
Sevilla celebra la XL Exhibición de Enganches con un desfile histórico
A las 10:15, escoltados por la Banda del Sol, iniciaron su camino hacia la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Este año, otra de las novedades es que todos los carruajes tienen matrícula para entrar en la Feria, por lo que ya no es un privilegio reservado a los ganadores. Con Sevilla completamente parada para este evento fue a las 12 en punto, cuando el albero de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla se llenó de música: la Banda del Sol, celebrando su medio siglo, dejó caer los primeros compases de ‘Sevilla tiene un color especial’. Detrás, como un cuadro en movimiento, los abanderados de la Policía Nacional y la Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre dibujaron un saludo solemne.
Y entonces, el ruedo dejó de ser ruedo para convertirse en escenario: apareció la madrina, Rocío Peralta, heredera de un mundo de campo y caballo, girando sobre la arena donde un día lo hiciera su padre. Tras ella, el homenaje a Ronda, ciudad de historia que ha tenido un papel fundamental en el último año por la ayuda prestada durante las inundaciones de Grazalema. Y luego, el silencio solemne: himnos, vítores «¡Viva Andalucía! ¡Viva el Rey!
¡Viva España!».El lujo de la tradiciónLa primera tanda fue un pura elegancia: seis de los ocho coachs históricos que han estado expuestos en el Apeadero del Real Alcázar —Park Drag, Mail Coach, Coach Coupé— desfilaron como reliquias vivas. Guarniciones inglesas, precisión milimétrica, y un aire de otra época que parecía colarse entre los tendidos. Era la antesala perfecta para lo que vendría: un carrusel de estilos, edades y acentos. No había prisa.
Cada vuelta embaucaba a los presentes, recordando que el enganche es, ante todo, patrimonio.La segunda tanda fue un estallido de diversidad: 14 enganches donde cabían mulas, ponis, niños cocheros de 8 y 11 años, y carruajes ligados a nombres como Cayetano Martínez de Irujo. Dos de los carruajes tuvieron problemas al salir. Hubo que bajar, empujar, recolocar y finalmente salir a pie. Y, sin embargo, lejos de romper la magia, la hizo más auténtica y real a situaciones que pueden suceder.
Aquí convivieron limoneras, troncos, cuartas y medias potencias. Cabriolets, breaks de caza, jardineras, phaetones, guarniciones caleseras con ese inconfundible cáñamo y cascabel y otras inglesas, más sobrias. Y así, tanda a tanda, el ruedo fue contando historias. La tercera tanda reunió 15 carruajes aunque la elegancia tuvo nombre propio: Pascuale Beretta, cuya limonera robó miradas gracias a su precisión, cadencia y conocimiento del caballo.
En este tramo todo era guarnición inglesa. A estas alturas, el espectáculo ya había alcanzado velocidad de crucero. Pero la cuarta tanda añadió dificultad: todos troncos ingleses, todos moviéndose en un espacio cada vez más exigente. Aquí se vio el verdadero oficio.
Sacar un carruaje no era solo girar: era calcular, anticipar, negociar con el espacio y con los demás. Entre tanto caballo y carruaje, el verdadero arte era el control. Y, mientras, las mujeres, de mantilla o de flamenca, competían por dos premios también de renombre.La quinta tanda fue de las más singulares. Troncos caleseros, tandems, tresillos… y un cochero de seis años que concentró todas las miradas.
No por ternura, que también, sino por la destreza con la que trabajaba. Aquí el enganche volvió a su raíz popular. Cascabeles, farois ovais, cuero y cáñamo: Andalucía y Europa dialogando en cada enganche.Trece enganches dominaron la sexta tanda. Tresillos, potencias, cuartas… carruajes más robustos, con protagonismo de mail break y grandes break.
Cada vez era más complicado encontrar un hueco en el albero para desfilar con los enganches, lo que hace aún más de merecer la labor de los cocheros, cuya única dificultad la encontraron a la hora de organizarse para realizar las salidas. El calor ya apretaba. La sombra era un bien escaso. Pero nadie se movía.
Porque cada salida seguía siendo única.Y llegó uno de los momentos más bellos. En la séptima tanda, con 13 cuartas caleseras, el público guardó silencio para escuchar algo cada vez más raro: el sonido limpio de los cascabeles. Un instante suspendido, roto solo por el ritmo de los cascos. Entre estos carruajes se encontraban Los Cantores de Hispalis celebrando sus 50 años en la música y la Medalla de Andalucía de las Artes.La última tanda llegó como llegan los finales buenos: sin estridencias, pero con peso.
Catorce enganches, entre medias potencias, coches a la larga y coachs que parecían navegar en un mar de arena. Era el cierre, pero también el momento más esperado: los carruajes más grandes y los enganches con mayor número de caballos que exigen gran destreza y confianza en diálogo invisible entre hombre y animal. Aquí no hay margen de error. Cada movimiento es una coreografía milimétrica.Cuando el último carruaje abandonó la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, no terminó nada.
Al contrario: empezó la cuenta atrás para la Feria. Porque estos enganches, estos caballos, estos cocheros, saldrán en unos días por el Real. Seguirán desfilando entre farolillos y albero.













