
Los "hombres buenos" también agreden a las mujeres
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La apariencia engaña, y a menudo confiamos en ella para juzgar la credibilidad de las mujeres, especialmente cuando se acusa a hombres de comportamientos machistas o violentos. Se tiende a pensar en agresores con “cara de agresor”, pero esta visión es clasista y colonial, una falacia que protege a ciertos hombres bajo el orden patriarcal.
La falacia del “agresor con cara de agresor”
Pensar que un agresor debe parecerlo es absurdo. La violencia no emite señales inequívocas. La historia está llena de hombres respetables cuya reputación ocultó sus crímenes, incluso sirviendo como plataforma para acceder a sus víctimas. Muchos agresores son inicialmente encantadores, lo que dificulta la detección de la violencia.
El caso de Jeffrey Epstein y su red de tráfico de menores ilustra cómo hombres influyentes se protegen mutuamente, amparados en su posición social. La lista de Epstein, como la de otros agresores, está llena de “hombres buenos”, padres ejemplares, políticos destacados, empresarios exitosos.
Estereotipos y credibilidad
En la batalla por la credibilidad, persisten mitos que atenúan o excusan los actos de estos “chicos majos”, como si su posición social o apariencia los hicieran incapaces de crueldad. Cuando se acusó a Julio Iglesias, muchos restaron credibilidad a las mujeres, argumentando que un hombre con tanto poder no “necesitaría” hacer esas cosas. Se asume erróneamente que la violencia es exclusiva de los pobres o socialmente desfavorecidos.
La violencia no tiene perfil
Vivimos en una época donde figuras públicas, arquetipos del “hombre de bien”, son acusadas de violencia sexual. Las mujeres denuncian cada vez más, incluso a los poderosos. Sin embargo, la sociedad se resiste a aceptar que el peligro puede tener buenos modales y una posición económica solvente. Se prefiere pensar que la amenaza viene de un hombre vulgar, fácilmente identificable, o de un extranjero.
La extrema derecha se aprovecha de estas creencias erróneas para manipular la percepción de la violencia machista. Resulta más fácil culpar a quien encaja en el prejuicio, evitando así la incomodidad de revisar nuestras propias creencias.
En la violencia machista no hay un perfil físico o social único. Los agresores pueden ser jóvenes o mayores, con altos estudios, cargos públicos o ser vecinos ejemplares. Negar esto convierte a la víctima en sospechosa. Aceptar que la violencia se oculta bajo la normalidad es un paso necesario. Mientras sigamos necesitando que el agresor tenga “cara de malo”, seguiremos siendo la coartada perfecta para aquellos que, disfrazados de “hombres buenos”, agreden a mujeres y menores.
La cultura de la violación normaliza, minimiza o excusa la violencia sexual, especialmente cuando la perpetran esos “hombres buenos” de los que “nunca lo hubiéramos imaginado”.













