
El método de estas hermanas restauradoras de Toledo al trabajar con arte religioso: "De puertas para afuera, devoción, de puertas para adentro, material"
En Talavera de la Reina, un taller alberga la pasión de dos hermanas, Alba y Elsa Ramos, dedicadas a la conservación y restauración de arte sacro. Herederas de un oficio que vieron en casa desde niñas gracias a su madre, su vocación es un pilar fundamental en sus vidas. “Teníamos claro nuestro amor por el arte y, al final, decidimos hacer esto”, confiesan. Sus inicios fueron humildes, en el garaje de su casa, un espacio que transformaron en su taller antes de establecerse en su local.
Las hermanas Ramos son conscientes del inmenso legado artístico que posee España, un tesoro que, en su opinión, no siempre recibe la atención que merece. “Aquí en España hay tal cantidad de arte que no se le da tanta importancia”, reflexiona Alba.
Esta abundancia provoca que, a menudo, la conservación preventiva quede en un segundo plano. No se mantiene, “se restaura, porque la pieza está en peor estado de conservación, se está deteriorando”. La falta de financiación y de estrategia obliga a actuar de manera reactiva, atendiendo las urgencias en lugar de preservar el conjunto.
El trabajo en su taller va mucho más allá de la simple aplicación de pintura o barniz. Cada obra que llega es sometida a un análisis antes de la intervención. Este incluye pruebas con luz ultravioleta o estratigrafías para desvelar los materiales originales, la época y las técnicas empleadas por el autor.
Solo con un diagnóstico claro, deciden cómo abordar la restauración. “Cuando ya tenemos claro qué es y cómo tenemos que abordarlo es cuando empezamos la parte práctica”, concluye.
Trabajar con imágenes religiosas implica manejar una dualidad compleja: la del objeto material y la de la devoción que inspira. Para las restauradoras, es crucial separar ambos planos. “Cuando trabajamos con la obra de arte debemos discernir lo que es la devoción de lo que tenemos que hacer, que es tratarlo como una talla, porque si no, la fe y el respeto no nos permitiría trabajarlo”, explica Alba.
Sin esta distancia profesional, la intervención sería imposible.
Elsa reconoce que al principio el respeto que le imponían las tallas era abrumador: “Era como, no puedo tocar”. Con el tiempo, establecieron una regla para ejercer su oficio: “De puertas para afuera, devoción, de puertas para adentro, material”. Este enfoque les permite realizar intervenciones delicadas, como inyectar consolidante con una jeringa en las grietas del rostro de una virgen. “Tú imagínate una virgen que tú le estás clavando una aguja en la cara.
Si tú lo ves desde ese punto de vista, dices, madre mía, ¿cómo hago esto?”, ejemplifica Elsa.
Entre sus trabajos más especiales, recuerdan con especial cariño el Descendimiento de Plasencia, un paso compuesto por siete figuras que supuso su “primer empujón”. También destacan unas credencias de la catedral de Plasencia por su antigüedad y técnica. Sin embargo, la mayor recompensa es ver el resultado final. “Cuando ves salir esos pasos recién restaurados, cómo lo vive la gente, es una emoción, bueno, siempre lloramos”, confiesan.
Pese a su juventud, son una excepción en un campo con poca presencia de nuevas generaciones.
Reconocen que, aunque ahora la restauración es una carrera universitaria, la “profesión no está reglada”, lo que provoca “bastante intrusismo”. Además, la recompensa económica es escasa. “Desgraciadamente es una profesión con la que no te puedes hacer rico”, afirman.













