Morir de soledad en la era de la distopía

Morir de soledad en la era de la distopía
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Morir de soledad en la era de la distopía

Siempre me ha gustado la ciencia ficción, especialmente cuando se adentra en distopías. Durante el Renacimiento, la literatura utópica se puso de moda, con figuras como Tomás Moro, Tommaso Campanella y Francis Bacon imaginando sociedades ideales donde la justicia, el bien y la belleza imperaban. Sin embargo, después de Auschwitz, Hiroshima y el Gulag, este género se volvió casi ofensivo, dando paso a ficciones apocalípticas que anticipaban futuros aterradores.

En vísperas del ascenso de Hitler al poder, Aldous Huxley publicó *Un mundo feliz*, una novela que prefiguraba una sociedad donde la tecnología, la manipulación y las drogas dividían a la humanidad en castas para destruir cualquier vestigio de libertad, dignidad o autonomía. En 1949, George Orwell publicó *1984*, describiendo la vida bajo un régimen totalitario capaz de controlar el pensamiento, el lenguaje y los afectos. Ya en 1953, Ray Bradbury publicó *Fahrenheit 451*, donde los libros estaban prohibidos y las grandes pantallas de televisión, omnipresentes, se utilizaban para enajenar a las masas.

Algunas de las predicciones de Huxley, Orwell y Bradbury se han cumplido: la tecnología se ha convertido en un arma de manipulación, las pantallas de plasma han desplazado al libro y el consumo de drogas ha desactivado la conciencia crítica de muchos. El sexo se ha banalizado e instrumentalizado, y la pornografía ha degradado la imagen de la mujer. En la política internacional, potencias que no respetan los derechos humanos luchan por el control del planeta, erosionando la convivencia y normalizando el miedo.

No es necesario situarse en zonas de conflicto para afirmar que vivimos en una época distópica. En 1969, Adolfo Bioy Casares publicó *Diario de la guerra del cerdo*, donde jóvenes atacan y matan a ancianos por no soportar lo que les espera. Ya en esos tiempos, matar a un anciano era una forma de suicidarse, pues nadie escapa de la vejez.

El drama de la soledad en Japón

Se sabe que algunos ancianos japoneses cometen pequeños delitos para ser encarcelados y huir de la soledad. Se estima que el 13% de la población reclusa en Japón son personas de la tercera edad. Con pensiones bajas e hijos ocupados, la opción de estar entre rejas resulta más atractiva que pasar los días aislado en un apartamento pequeño. Las cárceles japonesas se han adaptado, convirtiéndose en residencias, lo que ha obligado a ampliar las plantillas con personal sanitario y trabajadores sociales.

*La balada del Narayama*, una novela de 1956, popularizó la idea de que en Japón se abandonaba a los ancianos en bosques y montañas en épocas de escasez. Sin embargo, en el Japón de la posguerra, los ancianos gozaban de un enorme respeto, algo que cambió por la influencia de la cultura occidental, como reflejó Yasujirō Ozu en *Cuentos de Tokio* (1953).

La soledad en la sociedad actual

En 2021, Japón creó el Ministerio de la Soledad y el Aislamiento por el incremento de suicidios de jóvenes y ancianos. La soledad no deseada golpea con dureza a ambas generaciones. Muchos adolescentes se encierran en sus habitaciones, conocidos como “hikikomori”.

En España, dos millones de personas mayores de 65 años viven solas, un 23% de esa franja de población. De ellos, 850.000 tienen más de 80 años. Es una consecuencia de la desintegración de la familia tradicional. Aunque no sería deseable retroceder en el tiempo, no se puede desmontar una estructura sin crear otra.

Ahora el modelo familiar se ha diversificado, pero los núcleos familiares se han vuelto inestables y frágiles. España tiene una de las tasas más altas de rupturas sentimentales, alrededor del 60%. Este porcentaje de fracasos es quizás una de las explicaciones de fenómenos como el *cohousing*, comunidades de casas privadas con espacios comunes donde se comparte la vida social.

Un llamado a la esperanza y la solidaridad

El drama de la soledad no deseada es un fracaso colectivo. El ser humano es un animal social, como señaló Aristóteles. Se puede morir de soledad. Según la OMS, el aislamiento eleva hasta en un 39% las probabilidades de morir. El sufrimiento que produce la soledad incrementa el riesgo de depresión, suicidio, ansiedad, alcoholismo, tabaquismo, infarto, ictus, deterioro cognitivo, Alzheimer, cáncer y otras patologías.

No me resigno a vivir en un mundo distópico. Hablar de utopías parece ingenuo, pero es necesario. Espero que la distopía de un mundo donde los ancianos prefieren la cárcel a la soledad sea reemplazada por la utopía de un mundo más fraterno y compasivo, donde todos asumamos que el cuidado de los otros y la solidaridad entre las distintas generaciones no es una obligación, sino el pilar de una convivencia verdaderamente humana.