Lo que la tecnología le roba a nuestras vidas y cómo podemos recuperarlo

Lo que la tecnología le roba a nuestras vidas y cómo podemos recuperarlo
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Lo que la tecnología le roba a nuestras vidas y cómo podemos recuperarlo

Decisiones externalizadas, chatbots en lugar de amigos, el mundo natural como algo secundario: Silicon Valley nos está proporcionando una vida sin conexión. Hay una salida, pero requerirá un esfuerzo colectivo. ¿Estamos viviendo en una era dorada de la estupidez?

Recolección

Verano tras verano, solía bajar a un arroyo que había excavado un lecho profundo a la sombra de los árboles y bordeado de zarzamoras. Allí pasaba horas recogiendo bayas hasta que mis manos quedaban cubiertas de arañazos y manchadas de morado, hasta que la tranquilidad del lugar me impregnaba por completo.

Las bayas de una sola rama podían variar desde el verde hasta el rojo y el oscuro que da nombre a la fruta. Determinaba cuáles eran demasiado duras y cuáles demasiado blandas, recogiendo solo las que estaban en medio, mientras escuchaba a los pájaros, el zumbido de las abejas y la música del agua fluyendo.

Iba allí por las bayas, pero también por la tranquilidad, la calma y la sensación del agua fresca en mis pies. En casa hacía tarros de mermelada, intentando regalar no solo mi mermelada, sino también algo de la paz de ese arroyo, del propio verano.

Cultivar tomates aporta mucho más que un determinado número de kilos de fruta. Está el aroma de las hojas de tomate, la sensación del paso del tiempo al ver crecer una planta, la visita de los polinizadores y el orgullo de hacer algo por uno mismo.

Lo importante es que estamos acosados por la ideología de maximizar el tener y minimizar el hacer. Esta ha sido durante mucho tiempo la narrativa del capitalismo y ahora también la de la tecnología. Es una ideología que nos roba las relaciones y las conexiones y, en última instancia, nuestro yo.

Conectarse (y desconectarse)

Silicon Valley está lleno de tiranos de lo cuantificable. Durante décadas, han predicado que nuestros criterios para lo que hacemos y cómo lo hacemos deben ser la conveniencia, la eficiencia, la productividad y la rentabilidad.

Nos han dicho que salir al mundo, interactuar con los demás, es peligroso, desagradable, ineficiente y una pérdida de tiempo. Esto ha supuesto una reordenación de la sociedad y ha provocado que los espacios públicos y la vida pública se hayan marchitado.

Muchos recados, como comprar leche o calcetines, significaban momentos de contacto humano, moverse entre desconocidos y hacer amistades. Estas actividades significaban familiarizarse más con el entorno, sentirse como en casa más allá de los límites de lo que se alquila o se posee.

Todo esto sustenta la democracia: la facilidad con la diferencia, la familiaridad con el terreno, el sentido de conexión y pertenencia, saber dónde estás y quién está ahí fuera, las relaciones con personas más allá de tu círculo inmediato.

Así que nos hemos retraído, mientras nos repetían constantemente que eso era bueno, y ha resultado ser malo en mil pequeños aspectos, debilitando la vida pública y las instituciones locales, aislándonos. El retraimiento crónico puede provocar un anhelo de contacto o, simplemente, una sensación de pérdida por su ausencia.

Mientras escribía esto, me detuve en un restaurante indio informal al que llevo años acudiendo, solo para descubrir que el sistema había cambiado y ya no se le dice el pedido a otra persona, sino que se introduce en una pantalla táctil. Unos días más tarde, entré en una librería y el chico del mostrador me dio las gracias por interactuar más allá de lo mínimo. Dijo que eso era poco habitual hoy en día.

Cartas de amor sin amor

Después de convencernos a muchos de que no queremos salir y tener contacto directo con otras personas, Silicon Valley ahora nos dice que no queremos pensar por nosotros mismos, crear o comunicarnos con otros seres humanos.

El precio de renunciar a muchas actividades es la atrofia de la capacidad para realizarlas. La socióloga y psicóloga Sherry Turkle escribe que quería criar a un niño empático, pero que nuestra capacidad para la soledad se ve socavada tan pronto como introducimos una pantalla.

En 2025, la startup Cluely comercializó su asistente de IA con un anuncio en el que aparecía un joven con unas gafas inteligentes que recibía un flujo constante de indicaciones para hablar con una joven en su primera cita. El objetivo de una cita es, presumiblemente, conectar, pero en esta interacción se replantea como algo parecido a una oportunidad de negocio.

