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El Estilo de Longares: Un Festín Lingüístico en ‘Cortesanos’
La reciente novela de Manuel Longares, ‘Cortesanos’, se erige como un prodigioso artefacto lingüístico, un desafío donde el lenguaje es capaz de ser la idea misma y expresarla de la manera más cabal e insustituible, misión fundamental de la literatura.
Un Lenguaje que Define un Mundo
En Longares, el estilo es su manera de estar en el mundo. Su novela más celebrada, ‘Romanticismo’, capturó la Transición española en el barrio de Salamanca, pero trascendió al elaborar un lenguaje atento al modo de hablar de las clases sociales y los hábitos de burguesía y pueblo.
‘Cortesanos’: Un Carnaval de Lenguaje
En ‘Cortesanos’, Longares despoja la novela del argumento secuencial, incluso de trama, para construir una aventura lingüística.
La idea central es simple: los monarcas de los Austrias y los Borbones se hallaron entretenidos en sus entrepiernas y afanes copuladores. En este carnestolendas, que evoca lo carnavalesco de Rabelais diagnosticado por Mijail Bajtin, hay pocas páginas sin cópula monárquica llevada al extremo.
Mientras tanto, en este tablao de fornicadores y reyes castizos, que también supieron trasladar Goya o Valle-Inclán, el pueblo (cortesanos) se entretiene en cazuelas teatrales o corridas de toros.
¿Y en qué consiste tal entretenimiento? En la mofa, la burla, las canciones, las jácaras, los romances, seguidillas, el astracán, en un expresionismo hecho de desmadres, exageraciones y risotadas.
Filiación Picaresca y Herencia Literaria
Longares se acoge a la filiación picaresca, pero en su descarnado formalismo, como Juan Ruiz el Arcipreste, la pícara Justina, Góngora y Quevedo en sus poemas de romances y jácaras festivas.
Como dijo Lázaro Carreter, siguiendo una idea de Borges: «Quevedo o la invención por la palabra».
Esta tradición llega directamente a ‘Cortesanos’, situada a orillas del Manzanares, resonando ecos de los poemas que Góngora y Quevedo le dedicaran, llevándolos al caudal casi miserable de la Corte. Valle-Inclán, Goya, y los juegos lingüísticos de la zarzuela, la revista y los géneros chicos nutren el imaginario de un Longares desatado, entregado al festín del lenguaje.













