
Morante sufre una cogida en Sevilla y pasa a la enfermería
De dos orejas inapelables. de verdad, ¿se puede comparar esa obra de arte con otras de oreja? Qué poca sensibilidad artística, señor presidente. Y con el primer toro, lo que siempre da un plus más de dificultad y de importancia.
En el burladero de capotes aguardaba la salida de Pelifino, con la cabeza abajo y movimientos con el cuello hacia uno y otro lado. «Moraaante, lo mejor del mundo», se desgañitaba un partidario. Lo mejor de lo mejor: ¡qué manera de torear! No pudo tener un toro más divino.
Rebuscó y rebuscó Juan José Domínguez las bolitas y solo palpaba dos, las dos que quedaron en sus manos; la otra se había metido en el forro del sombrero. Decía que él había «visto de tó» con la sonrisa del apoderado de fondo. Y el sorteo tuvo que empezar de nuevo. «El 37 y el 178», anunció el subalterno de Morante.
Hasta la suerte le ha cambiado al sevillano: qué toro de Matilla con más clase, fijeza y ritmo al que cuajó una pieza de cara orfebrería. La ataraxia encontró su belleza exacta en su capote. Sereno, imperturbable, como si ya conociese el otro lado de la vida. Desde el tendido las gargantas camaroneras se partían con las verónicas al ralentí, pasándoselo por donde los pitones queman.
Y sin solución de continuidad aleteó unas chicuelinas sin reloj, mientras el propio torero levitaba. Los oles rasgaban entonces el cielo andaluz. Los aficionados, con el culo inquieto de tanta emoción, se sentaban de medio ganchete, como el calesero que añoraba Bécquer, admirando aquel cante por Chicuelo, con una fina en la que le dio tiempo a recitar la guía telefónica. Inspiradísimo para ponerlo en el peto, con hasta dos quites más: uno por verónicas con su sello y otro por gaoneras, dándolas un giro de tuerca, que dicen los revisteros modernos.
Qué expresión más fea.Y mientras Morante se echaba el capote a la espalda volvieron los quejumbrosos ecos del polo de Tóbalo. Desgarrado Morante, con la pata p’alante, exponiendo, toreando por soleás. Pasándoselo por el lugar donde se muere. Cerquísima y despacito.
Así fue la faena, en la que aprovechó el sostenido temple de Pelifino, con el que principió a dos manos, por lato y rodilla en tierra. Para pintores. Una banderilla le partió las telas en el pase de pecho y cambió la muleta el cigarrero. Abandonado en redondo, fundido con el animal.
Era entonces el Minotauro de La Puebla. Fue por esa mano por donde se centró, vertical siempre, puro también. Sonaba el pasodoble faraónico, el de Curro Romero. Todo era perfecto.
De extraordinaria emoción. Pelifino fue perdiendo empuje, pero nunca nobleza. Respetó al torero, que se le presentaba como una ofrenda -«haz conmigo lo que quieras», aguantando parones, sintiendo la respiración de Pelifino por la taleguilla. Intercaló la zocata con el toquecito requerido, pero fueron los naturales últimos de frente, el oro molido.
Cómo aguantó la dormilera del toro. Quieto como un junco. Impérterrito. Derecho como una vela hizo la suerte suprema.
«Ahora va a resultar que también es que mejor los mata», decía el maestro Curro Vázquez. Hasta la empuñadura la estocada. ¿Alguien tenía dudas de que aquello era de doble trofeo, de más de media Puerta del Príncipe? Sí, uno: el presidente.
Allá él. Feria de Abril Real Maestranza de Sevilla Lunes, 20 de abril de 2026. Décima de abono. Cartel de ‘No hay billetes’.
Toros de Hermanos García Jiménez (1º, 2º, 3º y 4º) y Olga Jiménez (5º y 6º), Morante de la Puebla, de azul rey y oro: estocada traserita tendida (oreja con petición de otra); cogido en el cuarto, lo mata Jiménez de dos pinchazos y estocada (petición y vuelta). Borja Jiménez, de violeta y oro: estocada trasera desprendida (oreja); Tomás Rufo, de noche y oro: estocada trasera desprendida La felicidad acabó en el cuarto. Rondando las ocho aparecía Clandestino, suelto en el capote. Arrolló al maestro en los medios y lo prendió por debajo del glúteo, donde se llevaba la mano Morante, que se sentía herido.
A merced del toro de Hermanos García Jiménez, que lo pisoteó. Las cuadrillas se llevaron en una camilla humana hasta la enfermería. La cara de los tendidos cambió. La plaza se había llenado hasta los topes para ver a Morante, pero se encontró con Borja Jiménez en su versión más profunda, cuajando al toro de Matilla, que rompió a embestir.
El de Espartinas, que venía de pincharle la gloria a los victorinos, sabía que esta tarde no podría escapársele la Puerta del Príncipe. Entre ceja y ceja la tenía. Con qué profundidad toreó al notable Clandestino, al que sometió por abajo, con la bamba a rastras, despacioso. Pero pinchó -un pitonazo se llevó en el segundo encuentro- y cambió el doble galardón por la vuelta al ruedo en una faena que tuvo el gesto de brindar a Morante.
En esos momentos llegaban noticias de la enfermería de que a José Antonio lo estaban operando de una cornada entre el muslo y el glúteo.













