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Ricardo Compairé: El hombre detrás del pionero de la fotografía aragonesa
Un nuevo libro reconstruye la vida de Ricardo Compairé, pionero de la fotografía aragonesa, explorando su vida cotidiana, sus obsesiones y su ética.
Ricardo Compairé, el fotógrafo del Alto Aragón, cargaba con un equipo de 40 kilos por los Pirineos para capturar momentos únicos.
Un fotógrafo en la montaña
Un hombre camina lentamente por la montaña, cargando más de cuarenta kilos de equipo fotográfico. Los pastores lo observan con curiosidad y desconfianza. Aunque no es uno de ellos, Compairé escucha, observa y logra capturar momentos y gestos que hoy nos permiten vislumbrar un pasado lejano.
Esta imagen representa el mito de Ricardo Compairé y su proceso creativo, que resultó en un archivo visual único y valioso del Alto Aragón. Su obra es ahora estudiada y expuesta con éxito.
El hombre detrás de la cámara
El libro *Ricardo Compairé. El farmacéutico que retrató el alma del Alto Aragón*, de María Jesús Hernández Viñerta, editado por el Instituto de Estudios Altoaragoneses, explora al hombre detrás del fotógrafo: el farmacéutico de profesión y fotógrafo por vocación.
La historiadora María Jesús Hernández, impulsada por Enrique Chabier Compairé, nieto del fotógrafo, decidió escribir esta biografía que rehúye el tratado fotográfico, centrándose en la persona detrás de la cámara.
Un carácter montañés
Ricardo Compairé nació en Villanúa en 1883, un origen que marcó su carácter. Su nieto describe a Compairé como alguien que podía parecer serio y seco, pero que en realidad era amable y cercano.
Esta combinación de reserva y don de gentes fue clave para su trabajo. Agliberto Garcés, su acompañante habitual, destacó que “todo el mundo estaba pendiente de Don Ricardo”. Compairé sabía escuchar, observar y esperar, virtudes esenciales para un buen fotógrafo.
Su formación en Farmacia en Barcelona, donde se licenció con sobresaliente, despertó su interés por la pintura y el dibujo. El escaparate de una tienda de fotografía capturó su atención y marcó su vida.
Nada era improvisado
Como farmacéutico en varias localidades del Alto Aragón, Compairé encontró en el paisaje pirenaico y sus habitantes el foco de su obra fotográfica, influenciada por su formación pictórica.
Sus imágenes se han convertido en documentos etnográficos imprescindibles para recordar la vida de los montañeses de principios del siglo XX. María Jesús destaca el concienzudo proceso creativo de Compairé, que incluía un análisis previo del lugar, la orientación y la luz.
De esta forma, sus imágenes lograron “captar con fidelidad ese modo de vida que estaba desapareciendo”. Compairé era consciente de estar registrando algo frágil, ya que observó el cambio en la vestimenta tradicional al regresar a Hecho en 1905.
El archivo salvado
Compairé era consciente del valor de su obra, afirmando en una entrevista que su archivo sería aún más importante en el futuro.
Un episodio revelador de su biografía fue el traslado y ocultación de su archivo durante la Guerra Civil. Ante el peligro de los bombardeos en Huesca, Compairé decidió proteger sus imágenes en Zaragoza.
Gracias a su relación familiar con José Sender, padre del escritor, Compairé trasladó su archivo a una bodega de vino en Borja, donde permaneció hasta 1940. De esta forma, salvó uno de los mayores tesoros visuales del Aragón rural.
Más allá del fotógrafo
El libro muestra a un hombre interesado por la ciencia, la botánica, la micología, el folclore y el turismo. Fue un farmacéutico riguroso y un promotor cultural adelantado a su tiempo, promocionando el turismo de Huesca y utilizando sus fotografías para mostrar la belleza oscense.
Compairé se relacionó con figuras clave de su tiempo, como Ramón J. Sender, Ramón Acín y Ricardo del Arco. Incluso diseñó escaparates para su farmacia con Acín, de los que lamentablemente solo quedan testimonios.
El papel de Enrique Chabier Compairé
Según María Jesús, este libro existe gracias a la labor incansable de Enrique Chabier Compairé, “un emisario incansable del legado de su abuelo”. Enrique ha dado charlas, conferencias y ha actuado como guía en exposiciones dedicadas a su abuelo.
“Él vive en Huesca”, continúa María Jesús, “venía a Zaragoza en tren y le encantaba acompañar a los visitantes. Se presentaba como su nieto, les explicaba las fotografías, el contexto en el que estaban hechas… O sea, que ha sido un auténtico embajador de la obra y de la memoria de su abuelo, contribuyendo indudablemente a que su legado se mantenga vivo”.
“Prueba de ello ha sido cómo me ha engatusado, en el sentido más cariñoso de la palabra, para que escribiera esta biografía, que podría haber escrito él perfectamente”, asegura.
Un libro que, tal y como reconoce la autora, está hecho desde el cariño. “Es la historia de un hombre testigo de un tiempo que estaba desapareciendo y que decidió dejar constancia de ello”, concluye.