En su encarnación actual, la tecnología sostiene que podemos externalizar incluso el trabajo intelectual a la IA. Esto ha dado lugar a una epidemia de trampas, ya que los estudiantes utilizan ChatGPT para hacer sus deberes.

La tiranía de lo cuantificable pisotea la cuestión de qué obtenemos al hacer el trabajo, por qué podríamos querer hacerlo, cómo la escritura puede formar parte del desarrollo del yo, de una visión del mundo, de un conjunto de valores éticos.

Alguien me contó que su amiga había encargado a un *chatbot* que escribiera un poema a su marido para su aniversario, lo que me hizo preguntarme si el marido deseaba un producto pulido o una expresión sincera.

Me desconcierta la aceptación de las relaciones eróticas con IA, y me pregunto si el porno allanó el camino al acostumbrarnos a ver imágenes de cuerpos que se tocan entre sí mientras nuestros propios cuerpos permanecen intactos. Un amante de IA solo puede ofrecerte una pálida sombra del Eros encarnado.

El sexo con una persona real tiende a involucrar todos los sentidos. Es biológico, dos animales que se unen para hacer algo mucho más antiguo que nuestra especie. El sexo también implica exigencias y riesgos, porque las necesidades de la otra persona pueden no coincidir con las tuyas.

Un argumento a favor de los compañeros de IA es que siempre están ahí para ti, sin necesidades propias. Sin embargo, detrás de esto se esconde un argumento capitalista de que estamos aquí para obtener lo máximo posible y dar lo mínimo posible. En realidad, se obtiene algo al dar; como mínimo, se obtiene la sensación de ser alguien con algo que ofrecer.

Fuimos diseñados para dar; los dones estaban destinados a circular. El amor se discute con demasiada frecuencia como una especie de bien que se quiere acumular, cosechar, recolectar, incluso extraer, pero ser amado sin amar es un logro triste, el acaparamiento mezquino de la riqueza de otra persona.

Nombrar el problema

Todo esto es en parte un problema de lenguaje. Las empresas de Silicon Valley nos reclutan constantemente para que adoptemos sus objetivos y su lenguaje. Nos resistimos a la tiranía de lo cuantificable buscando un lenguaje que pueda valorar todos esos fenómenos sutiles que conforman una vida que vale la pena vivir.

Quiero elogiar la dificultad, no por sí misma, sino porque gran parte de lo que queremos lo conseguimos a través de esfuerzos que son difíciles. La dificultad es la razón por la que hacer algo es gratificante.

En esta época, la gente parece valorar la búsqueda de la dificultad física en forma de hazañas deportivas y ejercicio físico. Al mismo tiempo, los trabajos más exigentes desde el punto de vista emocional y moral suelen ser descartados o eludidos.

La dificultad puede ser gratificante, y la facilidad total puede ser corrosiva y, al final, miserable. La agenda capitalista de maximizar lo que se obtiene y minimizar lo que se da tiene cierta aplicación en el comercio, pero empobrece la vida.

Encarnación

Gran parte de lo que tenemos que darnos el uno al otro es nosotros mismos, nuestra naturaleza animal encarnada, antes y más allá de las palabras. Pero la vida encarnada es otra cosa que se nos anima a evitar, devaluar o ignorar.

En el verano de 2025, las lluvias torrenciales provocaron una terrible inundación en Texas en la que se ahogaron más de 100 personas. En la radio, escuché a un ministro decir que iba a visitar a las familias y que, aunque no sabía qué decirles, podía ir y estar con ellas. Esta es la antigua forma de consolar a los afligidos: ir a estar con ellos, tengas o no tengas palabras.

Somos animales sociales que necesitamos estar con otros seres humanos, ya sea en una feria, en un funeral o en los momentos cotidianos entre medias. Cuando estamos con personas que se preocupan por nosotros, sentimos un sentido de pertenencia que va más allá de las palabras.

A partir de 2006, el psicólogo cognitivo James Coan realizó una serie de experimentos con mujeres casadas sobre el acto de tomarse de la mano: resultó que una persona a la que se le aplicaba una descarga eléctrica leve tenía una reacción mucho más tranquila si su marido le tomaba la mano.

Mucha gente se ha familiarizado con los antiguos estudios sobre las respuestas de lucha o huida ante el peligro, pero hay una respuesta diferente que no se reconoce tan bien: cuidar y hacer amigos. En una emergencia, algunos de nosotros recurrimos a los demás en busca de seguridad. Nos reconfortamos con otras personas.

