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¿Un ICE en España? El auge del autoritarismo y la decadencia democrática
La cultura, en sus mejores expresiones, a menudo se anticipa a la realidad. Series como *Years and Years* o *El cuento de la criada*, basadas en una novela, imaginaron escenarios que hoy resultan inquietantemente familiares. Ambas comparten un punto de partida similar: la llegada al poder de fuerzas reaccionarias que, en poco tiempo, despojan de contenido a las instituciones de la democracia representativa. Tanto en el Reino Unido como en Estados Unidos, el mecanismo es compartido y reconocible.
El lento desgaste de la democracia
La literatura y el cine recientes nos han alertado sobre este tipo de futuros para las supuestamente consolidadas democracias occidentales. A diferencia de otras distopías, *Years and Years* y *El cuento de la criada* se centran en la gradualidad: el lento desgaste de los valores democráticos, la erosión de la legitimidad institucional y la normalización de ideas que antes eran inaceptables. Este proceso se asemeja a experiencias históricas como el auge del fascismo y el nazismo.
Cuando se trata de procesos, el momento exacto del cambio de régimen es difícil de precisar. No hay un día específico en que la democracia “deja de existir”, ya que el cambio se asemeja más a una lenta asfixia que a un golpe fulminante. Los valores de los ciudadanos cambian, a menudo influenciados por transformaciones económicas y sociales, y las instituciones democráticas pierden legitimidad.
De minoría a hegemonía: el caso de Estados Unidos
Inicialmente, quienes defienden valores embrionarios de lo que más tarde será el fascismo son una minoría. Estados Unidos ofrece un ejemplo ilustrativo. El Tea Party, en sus orígenes, fue un movimiento minoritario con importantes apoyos económicos y mediáticos. Aunque no logró controlar formalmente el Partido Republicano de inmediato, sentó las bases ideológicas y organizativas de lo que más tarde cristalizaría en el movimiento MAGA. Cada país tiene sus propias trayectorias, pero el patrón se repite: ideas radicales, inicialmente periféricas, pueden volverse hegemónicas si conectan con el malestar social.
La fragilidad de la democracia
La propia noción de democracia moderna tiene su origen en las teorizaciones y prácticas de minorías que se abrieron paso en las sociedades de los siglos XVIII y XIX. La idea de progreso nos hizo creer que las democracias eran los estados definitivos para las comunidades humanas. Sin embargo, la historia del siglo XX demostró que las democracias son históricamente contingentes y, por lo tanto, frágiles: pueden desaparecer del mismo modo que aparecieron. Por eso es irresponsable no prestar suficiente atención al drama político europeo del siglo XX, ya que ofrece enseñanzas cruciales sobre el gradual proceso de auge del fascismo y el nazismo.
Hoy, las democracias están desapareciendo porque hay un conjunto de valores y principios (racistas, tradicionalistas, reaccionarios, homófobos, machistas) que crecen en el seno de la sociedad, normalizando lo que antes se consideraba peligroso y malvado.
Transformaciones económicas y relatos reaccionarios
Las transformaciones económicas están moviendo las placas tectónicas de la sociedad. Occidente está dejando de ser el centro de la división internacional del trabajo, lo que conlleva distorsiones importantes en sus economías, modos de regular la sociedad y su bienestar material. En este contexto, las fuerzas reaccionarias ofrecen relatos simples: identifican culpables (la inmigración, las minorías, el feminismo) y prometen soluciones nacionalistas, autoritarias o incluso violentas para recuperar privilegios percibidos como perdidos. Una población desorientada y angustiada es terreno fértil para estos discursos.
El caso de Estados Unidos y la normalización de la violencia
En Estados Unidos, la ejecución a sangre fría de un manifestante por parte de policías encapuchados ha provocado no solo indignación, sino también justificaciones por parte del gobierno. Asesinatos de este tipo ya se habían producido antes sobre la comunidad negra y pobre, pero ahora suceden de manera abierta ante los ojos del mundo, y hay mucha gente a la que le sigue pareciendo bien.
¿Es posible algo así en España?
Se trata de transformaciones globales, y conviene mirar preventivamente a nuestro propio país. ¿Es posible que se produzca algo así en España? La respuesta es afirmativa. El odio se extiende por la capilaridad social con ayuda de las redes sociales y las *fake news*, mientras que una parte creciente de la sociedad vive angustiada por la situación económica cotidiana. La extrema derecha española no solo simpatiza abiertamente con el trumpismo, sino que lo defiende incluso cuando entra en conflicto con los intereses europeos. La derecha tradicional se muestra incapaz de trazar una línea roja firme frente a la vulneración de derechos y la normalización del autoritarismo.
Este polo de influencia es demasiado potente como para ignorarlo y, en algunos casos, demasiado atractivo como para no imitarlo. Los discursos del miedo se están transformando en discursos de odio, y comienzan a proliferar grupos que legitiman la violencia en nombre del orden. Sus integrantes comparten perfiles y motivaciones similares a los del ICE, de modo que no debería sorprender que en el futuro fueran utilizados para endurecer el control social.
Un momento de decadencia y declive
Hay muchas razones para tomarse en serio este momento de decadencia y declive de las democracias occidentales. La clave está en la inmensa mayoría de personas de buena voluntad que aún no perciben la magnitud del riesgo o que minimizan y subestiman lo que está pasando. El fascismo clásico también creció porque muchas personas que no lo apoyaban tampoco lo resistieron o, cuando se dieron cuenta de lo que pasaba realmente, era ya demasiado tarde. Muchos dicen que lo que ha pasado en Estados Unidos es imposible que suceda en España, pero no ofrecen argumentos convincentes. Simplemente, no lo imaginan posible.
De la reacción de estos grupos sociales, no necesariamente progresistas pero sí demócratas, y de la capacidad de la izquierda para ofrecer un proyecto creíble, protector y esperanzador, depende en buena medida que este deterioro se frene o que, una vez más, la historia vuelva a repetirse.













