
Erik el Belga fue uno de los más dañinos expoliadores de la historia del arte en España, que asaltaba, sobornaba y amenazaba para hacerse con tapices, tallas, lienzos o esculturas y artesonados por toda la España rural. Si hoy es ‘vaciada’, también fue culpa suya.
Él se reivindicaba como héroe cuando empezó a colaborar para reducir condenas. Fue un delincuente y un caradura.
Me repugna esa tradición que consideraba amantes del arte nuestro a esquilmadores, con el célebre Arthur Byne , el gran ‘dealer’ de los Hearst y Huntington, como ejemplo máximo. Byne murió en un accidente de coche en 1935 -igual vendría de visitar ermitas-, e incluso ABC en la época publicó una necrológica admirativa por su dedicación al patrimonio español.
Después, supimos a qué se dedicaba en realidad. Todavía me da nauseas cuando paso por su antiguo domicilio en la calle Don Ramón de la Cruz, en pleno barrio de Salamanca.Esta lección sobre lo que no es amor al arte ni altruismo vale también para algunos ‘héroes’ de la actualidad, esos caraduras de la mediación venezolana o de los rescates de aerolíneas, además de los expoliadores de traje y corbata, reventadores de pecios con respaldo de algún Estado, que los sigue habiendo.
Se mueven en sombras. Menos mal que siempre está la UCO, incansable, así que pasen cuarenta años.













