Alberto Greco: El artista irreverente que desafió los límites del arte

NUEVO TITULO: Alberto Greco: El artista irreverente que desafió los límites del arte
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NUEVO TITULO: Alberto Greco: El artista irreverente que desafió los límites del arte

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Alberto Greco (1931-1965), figura provocadora y transgresora, fue un artista que incomodó a sus contemporáneos. Su irreverencia se manifestaba en su deseo de estar en todas partes, a menudo incumpliendo compromisos y desafiando las convenciones.

Un iconoclasta en el mundo del arte

Greco no temía recurrir a métodos escandalosos, como el uso de ratones para perturbar galerías de arte, satirizando la escena artística argentina, o incluso lanzarlos contra el presidente de Italia en la Bienal de Venecia. Su vida, reconstruida en un catálogo por Quico Rivas en 1991, sigue fascinando a historiadores y curadores, especialmente en un contexto donde el arte se ha vuelto, según Simon Critchley, “absolutamente demasiado”.

Luis Camnitzer destaca que Greco fue el único artista que se mantuvo simultáneamente en la Neofiguración y en una peculiar modulación de lo Conceptual, tras haber sido un exponente del Informalismo en Argentina.

Conceptualismo Expresionista: El “Arte Vivo Dito”

A diferencia de otros conceptualistas obsesionados con la lingüística, Greco “decía” las cosas con el dedo, señalando y firmando con burla. Para él, el “arte vivo dito” era una aventura en la realidad, donde el artista enseñaba a ver lo que sucede en la calle, sin transformar ni mejorar el objeto encontrado.

Crítica a las pretensiones del arte

Más allá de sus propósitos pedagógicos, el comportamiento de Greco era una crítica sarcástica a las pretensiones del arte.

Sus acciones, desarrolladas entre Sao Paulo, París, Nueva York, Roma y Madrid, eran deliberadamente absurdas, con un toque teatral que recuerda a Samuel Beckett.

Su suicidio, plasmado en la palabra “FIN” escrita en la palma de su mano, selló un destino inmoderado, otorgando un heroísmo grotesco a su existencia marginal. Su obsesión por el hábito de monja sugiere una obscenidad que conduce a un enclaustramiento atroz.

Acciones y provocaciones

En 1964, en la galería Juan Mordó, Greco colocó a dos personas en el horizonte de un cuadro informalista. Ese mismo año, en la galería Bonino de Buenos Aires, recurrió a limpiabotas en otra “proyección” subjetiva que lo acercaba al “bajo materialismo” de Bataille.

Greco necesitaba todo el espacio del mundo para agotar o intoxicar el arte. Utilizó un rollo de papel de más de 100 metros para plasmar su vida en un batiburrillo que enlazaba la infancia con la necesidad de firmar paredes, objetos y personas.

También se cruzó con Ben Vautier, otro obsesionado con la firma.

Su intemperancia, influenciada por Yves Klein y con similitudes con Piero Manzoni, se caracterizaba por una pulsión incontenible. El cartel que colocó en Buenos Aires con la frase “¡QUÉ GRANDE SOS!” (1961) podía interpretarse como una hipertrofia narcisista o una denigración cómica. Buscaba la provocación, llegando incluso a orinar sobre el público, según algunos relatos.

Un legado inquietante

En una “mala lectura” productiva del Informalismo, Greco se entregó al delirio, convirtiendo el vagabundeo en una poética de fertilidad. A pesar de vivir en la indigencia y ser tildado de “farsante”, generó un arte inquietante que sigue vivo.

Su dedo marca la dirección de lo incómodo, inesperado e inspirador.