
El Papa León XIV se despide de Camerún: "Convertir las instituciones en instrumentos para el bien común, no en lugares de conflictos"
El Papa León XIV ha presidido la Santa Misa en el aeropuerto de Yaundé como acto de clausura de su visita a Camerún, segunda etapa de su viaje apostólico por África. En su homilía, ha lanzado un mensaje de esperanza y fortaleza, pidiendo a los fieles no ceder ante el miedo y las tribulaciones, porque, al igual que a los discípulos en el mar de Galilea, “Jesús no nos abandona”.
El Pontífice ha centrado su reflexión en el pasaje del Evangelio en el que Jesús camina sobre las aguas para alcanzar a sus discípulos, que remaban con dificultad en medio de la noche y el viento en contra.
Ha recordado las palabras del Salvador, recogidas en la versión de san Juan: “Soy yo, no teman”. El Papa ha explicado que, para la tradición judía, las aguas profundas y la noche evocan “las fuerzas del mal, que el hombre por sí solo no puede dominar”, pero también son un lugar de paso donde Dios libera a su pueblo.
El Papa ha extrapolado esta imagen a la travesía de la Iglesia y de cada creyente a lo largo de la historia, que a menudo experimenta “tormentas y vientos contrarios”.
En esos momentos, ha dicho, “parece que nos hundimos, abrumados por fuerzas adversas, cuando todo se ve oscuro y nos sentimos solos y frágiles”. Sin embargo, ha asegurado que “Jesús está con nosotros, siempre, y más fuerte que cualquier poder del mal”.
Por ello, ha animado a levantarse de cada caída y a proseguir “siempre con valentía y confianza”, sin que ninguna tormenta detenga el camino.
En este contexto, ha subrayado que Jesús no siempre calma las tormentas de inmediato, sino que “viene a nuestro encuentro en medio de los peligros” e invita a “permanecer juntos y solidarios en la misma barca”, tanto en las alegrías como en los dolores. El Santo Padre ha hecho un llamamiento a no ser indiferentes al sufrimiento ajeno y ha afirmado que “nunca hay que dejar a nadie solo frente a las adversidades de la vida”.
Para ello, ha instado a cada comunidad a “crear y sostener estructuras de solidaridad y ayuda mutua” para que, ante cualquier crisis, todos puedan dar y recibir apoyo.
La exhortación “no teman” adquiere, según el Papa, una dimensión social y política que debe servir como estímulo para “afrontar juntos los problemas y los desafíos”, especialmente los relacionados con la pobreza y la justicia, con sentido cívico y responsabilidad civil. Ha sido en este punto donde ha afirmado con rotundidad que “la fe no separa la vida espiritual de la social”, sino que, al contrario, “da al cristiano la fuerza para interactuar con el mundo” y responder a las necesidades de los más débiles.
El Pontífice ha advertido que “los esfuerzos individuales y aislados de cada persona no son suficientes para salvar a una comunidad”.
En su lugar, ha defendido la necesidad de una “decisión común” que integre la dimensión espiritual y ética del Evangelio en el corazón de las instituciones, convirtiéndolas en verdaderos “instrumentos para el bien común” y no en escenarios de conflicto o luchas de intereses.
Para ilustrar su mensaje, León XIV ha recurrido a la primera lectura, que narra cómo la Iglesia primitiva afrontó su “primera crisis de crecimiento”. Ante las quejas por el desamparo de algunas viudas en la distribución de alimentos, los apóstoles no ignoraron el problema.
Se reunieron, oraron y, escuchando al Espíritu Santo, crearon una nueva estructura eligiendo a hombres “de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría” para dedicarse al servicio de la caridad. De este modo, ha explicado el Papa, no solo evitaron divisiones, sino que transformaron “un momento de crisis en una oportunidad de enriquecimiento y desarrollo para todos”.
Este ejemplo, ha concluido, es aplicable a la vida familiar y social actual, que a veces exige “el valor de cambiar hábitos y estructuras” para que la dignidad de la persona siga siendo fundamental y se superen las desigualdades.
Antes de despedirse de Camerún para poner rumbo a Angola, el Papa ha elogiado a la Iglesia local, describiéndola como “viva, es joven, rica en dones y entusiasmo, vibrante en su diversidad y maravillosa en su armonía”, y la ha animado a hacer florecer su presencia alegre en el servicio a Dios y a los hermanos.













