'La boca llena de trigo', el vértigo del lienzo en blanco

'La boca llena de trigo', el vértigo del lienzo en blanco
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'La boca llena de trigo', el vértigo del lienzo en blanco

El problema de ‘La boca llena de trigo’ (Anagrama, 2026), de Mayte Gómez Molina (Madrid, 1993), es que no tiene ninguna prisa por gustar. En las primeras páginas se percibe cierta resistencia: el texto no guía ni facilita una entrada clara. Uno avanza con una ligera incomodidad y, sin embargo, algo –discreto pero persistente– empieza a sostener la atención . Comencé la novela casi distraída –entre la Villa Borghese y el jardín del Palazzo Barberini– y durante un buen tramo tuve la sensación de que el libro avanzaba sin contar conmigo.

En algún momento dejé de buscar una historia nítida y empecé a escuchar la voz . A partir de ahí, el libro empezó a asentarse.No es un debut ingenuo. Gómez Molina – premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández 2023 por ‘Los trabajos sin Hércules’– escribe con una atención muy afinada al lenguaje. Su prosa no depende de la acción, sino de la interpretación: cada frase parece ligeramente desplazada, como si evitara lo obvio.

Ese gesto, que al principio desconcierta, acaba siendo el núcleo de su fuerza.Narrativa ‘La boca llena de trigo’ Autora Mayte Gómez Molina Editorial Anagrama Año 2026 Páginas Precio ValoraciónHay en esa voz una afinidad con Rachel Cusk : una superficie serena, cargada de observación. No organiza la experiencia de forma explícita, sino que acompaña el pensamiento mientras se formula. El interés deja de estar en lo que ocurre y pasa a la percepción.El argumento es mínimo. Anna, una joven pintora, recibe el encargo de realizar quince cuadros para una importante galería.

Pero la novela no se construye en torno a ese objetivo, sino a su suspensión. El lienzo en blanco no bloquea de forma dramática; más bien altera el ritmo de todo lo demás. El tiempo se dilata, las decisiones pierden claridad .Noticia relacionada general No No Veinticinco voces para explicar el mayor estallido de la poesía española contemporánea William González GuevaraEn ese desplazamiento aparecen escenas reveladoras. Incapaz de trabajar , Anna regresa de su taller, sin avisar, a casa de sus padres.

Su llegada introduce un pequeño desajuste cómico –no hay comida para tres– que señala algo más doloroso: ya no pertenece del todo a ese lugar. Se mueve por la casa con una familiaridad extraña. Se encierra en su antigua habitación. Observa un cuadro que eligió años atrás y lo mira con una mezcla de reconocimiento y distancia .

Después se tumba en la cama y se queda dormida.No ocurre nada en términos narrativos. Pero en esa quietud se concentra el sentido del libro: una atención a esas formas mínimas en las que la vida se desplaza sin hacer ruido .El mundo del arte no es un simple fondo, sino un campo de fuerzas que atraviesa la novela: tensiones, jerarquías e inseguridades. De ahí nace esa sensación de desajuste que lo impregna todo. A menudo la novela se detiene en ella más de la cuenta, pero es también en esa insistencia donde encuentra su verdadera fuerza.Lo que al principio desconcierta termina encontrando su lugar.

No porque la novela cambie, sino porque uno ajusta la mirada . El libro nunca acelera, pero se vuelve difícil de abandonar. Gómez Molina confirma que su territorio natural es el lenguaje; y, aunque el lienzo narrativo no esté del todo resuelto, su voz permanece.