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Polémica y Equidistancia en el Debate sobre la Guerra Civil Española
La controversia generada en torno al evento “La guerra que todos perdimos”, impulsado por Pérez Reverte, ha puesto de manifiesto la persistencia de debates enquistados sobre la Guerra Civil Española. La decisión de David Uclés de no asistir a último momento desató una ola de reacciones, transformando una cuestión personal en un debate público marcado por trincheras digitales y equidistancias.
El Ruido y la Reflexión Necesaria
Ante invitaciones a eventos de este tipo, resulta fundamental conocer la identidad de los organizadores, su enfoque, los participantes y el propósito del encuentro. En este caso, el marco interpretativo de los organizadores, caracterizado por una equidistancia que busca emular a Manuel Chaves Nogales y ubicarse en una inexistente “Tercera España”, era conocido de antemano.
Si bien la cancelación del evento se atribuye a presiones y riesgo de boicots, la polémica revela un modelo agotado de debate, con los mismos nombres, temas y conclusiones. Se echa en falta la inclusión de perspectivas de género, la discusión sobre la hambruna, los perpetradores, la vida cotidiana durante la guerra, las fosas comunes, la violencia sexual y el papel de las mujeres en el conflicto y la posguerra.
Más allá de la Equidistancia: Responsabilidades y Relatos
Un problema conceptual más profundo radica en la idea de que “todos perdieron la guerra”. Esta visión reproduce el relato franquista que buscaba neutralizar el pasado, diluir responsabilidades y construir una memoria anestesiada para facilitar la estabilidad del régimen. Sin embargo, la inexactitud del título no debería ser motivo suficiente para evitar el debate. Es precisamente en estos contextos problemáticos donde resulta más necesario introducir matices, romper simplificaciones y dar voz a perspectivas que a menudo son ignoradas.
Es más valiente explicar con rigor qué fue un golpe de Estado, cómo se desarrolló la guerra y qué significó la posguerra que refugiarse en espacios donde todos comparten la misma opinión.
Gestos Políticos y Responsabilidad Pública
Si bien las decisiones personales son legítimas, las negativas de última hora, especialmente cuando se hacen públicas, adquieren una dimensión política. Para aquellos que se dedican profesionalmente a la historia y la docencia universitaria, existe una responsabilidad pública de explicar la complejidad del pasado, incluso en contextos incómodos.
Si no somos capaces de hacerlo en foros donde no nos sentimos del todo cómodos, corremos el riesgo de ceder el relato cultural a quienes prefieren la simplificación o la nostalgia.
La Victoria de la Ambigüedad
Mientras tanto, quienes mejor han jugado esta partida han sido los equidistantes, quienes han logrado presentarse como defensores del diálogo, han observado cómo sus críticos se enzarzaban entre sí y han reforzado la idea de que el pasado sigue siendo un campo minado del que es mejor no hablar. Esta postura, utilizada por la derecha política y mediática, perpetúa la desigualdad en el reconocimiento del sufrimiento, ya que no todas las víctimas han tenido el mismo lugar en la memoria pública ni todos los muertos han recibido el mismo trato institucional.
El resultado de todo este episodio es una victoria para quienes prefieren el pasado como terreno de ambigüedad permanente. Mientras discutimos sobre quién asiste o quién se retira, el debate sobre cómo explicar la guerra, cómo integrar la memoria en la educación o cómo renovar los enfoques historiográficos queda relegado a un segundo plano.
Es fundamental recordar que el pasado no desaparece por decreto ni se neutraliza con simetrías retóricas. Se comprende, se discute y, en el mejor de los casos, se integra en una cultura democrática capaz de convivir con sus contradicciones. Para ello, se necesitan espacios plurales, claridad, renovación generacional y menos dramatización de lo anecdótico.
Quizás la lección más útil de todo esto sea que no todo gesto necesita convertirse en símbolo ni toda polémica merece elevarse a categoría histórica. A veces, la mejor forma de defender el pasado es hablar de él con menos ruido y más precisión, recordando que no hay equidistancia posible entre el rigor y la comodidad intelectual.













