
Tres años de guerra en Sudán: un abismo humanitario sin fin
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Lo que comenzó como una disputa de poder entre dos facciones militares, se ha transformado en un conflicto regional que involucra a aliados extranjeros y ha desencadenado una de las emergencias humanitarias más graves a nivel global.
Los combates estallaron en el corazón del poder sudanés el 15 de abril de 2023, cuando el palacio presidencial y los aeropuertos de Jartum y Merowe se convirtieron en escenarios de enfrentamientos entre las Fuerzas Armadas de Sudán (FAS) y las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR). Tres años después, esta lucha entre Mohamed Hamdam Dagalo, líder de las FAR, y Abdelfattah al Burhan, jefe del ejército sudanés, ha evolucionado hasta convertirse en una crisis humanitaria con constantes violaciones de los derechos humanos.
Mariam, de 18 años, fue víctima de una violación por parte de hombres armados mientras buscaba agua en El Fasher, Darfur del Norte. Su embarazo fue descubierto por su familia durante la huida de la ciudad. Su historia es un reflejo de la situación en un país donde más de nueve millones de personas han sido desplazadas internamente y más de 30 millones dependen de la ayuda humanitaria.
Regiones como Darfur y Kordofán enfrentan una situación especialmente crítica, con altos niveles de emergencia alimentaria y riesgo de hambruna debido al colapso de los mercados y el bloqueo de las rutas comerciales.
Del golpe fallido a un “archipiélago de guerras”
“El conflicto comenzó como un golpe palaciego fallido y se ha convertido en un archipiélago de guerras civiles interconectadas”, explica Elhadi Abdalla Mohamed, analista geopolítico y director del Centre for Global Peace and Development en Sudán.
En Sudán no hay un único frente, sino múltiples guerras superpuestas en Jartum, Darfur, Kordofán o el Nilo Azul, donde operan las fuerzas paramilitares, el ejército sudanés, las milicias locales y las redes armadas relacionadas con economías ilícitas. A pesar de ello, el conflicto sigue siendo una lucha por el control del aparato coercitivo del Estado y de las rentas asociadas a él.
En estos tres años, las formas de combate han evolucionado, pasando de combates urbanos caóticos a campañas más prolongadas, territoriales y tecnológicamente más complejas. Ahora se observa una guerra de desgaste, con uso extensivo de drones, asedios prolongados y ataques sistemáticos contra infraestructuras y corredores de suministro.
El conflicto en Sudán sigue siendo una lucha contra el control del aparato coercitivo del Estado y de las rentas asociadas a él
Elhadi Abdalla Mohamed – Director del Centre for Global Peace and Development en Sudán
El asedio de El Fasher ilustra este cambio. Desde abril de 2023 hasta octubre de 2025, cientos de miles de personas quedaron atrapadas en la ciudad sin acceso a alimentos ni agua. “Nuestra vida sucedía en los túneles, sin comida y sin agua”, recuerda una trabajadora humanitaria. Cuando se agotaron los recursos, la mayoría de la gente se vio obligada a comer el cuero de los animales muertos para sobrevivir.
La economía de guerra ya no es un efecto secundario, sino parte del motor del conflicto. El control de recursos como el oro, las rutas comerciales o las zonas agrícolas permiten financiar a los actores armados, mientras el saqueo, la extorsión y el control de carreteras se integran en la vida cotidiana.
Un conflicto alimentado desde el exterior
Sudán es uno de los 50 países más importantes en la exportación mundial de petróleo, que constituye el cuarto producto más exportado del país. Además del petróleo, Sudán alberga hierro, cobre, zinc, tungsteno, goma arábiga y oro (es el tercer extractor de oro más importante del continente africano), entre otros, siendo este último la moneda de cambio con sus socios extranjeros.
No estamos ante dos bloques enfrentados, sino ante redes de patrocinio superpuestas. Emiratos Árabes Unidos ha sido acusado de apoyar a las fuerzas paramilitares a través de canales vinculados al comercio del oro y redes transfronterizas, mientras que Egipto respalda al ejército sudanés por cuestiones de seguridad y control del río Nilo. Otros países del Golfo, Turquía o potencias occidentales también mantienen intereses propios en Sudán.
Cuando se agotaron los recursos, la mayoría de la gente se vio obligada a comer el cuero de los animales muertos para sobrevivir
Una trabajadora humanitaria
Esta injerencia extranjera y los apoyos cruzados prolongan el conflicto: los actores sudaneses explotan estas rivalidades para sostener la guerra. La ausencia de coordinación internacional ha limitado los intentos de mediación, con demasiados procesos paralelos y sin consecuencias reales cuando se violaban los acuerdos.
Colapso humanitario
El impacto humanitario del conflicto en Sudán es masivo. Más de 30 millones de personas necesitan asistencia y el país africano vive la mayor crisis de desplazamiento y hambre de todo el mundo.
El desplazamiento interno supera ya los nueve millones de personas, concentrados en zonas como Darfur, Kordofán y el estado de Jartum, principales epicentros del combate. Las rutas de huida siguen patrones similares desde áreas urbanas como Jartum o El Fasher hacia zonas rurales o localidades como Tawila, en Darfur del Norte.
Alrededor de tres millones de sudaneses han cruzado las fronteras de su país en los últimos tres años. Chad se ha convertido en el principal destino, con más de 1,2 millones de refugiados procedentes de Darfur, seguido de Sudán del Sur, que acoge cerca de un millón de personas entre refugiados y retornados. Egipto, por su parte, concentra entre medio millón y 600.000 sudaneses.
Los centros hospitalarios y educativos están prácticamente inoperativos en gran parte del país. Los centros de salud carecen de personal, medicamentos y capacidad operativa. Solo un 3,3% de adolescentes tiene acceso a anticonceptivos y una proporción similar dispone de productos de higiene menstrual. En las zonas más afectadas, el 75% de los adolescentes están fuera del sistema educativo.
Violencia sexual: una práctica extendida
La violencia sexual en el conflicto de Sudán aparece en todos los informes de organizaciones no gubernamentales y centros de análisis e investigación. En las zonas analizadas en Darfur, las adolescentes identifican el abuso psicológico, el matrimonio infantil, la explotación sexual, el acoso y la violación como las formas más comunes de violencia de género, siendo las dos primeras las más extendidas.
Las cifras reflejan un entorno en el que la violencia es estructural y afecta la vida cotidiana. Actividades básicas como recoger agua o leña se consideran de alto riesgo por la presencia de grupos armados. Se relatan violaciones masivas durante los desplazamientos, incluidas menores que quedaron embarazadas sin atención médica.
Estas prácticas no pueden entenderse como episodios aislados, sino como parte de una dinámica más amplia de violencia contra civiles que incluye asesinatos, hambre inducida y ataques sistemáticos contra la población civil.













