolución había sido robada, criticando la exclusión de otras ideologías.

Para la joven Mahsa, era difícil entender cómo el ayatolá Jomeini, hasta hacía poco el líder de la revolución, se había convertido en un “ladrón” para algunos. A partir de ese día, su participación en la revolución se transformó en los insultos que su padre lanzaba al televisor, llegando incluso a arrojarle una zapatilla, lo que provocó el enfado de su madre. La niña intentaba comprender la rabia de su padre ante las confesiones forzadas que veía en la televisión.

La sombra de la guerra y la represión

Con el tiempo, la madre decidió apagar el televisor por completo. El padre, por su parte, se refugiaba en la lectura del periódico, incluso las esquelas, para luego arrojarlo a la basura y recurrir a pastillas para dormir. La década de los 80, según el calendario iraní, sumió a la casa en una atmósfera de tristeza y muerte.

El inicio de la guerra entre Irán e Irak trajo consigo la ansiedad constante por la muerte y la necesidad de estudiar a la luz de las velas. Un tío regresó del frente sin manos, y una tía fue encarcelada. “Todo se volvió negro”, recuerda Mohebali.

¿Se repite la historia?

Ante las manifestaciones actuales que claman por el regreso de Reza Pahlavi y el fin de la República Islámica, Mohebali se pregunta cuál será el papel del pueblo en esta nueva etapa. “¿Otra vez Pahlavi, sí o no? ¿Un mes y 20 días de nuestra parte de libertad? ¿Se repite la historia?”, reflexiona.

La autora cuestiona si el destino de su pueblo es oscilar constantemente entre el Shah y el Mulá, como un péndulo. Observa con preocupación a sus países vecinos, desde Afganistán con los talibanes hasta Siria con el ISIS, y se pregunta si Irán tiene la capacidad de escapar de su destino geopolítico.

47 años de lucha contra la teocracia

Con 54 años, Mohebali ha vivido siete bajo la monarquía y 47 bajo el sistema clerical. “Sin duda, odio el sistema teocrático de la República Islámica”, afirma. Recuerda las detenciones sufridas en su adolescencia por no llevar el hiyab, el arresto y los latigazos a sus amigos por beber alcohol, y su detención por caminar por la calle con un novio.

Su generación ha luchado por los mínimos de una vida normal, enfrentándose a un gobierno que ha impuesto la mano de Dios en el trono del poder y que avanza sin frenos, buscando la bomba atómica y apoyando a fuerzas afines en la región.

Un recuerdo de la infancia: La foto sin hiyab

Mohebali rememora un episodio de su infancia, cuando la directora de su escuela obligó a todas las alumnas a usar el hiyab para una fotografía. Ella, que no tenía pañuelo, intentó hacerse invisible para no ser descubierta. Milagrosamente, lo logró, y su padre enmarcó la foto como señal de que su hija era una “luchadora”.

Sin embargo, poco después fue reprendida por llevar el libro “La pequeña estrella roja” en su mochila. Su padre, lejos de interceder por ella, le dijo que era su culpa y que debía ser capaz de defenderlo. El libro, que narraba la historia de un niño que nacía con una estrella roja en la frente y era perseguido por los soldados del rey, le costó a la pequeña Mahsa un gran disgusto.

Finalmente, su madre, con su apariencia “taghouti” (asociada a la élite occidentalizada durante el reinado del Shah), logró sacarla del apuro, argumentando que la niña no tenía juicio y había cometido un error. La autora reflexiona sobre cómo, incluso en esa situación, el clérigo y el Shah parecían menos peligrosos juntos.

La esperanza de un futuro mejor

Si su parte de esta revolución fue solo aquel mes y 20 días, Mohebali puede afirmar que en sus 54 años de vida ha probado el sabor de la libertad dos veces. Aunque esos momentos de libertad sean escasos, ella mantiene la esperanza de que esta vez la gente sea más inteligente y logre construir un futuro mejor.

La autora destaca que la gente que ahora hace la revolución está instruida, con un alto nivel educativo. Recuerda una anécdota con una empleada del hogar llamada Mahtab, licenciada en Comercio, que le reprochaba que escribiera sobre la vida real y la obligaba a contarle sus historias. A través de estas experiencias, Mohebali reflexiona sobre la lucha diaria de las personas comunes por sobrevivir y mantener la dignidad.

El legado de la inquisición

Mohebali creció en los años del terror y el espanto, los años de la inquisición, y no desea que su país vuelva a caer en manos de personas así, ya sea con turbante o con corona. Recuerda un examen para ingresar a una escuela de niños superdotados, donde le preguntaron si delataría a sus padres si supiera que son opositores al gobierno. La pregunta, pavorosa para una niña de 10 años, la marcó profundamente y la dividió en dos: la niña que renunció a la escuela por amor a sus padres y la niña que vendió su alma.

La autora concluye que su parte de esta revolución, además de aquel “feto de tres meses y diez días” que espera que crezca, son los años negros de la inquisición, que no deben ser olvidados. Anhela que la generación actual, que lucha por sobrevivir, sea exigente y reclame su parte del poder, poniendo el “pájaro de la fortuna” sobre los hombros de hombres y mujeres que reclaman el derecho a una vida normal.