Lola, misionera y enfermera en Zimbabue: "Llegué en 1982 y me encontré en una misión perdida en el bosque, sin médico y a tres horas del hospital más cercano"

Lola, misionera y enfermera en Zimbabue: "Llegué en 1982 y me encontré en una misión perdida en el bosque, sin médico y a tres horas del hospital más cercano"
Imagen de archivo: https://www.cope.es/

Lola, misionera y enfermera en Zimbabue: "Llegué en 1982 y me encontré en una misión perdida en el bosque, sin médico y a tres horas del hospital más cercano"

Durante más de 36 años en Zimbabue, María Dolores Pérez —Lola para todos— ha vivido donde casi nadie quiere ir: en zonas rurales sin médicos, sin carreteras y sin apenas recursos. Esta misionera, de 79 años, española, natural de Córdoba y religiosa de las Hijas del Calvario, ha dedicado su vida a los más pobres, especialmente a niños y mujeres, en uno de los países más castigados por la pobreza extrema y el hambre en África. 

“Lo que más me impresionó fue ver a los niños morirse de hambre, pero morirse de hambre”, cuenta. No habla de pobreza en abstracto, sino de cuerpos pequeños que se apagan por falta de alimento, de madres que saben que, si dan de comer a uno, el otro no sobrevivirá. Escenas que, asegura, no se olvidan nunca.

Lola sintió desde joven la llamada a la misión.

Podía haber sido destinada a América Latina o a otros países africanos, pero Zimbabue siempre la atrajo. Llegó en 1982 siendo enfermera y matrona, y fue enviada a un hospital de misión en una zona rural con más de 20.000 personas dispersas por el bosque, sin médicos y con el hospital más cercano a 60 kilómetros. 

“En época de lluvias tardábamos casi tres horas en llegar por caminos de tierra llenos de baches”, recuerda. Aun así, mujeres embarazadas y niños enfermos recorrían esas distancias sin saber si llegarían a tiempo.

Una de las historias que mejor reflejan esa realidad es la de una mujer con el bebé atravesado, una urgencia vital que exigía cesárea inmediata. “La llevamos en un todoterreno con una colchoneta en el suelo, porque esa era nuestra ambulancia.

Con tanto traqueteo, el niño se colocó bien y acabé dándole a luz en el propio coche”, explica. 

Nada más llegar al país, sin conocer la lengua ni las enfermedades tropicales, fue enviada directamente al paritorio. “Sabía inglés, pero no la lengua local ni la cultura. Me encontré sola con dos mujeres ya de parto”, relata. Aquellos primeros días descubrió lo que era trabajar sin medicinas, sin material sanitario y con epidemias que se combatían en chozas improvisadas.

Pero lo que más la marcó fue el hambre extrema en África.

“Lo que más me impresionó fue ver a los niños morirse de hambre”, insiste. Recuerda especialmente a una madre con dos hijos pequeños. Uno estaba gravemente desnutrido y le preparó una papilla especial. Al volver, vio que se la estaba dando al otro niño.

“Le dije que el enfermo era este y me respondió: hermana, si no, se me van a morir los dos”.  Para Lola, esa frase resume la crudeza de la pobreza: elegir entre vidas.

La situación era tan extrema que incluso comer delante de la gente le resultaba insoportable. “Yo muchas veces cuando estaba en el hospital me iba a mi casa y echaba la cortina para que la gente no me viera comer”, confiesa. Sabía que fuera había madres sin nada para dar de desayunar a sus hijos y niños que se acostaban con el estómago vacío. 

Ahora, cuando visita colegios en España, repite que hablar de hambre y vivirla es muy distinto. Y añade: “Aquí se come demasiado y no se valora lo que se tiene”.

Durante una hambruna especialmente dura, vio a unos niños subidos a los árboles.

Pensó que jugaban, pero estaban comiendo hojas. “Eran dulces porque tenían restos de insectos. Eso era lo que se estaban comiendo… y eso comimos nosotros también”, relata. “La hambruna es tan tremenda que nadie se la imagina”. 

Por eso insiste en que el hambre no se cura solo comiendo, sino comiendo bien.

“La malnutrición afecta al desarrollo, a la inteligencia, a todo”.

En medio de tanta precariedad, Manos Unidas se convirtió en un pilar fundamental. “Ha sido nuestros pies y nuestras manos”, afirma Lola. Gracias a sus proyectos llegaron la electrificación, nuevas clínicas, casas para enfermeras y, recientemente, un gran hospital en una zona rural muy pobre. “Ahora esas personas tienen derecho a la salud”. 

Su primer proyecto con la ONG fue la promoción de la mujer, formando a mujeres que no sabían coser ni tenían medios para ser autosuficientes.

Después llegaron las mejoras sanitarias, porque al principio el hospital no era más que una choza sin material.

Uno de los proyectos más importantes fue la creación de un hogar para niños huérfanos tras el impacto del sida. Muchos vivían con abuelos o tíos que no podían pagar la escuela y acababan trabajando desde pequeños. 

Allí llegó Rafael, un bebé de seis meses que pesaba apenas tres kilos y medio. Su madre había muerto y su padre estaba paralítico. “En el hospital nos dijeron que ese niño se iba a morir”, recuerda.

Vomitaba todo y no retenía nada. Hoy tiene nueve años, está sano y es “más listo que el hambre”. En la misión llaman a Lola abuela, en su lengua: Banene.

Lola insiste en que, pese a todo, ha gozado más de lo que ha sufrido. “La gente es muy acogedora.

Es pobreza, sí, pero llevada con una dignidad impresionante”. Cuando llegó, le pusieron un nombre local que significa pájaro, porque “no andas, vuelas: igual estás en el hospital que en los poblados”. 

Durante años recorrió kilómetros en bicicleta. “Era la dueña del mundo”, dice. Fue la única española y la única blanca en la misión, pero nunca se sintió diferente.

“El nivel de aceptación es total. Los niños no huyen, al contrario, se te pegan”.

No todo fue esperanza. Hubo momentos en los que no tenían ni medicinas ni comida. “Mandamos un SOS a Manos Unidas y nos enviaron medicinas desde Alemania.

Pero es angustioso verte sin poder hacer nada”, confiesa. Aún le duele recordar a niños que se le murieron en los brazos. 

¿Cómo se sostiene alguien ante tanto sufrimiento? “Si Dios no está en ti y no te fortalece, poco puedes hacer”, responde. Cree profundamente en la solidaridad internacional y en la labor de Manos Unidas.

“No mira religión, raza ni color. Busca solo la dignidad de la persona: alimentación, sanidad, educación”.

En noviembre regresó a Zimbabue para celebrar los 75 años de presencia de su congregación en el país. Hoy hay más de cien religiosas locales, prueba de que el carisma de estar con los más pobres sigue vivo. 

Mientras tanto, Lola continúa recorriendo colegios y parroquias contando lo que ha visto. Y siempre repite lo mismo: que el hambre no es un concepto, es un rostro; que compartir no es un gesto bonito, es una urgencia vital; y que, como dice el Evangelio, hay que dar de comer con lo que se tiene. Porque en muchos lugares del mundo, la vida —literalmente— depende de ello.