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Japón se enfrenta a las urnas con el rearme como principal baza en la era Trump
Japón se enfrenta a una de las elecciones más decisivas de su historia reciente. En juego no solo está la supervivencia política de Sanae Takaichi, la primera mujer en liderar el gobierno de la cuarta potencia económica mundial, sino también la definición de un nuevo modelo de Estado.
Los ciudadanos japoneses deben decidir si respaldan el ambicioso y controvertido proyecto de “seguridad nacional” que Takaichi defiende, o si castigan la inestabilidad derivada de la ruptura de la tradicional alianza entre el Partido Liberal Democrático (PLD) y el pacifista Komeito, que ha marcado la política japonesa durante los últimos 25 años.
Para la “Dama de Hierro japonesa”, apodo que recibe por su admiración hacia Margaret Thatcher, estas elecciones son clave para que Japón se convierta en el principal garante de la seguridad en la región del Indo-Pacífico en la era de Donald Trump.
Las encuestas sugieren una clara victoria para Takaichi, lo que fortalecería su liderazgo y le permitiría implementar sus iniciativas económicas, de política exterior y de seguridad.
Los sondeos indican que el PLD podría obtener 233 de los 465 escaños en la Cámara Baja, suficientes para gobernar en solitario, según el diario Asahi Shimbun. Esta cifra podría superar los 300 si se suman los representantes de su socio de coalición, el Partido de la Innovación de Japón. Este resultado permitiría a Takaichi alcanzar la mayoría de dos tercios necesaria para aprobar leyes sin obstáculos en la Cámara Alta.
Una amplia victoria
Una victoria contundente facilitaría a la primera ministra japonesa materializar su ambición de transformar Japón en un país con mayores capacidades de defensa y un Estado más fuerte, siguiendo el legado de su mentor Shinzo Abe. Este enfoque, integrado en su proyecto de “seguridad nacional”, se basa en una política exterior de “asertividad controlada” y nacionalismo conservador, con el objetivo de abrir un nuevo capítulo en la alianza entre Japón y Estados Unidos.
“Ese es un apretón de manos muy fuerte”, le dijo Trump a Takaichi en su primer encuentro en Tokio, en octubre de 2025. El mensaje era claro: la alianza entre ambos países había entrado en una nueva etapa. Sin embargo, tras la retórica de amistad se esconde una realidad más pragmática.
La primera ministra japonesa, descrita por analistas como una “paloma fiscal” y un “halcón” en seguridad, ha expresado a la Casa Blanca su voluntad de implementar una política exterior “asertiva”, entendida como una postura más firme en la defensa de sus intereses.
Siguiendo la línea del “trumpismo”, pero con características japonesas, Takaichi pretende ir un paso más allá. Si Trump exige que los aliados paguen por su defensa, ella plantea que Japón se rearme rápidamente, aumente el gasto militar hasta el 2% del PIB este año y se posicione como el socio logístico y tecnológico indispensable para Washington en el Indo-Pacífico.
La primera ministra japonesa no oculta sus ambiciones. Aspira a convertir Japón en una de las principales potencias del nuevo orden mundial y en el principal bastión del bloque democrático en Asia, frente a China, Rusia y Corea del Norte. Una meta que se basa en una asertividad sin precedentes frente a Pekín.
Durante la campaña electoral, Takaichi ha roto décadas de ambigüedad diplomática al afirmar que un ataque chino contra Taiwán activaría la intervención de las Fuerzas de Autodefensa de Japón para defender la supervivencia del país.
Esta postura ha provocado la indignación de China, que la acusa de socavar el orden internacional de posguerra. Sin embargo, para Takaichi esta acusación carece de fundamento, ya que considera que ese orden está muerto. Defiende que, en este nuevo mundo de competencia entre grandes potencias, Japón debe reforzar sus propias defensas y aumentar su capacidad ofensiva para no ser engullido por el expansionismo regional chino.
Rearme y bajada de impuestos
Si las urnas le otorgan la mayoría necesaria, Takaichi prevé reformar el artículo 9 de la Constitución para transformar Japón en una potencia militar normal, capaz de actuar con autonomía estratégica, y revisar los principios de no poseer, no producir y no permitir la introducción de armas nucleares. Este es el “trampolín” definitivo al que aspira la mandataria nipona y que conduciría al país a convertirse en un actor con voz propia en la mesa de las grandes potencias.
Sanae Takaichi ha propuesto a los japoneses construir un país fuerte, armado y “asertivo” que no tema las perturbaciones provocadas por Trump y esté dispuesto a superarlas. Pero el éxito de esta apuesta depende no solo de ella, sino también de la confianza de los electores. Y en ese punto debe convencer tanto a jóvenes como a mayores de que su propuesta para superar la crisis del coste de la vida, que ya dura casi cuatro años, es la más acertada.
El protagonismo geopolítico que persigue la mandataria japonesa en sintonía con la agenda de Trump exige, al mismo tiempo, un esfuerzo económico sin precedentes para la sociedad japonesa. Los salarios reales han disminuido durante 11 meses consecutivos y el PIB real se contrajo un 2,3% anualizado hasta diciembre, lo que incrementa la preocupación por el poder adquisitivo de los hogares. La inflación, ausente durante décadas del debate político japonés, se ha convertido en una inquietud central.
El encarecimiento de los alimentos, el combustible y los servicios públicos es la principal preocupación de los votantes. Ante estos retos, la promesa estrella de Takaichi es suspender durante dos años el 8% del impuesto al consumo en los alimentos. La iniciativa ha sido bien recibida por los más jóvenes, que ven erosionarse sus salarios, pero ha encendido las alarmas entre los mayores de 65 años, que representan alrededor del 30% de la población. A ello se suma la inquietud de muchos analistas financieros, alarmados tanto por esta propuesta como por la de las fuerzas opositoras, que plantean la abolición total de dicho impuesto.
Las repercusiones de estas medidas sobre las finanzas públicas son potencialmente sísmicas. Japón arrastra una deuda pública superior al 230% del PIB y el impuesto al consumo constituye la fuente de ingresos más estable para sostener el sistema de seguridad social y sanitario. Para muchos economistas, poner en riesgo esta recaudación equivale a debilitar el último dique de contención del Estado del bienestar, ya que se estima que su suspensión restaría unos 28.000 millones de euros anuales al presupuesto.
El panorama se ensombrece aún más si se tiene en cuenta el compromiso de Takaichi de apostar por un rápido rearme de las Fuerzas de Autodefensa. El aumento del gasto en defensa hasta el 2% del PIB y la pérdida de ingresos fiscales sugieren que el mantenimiento de las pensiones y ayudas sociales dispararán todavía más una deuda que ya es la mayor del mundo desarrollado. Una ecuación de difícil resolución para la primera ministra.
Este domingo Japón elige no solo a su líder, sino también un modelo de país. Sanae Takaichi propone un Estado fuerte, armado y “asertivo”, dispuesto a colaborar con Trump en la construcción de un nuevo orden mundial. Si las urnas le otorgan la mayoría que reclama, podrá culminar su revolución conservadora y el país se asomará a una nueva era. Si, por el contrario, se impone el castigo por el coste de la vida, el país del Sol Naciente podría verse abocado a otra etapa de gobiernos efímeros. Los japoneses tienen la última palabra.













