
UN HALLAZGO FORTUITO EN VENECIA: TRAS LAS HUELLAS DE CASANOVA
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Perderse en Venecia puede ser una experiencia reveladora, un método para descubrir rincones inesperados. En una de esas búsquedas sin rumbo fijo, un visitante tropezó con una pequeña tienda que capturó su atención.
Un Rincón Detenido en el Tiempo
Al doblar una esquina y cruzar un estrecho puente, se encontró en un callejón donde el tiempo parecía haberse detenido.
Allí, una tienda con un escaparate lleno de objetos curiosos le atrajo: camisetas con el rostro de Casanova, sombreros, capas y hasta una edición de ‘La Ilíada’.
Una placa metálica indicaba que en ese lugar había estado la Bottega del Caffè, donde Casanova buscó a un cirujano para atender al noble Matteo Bragadin, quien luego se convertiría en su mecenas.
El Encanto de la Bottega
Al entrar, descubrió el verdadero tesoro del lugar: Albert Gardin y Mónica Daniele, el matrimonio que regenta la tienda. Ambos son guardianes de un pequeño santuario donde el siglo XVIII aún se respira.
Mónica mostraba los sombreros como si fueran personajes de una comedia veneciana: el ‘cappellaccio’, ancho y teatral; la ‘cappellina’, más discreta; el ‘tricorno’, salido de un retrato de Goldoni; y los sombreros de paja, como el gondoliere o el panamá, con un aire adriático.
También estaban las capas.
El tabarro, una capa circular que se cierra bajo la barbilla, abrazando al que la lleva. Una prenda usada por venecianos de toda condición durante siglos y que aún se ve en invierno en la ciudad.
Casanova, el Bibliófilo
Albert, con un sombrero que llamaba “de Goethe”, guio al visitante hacia otro aspecto de Casanova: su faceta de lector y bibliófilo.
Casanova no fue solo un seductor, sino también el traductor de ‘La Ilíada’ al toscano, autor de memorias y un intelectual errante por Europa.
El visitante abandonó la tienda con una camiseta de Casanova y una copia de ‘La Ilíada’, imaginando salir del callejón como Salieri disfrazado, envuelto en un tabarro negro y un tricornio, con ese aire conspirador que Venecia inspira.
En Venecia, la imaginación no tiene límites, aunque el presupuesto sí.