Coan y sus colaboradores escribieron en un artículo revisado por pares: “A lo largo de la mayor parte de la historia de la humanidad, la curación emocional no era algo que se hiciera a solas con un terapeuta en una consulta. En cambio, para la persona media que se enfrentaba a una pérdida, una decepción o dificultades interpersonales, la curación estaba integrada en marcos comunitarios y espirituales”.

Al hablar sobre la IA en una entrevista, la neurocientífica Molly Crockett describió las interacciones con los “chatbots del Dalai Lama”, que podían dar consejos espirituales que parecían creíbles. Pero comparó eso con conocer al Dalai Lama en persona y hacerle la misma pregunta.

Estaba hablando con Crockett un verano en las montañas de Nuevo México, mientras un cálido día de agosto daba paso a una noche templada. Ella me hablaba de la presión que ejercían las empresas tecnológicas para que aceptáramos sustitutos digitales de nuestros amantes, amigos, terapeutas e incluso consejeros para el duelo.

No hay escasez de seres humanos. Como ocurre con la mayoría de los problemas del capitalismo, solo hay un problema de distribución. La misma industria que tanto ha hecho por socavar nuestras relaciones con nosotros mismos y con los demás está impulsando la IA, en parte ignorando la posibilidad de otras soluciones, de cambios sociales más profundos. Es un problema disfrazado de solución.

Estar juntos

Una de las características clave de los compañeros de IA en su fase actual es su agradable adulación. No necesitamos aduladores; necesitamos personas amables en nuestras vidas que nos digan la verdad cuando nos desviamos del camino.

“Parte de lo que nos mantiene cuerdos son las perspectivas de otras personas, que a menudo entran en tensión con las nuestras”, dijo Carissa Véliz, profesora asociada de filosofía en el Instituto de Ética en IA de la Universidad de Oxford.

Muchos terapeutas coinciden en señalar que, a diferencia de la ausencia de fricciones que caracteriza nuestras relaciones con los aduladores de la IA, cuando tratamos con otros seres humanos es inevitable que surjan roces. La fricción suele provocar la ruptura y la reparación de una relación, lo que la fortalece.

Entre las cosas que los amigos reales pueden hacer y la IA no: hornearte un pastel o llevarte a casa, cogerte de la mano o vivir contigo una crisis o una celebración. Y debido a esa diferencia, las personas necesitan tener amigos reales. Más que eso, las personas necesitan comunidades reales y sistemas de apoyo social.

La solución a la tecnología no es más tecnología. La solución a la soledad somos nosotros mismos, una riqueza que debería estar al alcance de la mayoría de nosotros la mayor parte del tiempo. Necesitamos reconstruir o reinventar las formas y los lugares en los que nos reunimos.

La tecnología nos ha alejado a unos de otros y, en muchos sentidos, de nosotros mismos, y luego ha intentado vendernos sustitutos. Recuperarnos a nosotros mismos, por desgracia, no es tan fácil como salir por la puerta. Necesitamos un lugar al que ir y, lo que es más importante, alguien a quien acudir que también desee conectar.

Las conexiones que importan a nuestra humanidad no son solo entre nosotros. Son con todo el mundo natural y social. Los animales, tanto salvajes como domésticos, deben considerarse parte de la compañía irremplazable que da sentido a nuestras vidas y, a veces, las llena de alegría. Nos recuerdan que hay muchos tipos de conciencia y que nuestra especie no está sola.

Para eso tampoco hay sustituto. El mundo natural nos recuerda un universo mucho más allá de nosotros, el tiempo profundo, los patrones y ritmos de la naturaleza, y todas las escalas, desde lo microscópico hasta la Vía Láctea. Buscarlo es estar dispuesto a sentirse pequeño en el contexto de esta inmensidad.

Se nos dice que las máquinas se volverán como nosotros, pero en muchos sentidos nos exigen que nos volvamos más como ellas. Dejar que eso suceda es perder algo inconmensurablemente valioso. Esa inconmensurabilidad es lo que dificulta esta lucha, pero lo que no se puede medir se puede describir o, al menos, evocar y valorar.

Resistirnos a la anexión de nuestros corazones y mentes por parte de Silicon Valley requiere no solo establecer límites a nuestro compromiso con lo que ofrecen, sino también apreciar las alternativas. El gozo de las cosas cotidianas, de los demás, de la vida encarnada y el lenguaje con el que valorarla son esenciales para esta resistencia, que es una resistencia a la deshumanización.