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¿Por qué no nos creen?
La historia de silenciar a las mujeres es antigua, tan antigua como la Odisea, donde Telémaco le dice a su madre Penélope que se ocupe del telar y deje el relato a los hombres. Tres mil años después, esa manía persiste en nuestras sociedades.
En Afganistán, los talibanes prohíben a las mujeres hablar en voz alta fuera de sus casas. Pero no es solo en regímenes opresores donde esto ocurre. Incluso en democracias, las voces femeninas son a menudo silenciadas y menospreciadas.
El desprecio arraigado en Occidente
En Occidente, el desprecio por la voz de las mujeres en ámbitos de hegemonía masculina está tan arraigado que lo hemos normalizado. Salpica a todos los estamentos, incluyendo el judicial, donde las mujeres que denuncian acoso, especialmente sexual, deben ser heroínas dispuestas a pasar por el cadalso.
Se manifiesta al silenciar a las que denuncian, ignorar a las que defienden sus posiciones y desacreditar las acusaciones. Acallar, ignorar y negar son las tres caras de un prisma que busca deslegitimar la palabra femenina cuando queremos hacernos oír como voces de autoridad. Se niega el valor de la palabra de las mujeres.
El caso de Elisa Mouliaá
El hartazgo de Elisa Mouliaá, que retiró su acusación de acoso sexual contra Iñigo Errejón tras un año y medio de calvario judicial, es un ejemplo. El doloroso interrogatorio al que fue sometida, difundido públicamente, disuade a otras mujeres de buscar justicia.
Sin prejuzgar la culpabilidad del acusado, es evidente que Mouliaá ha sido innecesaria y cruelmente martirizada y revictimizada. Sufrió el proceso judicial y el hostigamiento en internet, donde fue llamada mentirosa y sometida a veredictos condenatorios.
La persistencia de la cultura del silencio
Cuando creíamos que la sociedad había cambiado, que juicios como los de La Manada no serían posibles, vemos que estamos en lo mismo. Hay mujeres que suman sus casos a los de Mouliaá en redes sociales, pero no denuncian en los tribunales, creyendo que el silencio las protege. Es todo lo contrario: solo dando voz a las agresiones y abusos se puede luchar contra ellos.
Pero no se puede exigir a las víctimas que se entreguen ciegamente a la jauría que las va a despedazar. La sociedad y las instituciones tienen la obligación de defenderlas.
La necesidad de un cambio profundo
No basta con leyes avanzadas. Los derechos formales son sacos vacíos si no se garantiza asistencia especializada a las víctimas. El sistema ha fallado y necesita una revisión urgente. Las administraciones deben asumir su culpa y corregir las carencias. Es inaceptable que algunas autonomías no gasten los presupuestos destinados a violencia de género.
Es necesario cambiar las estructuras sociales y los ámbitos de poder, dotar a las instituciones e invertir recursos públicos para acompañar a las víctimas, aliviar su sufrimiento y evitar la revictimización. Hay que darles credibilidad desde el principio para que no desistan. Lo que subyace en las denuncias de malos tratos y acoso es la desconfianza y la puesta en cuestión de las acusaciones. Porque no nos creen.
Muchas mujeres que han sido agredidas, abusadas o amenazadas no se plantean siquiera denunciar, y quienes lo hacen, terminan retirándose para evitar mayores sufrimientos. Es urgente estudiar por qué tantas denuncias de acoso son retiradas por miedo a ser cuestionadas y acusadas.
Ese miedo tiene que cambiar de bando.
¿Por qué Elisa Mouliaá mentiría sin necesidad, sabiendo lo que se le venía encima? ¿Por qué no se nos cree a las mujeres cuando hablamos de acoso? ¿Por qué se nos piden detalles íntimos del acoso, pero no del robo de un bolso? Es la credibilidad de las voces femeninas la que está en juego, especialmente cuando se ve amenazada la primacía de la iniciativa sexual de los varones.
Es la resistencia a asumir que somos la mitad de la población con igualdad de derechos. Debemos compartir espacios y disfrute sin supremacía de nadie. Más allá del consentimiento, nosotras decidimos si queremos iniciar, continuar o terminar una relación. Es nuestra decisión y nuestra palabra. Empecemos por aceptarlo.













