Sandro Veronesi: «La familia es una zona de guerra, pero se puede sobrevivir a ella»

Sandro Veronesi: «La familia es una zona de guerra, pero se puede sobrevivir a ella»
Imagen de archivo: https://www.abc.es/

Sandro Veronesi: «La familia es una zona de guerra, pero se puede sobrevivir a ella»

El poeta Philip Larkin escribió en 1971 unos duros versos sobre el influjo de la familia en la vida de cada individuo. Son duros, son crueles, son desesperados, ¿pero son verdad? El escritor italiano Sandro Veronesi cree que no, o no del todo. El poema es ‘Éste es el verso’ y, traducido, dice así: «Te ‘joden’, tu padre y tu madre.

Puede que no sea su intención, pero lo hacen. Te llenan con sus fallos y añaden algunos extras, sólo para ti». Así arranca, para concluir con una más desoladora conclusión: «El hombre transmite la miseria al hombre… Sal de esto en cuánto puedas.

Y no tengas hijos tú mismo». Por supuesto, Larkin nunca tuvo hijos. «No niego que la familia puede ser una zona de guerra, pero también sé que se puede sobrevivir a ella y que no determina por completo quiénes somos o quiénes podemos ser», asegura Veronesi en declaraciones a ABC.Esta idea de la familia como principal zona de conflicto y el espejo deformante que siempre ocurre en la vida exterior es la clave de la nueva novela del autor de ‘Caos calmo’ y ‘El colibrí’. En ‘Septiembre negro’ (Anagrama/Periscopi en catalán) , Veronesi nos presenta a un niño de doce años llamado Gigio y su abrupto despertar a la vida adulta, justo el verano de 1972.

El 5 de septiembre, día de los atentados, perderá la inocencia y también la protección de sus padres, que hasta entonces le permitían vivir en una especie de burbuja apartado de todos los males del mundo. De esta forma, los hechos internos y externos le obligan a madurar de golpe. «Me acuerdo muy bien de los atentados de Munich. Entonces tenía 13 años y, para mí, los deportes y las olimpiadas eran un espacio de refugio y distracción en los largos veranos.

Que de pronto estuviesen manchados por la tragedia y la muerte fue un verdadero shock. La verdad es que a mí no me pasó nada personal en mismo aquel verano, pero imaginé a un niño que sí que sufriese aquel cataclismo también a nivel personal», afirma Veronesi.Los padres de Giglio son un abogado toscano amante del mar, resolutivo y divertido, y su madre, una ama de casa irlandesa pelirroja de gran belleza que se desvive por sus dos hijos, dos mundos, dos culturas y una única familia. «Venimos de una tradición cristiana que hace que Jesucristo sea el creador de María y Jesús, sus padres, y no a la inversa. Esa es la paradoja.

Esta idea está metida en el inconsciente de cada niño, que cree que sus padres sólo existen a partir de ellos, como si no tuviesen una vida más allá. Cuando descubres que tu padre y madre son mucho más que simplemente tu familia es cuando empieza la edad adulta», comenta Veronesi.Noticia relacionada general No No Samanta Schweblin se lleva el millón de euros del premio Aena con los relatos de ‘El buen mal’ Carlos SalaAquí viene el drama del libro, cómo la vida no es una sola, sino que es múltiple, y en la mayoría de casos tú no importas en absoluto y no tienes armas ni altavoces con los que protestar. El descubrimiento de esta insignificancia puede romper el corazón a un niño, que ha crecido creyéndose el centro de atención del mundo. «Como decía Paul Éluard, ‘ hay otros mundo, pero están en éste .

Hay otras vidas, pero están en ti’. Siempre vivimos en la multiplicidad de mundos. El niño empieza a ver que hay otras realidades y le entra la curiosidad. Oye a su madre gritar y decir palabrotas en una cabina y quiere saber qué pasa.

Pero saber siempre tiene un precio», señala el escritor italiano.Mientras ve la relación de sus padres tomar caminos que no acaba de entender, él empieza a despertarse al amor, sin entender lo que siente por la niña Astel Raimondi. Cuando consigue darle su primer beso, sus inseguridades sólo crecerán más. «El amor siempre es una incerteza. Ahora tiene que interpretar el beso, saber si lo tiene que hacer otra vez, si más fuerte o menos y eso le crea una angustia de la que intenta refugiarse con los deportes en la televisión.

Allí no hay que enfrentarse a sus sentimientos. Y eso es lo que nos exige ser adultos, enfrentarnos a lo que sentimos. Hay muchos adultos que se ocultan en los deportes, que siguen partidos de fútbol sin ningún interés como si fuera la final de un mundial, y así no se enfrentan a la realidad. Son inmaduros, inseguros, como niños, pero hay cientos así», asegura Veronesi.Superar el trauma infantil es clave para la madurez según el escritorVolviendo a los versos de Larkin, y sin destripar la trama de la novela, lo cierto es que Gigio y su hermana pequeña podrán decir que encontraron su propio camino en esta vida sin verse determinados por los errores de sus padres.

«Sí, todas las relaciones nos marcan, pero cuál es la alternativa. Los niños que salen de los orfanatos tienen más problemas, sin duda. Y tampoco vamos a volver a la jungla, como Mogwli, y vivir con los animales. La familia genera tanto protección como conflicto y lo importante es enfrentarse al trauma, asumirlo o nos hundirá en la miseria.

Quizá ahora no, quizá mañana tampoco, pero un día explotará y nos devorará por completo», afirma el autor de ‘El colibrí’.Hoy en día, con las noticias constantes de las guerras de Ucrania, el genocidio de Gaza, los distintos actos terroristas, los más pequeños parecen inmunizados al dolor. La sobre exposición a la violencia hace que lo vivan como algo ajeno, que siempre ocurre en otras partes del mundo. «Los ataques terroristas de Munich obligaron a todo el mundo a mirar y hacer suyo el horror, pero lo cierto es que los niños ven todo acto de violencia como un trauma. Ahora también.

Por eso es importante la figura de los padres, no para cerrarles los ojos al horror, sino para ayudarles a interpretarlo, a compartir lo que ocurre y qué les hace sentir», concluye Veronesi.El peso de la realidadEl autor está en Barcelona para participar en los tradicionales diálogos que se realizan como antesala al día de Sant Jordi. Ayer, por ejemplo, participó en un coloquio en la biblioteca Jaume Fuster junto a la escritora Lucía Solla Sobral, cuyo ‘Comerás flores’ se ha convertido en todo un fenómeno con más de 100.000 libros vendidos. Más allá de que el mundo parece haber tomado un rumbo incierto, él no quiere dejarse arrastrar por el caos. «Nuestra generación todavía creía en el futuro, en una evolución constante para mejor.

Ahora a los niños casi no se les permite pensar así con todo lo que pasa», concluye, sin derrotismo alguno, siempre con la idea de que nada está escrito y, por tanto, siempre podemos afectar con nuestras acciones a nuestro futuro y también al de los demás.