Hye-young Pyun disecciona la crudeza de la clase media en ‘El pozo’

NUEVO TÍTULO: Hye-young Pyun disecciona la crudeza de la clase media en 'El pozo'
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Hye-young Pyun disecciona la crudeza de la clase media en ‘El pozo’

La llamada “ola coreana” o ‘hallyu’ ha expandido el entretenimiento surcoreano a nivel global. Sin embargo, su fuerza reside en la disección de la crudeza con la que sobrevive la clase media. Hye-young Pyun es una de las autoras que mejor explora esta temática, centrándose en la alienación laboral y el malestar que genera.

“Las oficinas no solo producen insatisfacción”, afirma Pyun. “Provocan un desprendimiento de la identidad.

Dejas de ser quien eras antes de fichar. Es posible que tu personalidad se disuelva bajo el estrés de un oficio que te daña”.

‘El pozo’: Una tragedia asfixiante

‘El pozo’ (Destino), la novela más reciente de Pyun, presenta a Ogi, un hombre que despierta en un hospital tras un accidente que le causó parálisis y la muerte de su esposa. Su única conexión con la vida es su suegra, quien se convierte en su juez más implacable.

La soledad de Ogi no es un refugio. El cuidado se transforma en una forma de vigilancia extrema, recordando a ‘Misery’ de Stephen King.

La suegra traslada a Ogi a su antigua casa, donde la autora despliega la metáfora del “humano-planta”.

El “humano-planta”: Inmovilidad y dependencia

Pyun explica que en coreano, a los paralíticos se les llama “singmul-ingan”, de donde surgió el personaje de Ogi. Quería retratar a alguien que se ha quedado como si fuera una planta, alguien que necesita la mano de otro pero que, al final, se convierte en una presencia incómoda.

La inmovilidad de Ogi no es solo física, sino una “enfermedad de los árboles”, donde el ser humano pierde su capacidad de acción y depende de quien lo cuida.

El jardín y la exhumación de la vida de Ogi

El jardín de la casa se convierte en un espacio de revelación macabra. Mientras la suegra cava un agujero, Ogi asiste a la exhumación de su propia vida. Los huecos en la tierra representan las fugas en la memoria y la moral de Ogi, revelando que su éxito y matrimonio eran fachadas sostenidas por el desprecio y la negligencia.

‘El pozo’ fue galardonada con el Premio Shirley Jackson en 2017, reconociendo su calidad en la literatura de suspenso psicológico y horror gótico contemporáneo.

Dinámicas de poder y la voz femenina

“Hay una especie de poder en quien cuida”, reflexiona Pyun.

“Cuando eres una persona enferma, tienes que confiar o apoyarte en el otro, y eso genera una jerarquía”. En ‘El pozo’, este poder se ejerce sutilmente, con la suegra administrando las necesidades básicas de Ogi de forma arbitraria.

Esta dinámica de poder permite rescatar la voz de la mujer, a menudo silenciada por el patriarcado coreano. Aunque la historia se centra en Ogi, se puede percibir la voz de la mujer controlada por él, interpretándose como un acto de justicia ante años de silencio.

La recepción de ‘El pozo’ varía según el género del lector. Las mujeres suelen ver la novela como una venganza de la suegra y una reivindicación de la razón femenina.

Los hombres, en cambio, tienden a defender a Ogi, viéndolo como un hombre que sufre una tragedia desproporcionada.

Ogi: El arquetipo de la clase media surcoreana

Ogi no es un villano, sino el arquetipo de la clase media surcoreana: un hombre que ha cumplido con las expectativas de éxito, pero descubre que su seguridad era un espejismo. “Es el ejemplo de esa clase media que persigue el éxito con ferocidad. Pero al final de toda esa carrera, después de conseguir supuestamente ‘lo mejor’, lo que le llega es el vacío”, explica Pyun.

La tragedia de Ogi es la de una generación que ha sacrificado su identidad en busca del ascenso social, solo para encontrar que el sistema y la familia se vuelven contra ellos en su momento de mayor vulnerabilidad.

Pyun busca generar terror psicológico e invitar a la reflexión sobre la soledad del individuo moderno. La clase media no es un refugio seguro, sino una cuerda floja, y el pozo es el destino de quien ha vivido una vida de apariencias hasta quedarse sin voz.