
Nuevas teorías desafían la cronología de la Gran Pirámide y la Esfinge
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La historia de la humanidad podría estar a punto de experimentar una revisión profunda. Nuevas hipótesis científicas cuestionan la cronología aceptada de la Gran Pirámide de Guiza y la Gran Esfinge, dos monumentos emblemáticos del mundo antiguo.
Mientras que la versión tradicional sitúa su construcción alrededor del 2500 a.C., durante el reinado del faraón Keops, algunos investigadores proponen un origen mucho más remoto, hasta 10.000 años antes.
De confirmarse, esta teoría implicaría la existencia de una civilización avanzada, anterior al Egipto dinástico, capaz de construir estructuras monumentales con una precisión técnica sorprendente.
La teoría de la erosión de Robert Schoch
El geólogo Robert Schoch, de la Universidad de Boston, es el principal defensor de esta hipótesis. Según su análisis, la erosión observada en los muros de la Esfinge no es producto del viento o la arena, como afirma la egiptología clásica, sino de lluvias intensas y prolongadas.
Este tipo de precipitación solo habría sido posible durante el final de la última glaciación, entre el 10.000 y el 12.000 a.C., cuando el clima del norte de África era mucho más húmedo.
Schoch argumenta que la Esfinge, y posiblemente la base de la Gran Pirámide, fueron construidas en ese período remoto, y que los faraones posteriores restauraron o remodelaron las estructuras originales.
Su teoría se basa en estudios de erosión comparativa y patrones de desgaste en la piedra caliza que, según él, muestran signos de exposición a un ambiente lluvioso, no desértico. Si esto fuera cierto, el Egipto faraónico no habría creado estas maravillas, sino que habría heredado un conocimiento arquitectónico anterior.
Este argumento sugiere la existencia de una cultura desaparecida, aún no identificada arqueológicamente, con un dominio tecnológico que desafía lo que se conoce sobre las sociedades humanas de la época.
El rechazo de la egiptología tradicional
La comunidad arqueológica tradicional rechaza firmemente esta interpretación.
Egiptólogos como Zahi Hawass, exministro de Antigüedades de Egipto, califican las afirmaciones de Schoch como una “distorsión de los datos geológicos”.
Los especialistas ortodoxos sostienen que no existen pruebas materiales – herramientas, cerámicas o restos de asentamientos – que respalden la presencia de una civilización avanzada en Egipto hace 12.000 años. El consenso científico se basa en registros arqueológicos sólidos, como inscripciones jeroglíficas, restos de tumbas y contextos estratigráficos que vinculan claramente la construcción de la pirámide con el reinado de Keops.
Además, los análisis de carbono-14 realizados en restos orgánicos encontrados alrededor de las pirámides corroboran la datación en torno al siglo XXV a.C.
Según esta visión, las marcas de erosión interpretadas por Schoch no son producto del agua, sino de procesos químicos naturales que afectan a la piedra caliza bajo condiciones de humedad variable y cambios térmicos a lo largo de milenios. Para estos científicos, las pirámides son un testimonio del ingenio humano dentro del marco temporal conocido de la civilización egipcia.
Alineación estelar y misterio
A pesar del consenso, persiste la fascinación por los enigmas astronómicos. Estudios muestran que la Pirámide de Keops está alineada con precisión milimétrica con el norte verdadero, y que las tres pirámides principales de Guiza replican la disposición de las estrellas del cinturón de Orión.
Algunos investigadores, como Robert Bauval, sugieren que esta alineación coincide mejor con la posición que dichas estrellas ocupaban alrededor del 10.500 a.C., lo que reaviva las sospechas de una antigüedad mayor.
El misterio de Guiza sigue abierto.
Mientras la ciencia busca respuestas entre estratos de roca, dataciones y constelaciones, el debate revela la necesidad humana de replantear los límites de su propia historia. ¿Acaso la civilización no comenzó en el Nilo, sino miles de años antes, bajo un cielo que ya contemplaba las mismas estrellas?













