
¿Se puede sufrir desamor por una ciudad? Un libro explora cómo reconectar con lo urbano
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Pedro Bravo, escritor, pensador y observador urbano, plantea en su nuevo ensayo, “Antes todo esto era ciudad”, una pregunta inquietante: “¿Se puede sufrir desamor en nuestra relación con la ciudad?”. Bravo explora la creciente sensación de extrañamiento que muchos ciudadanos experimentan en sus propios barrios, y propone caminos para revertir esta tendencia.
El desamor urbano: una sensación colectiva
Bravo describe este sentimiento como algo personal pero a la vez colectivo. La sensación de sentirse ajeno en lugares que antes resultaban familiares, una experiencia similar al desamor en una relación de pareja. Esta desconexión provoca desorientación, tristeza e incluso una pérdida de sentido.
A diferencia de las relaciones personales, este desamor urbano no surge de razones emocionales, sino de factores objetivos que Bravo analiza en su libro. Se pregunta qué procesos nos están llevando a esta desconexión con las ciudades que amamos, o incluso con aquellas que, al llegar, nos resultan extrañamente similares a otras.
¿Qué es realmente una ciudad?
Para Bravo, definir qué es una ciudad es crucial. Propone tres definiciones básicas: el espacio arquitectónico, la administración de ese espacio y, fundamentalmente, la comunidad que vive en él. Esta última es la clave del éxito de las ciudades: la convivencia de personas diferentes que se unen para crear algo juntos.
De esta interacción, de ese choque entre personas con diferentes puntos de vista, surgen nuevas ideas que impulsan la evolución de las ciudades y de la sociedad. Sin embargo, las políticas de muchos administradores urbanos no parecen entender esta definición de comunidad, y tratan a la ciudad como un producto comercializable, perjudicando a sus habitantes.
La desigualdad creciente en las ciudades
Uno de los mayores problemas de las ciudades actuales es la creciente desigualdad. Según los expertos, esta desigualdad se ha intensificado con la globalización, afectando a las clases medias y trabajadoras. Cada vez hay más gente rica, pero sobre todo, mucha más gente con menos poder adquisitivo.
En las ciudades, esto se manifiesta de dos maneras: las urbes que buscan atraer visitantes e inversores generan mucha desigualdad interna, al encarecer el coste de vida y dificultar el acceso a bienes y servicios básicos. Además, se produce una desigualdad entre estas ciudades “exitosas” y el resto del país, que se empobrecen a su costa. Por ejemplo, Madrid estaría restando oportunidades a otras ciudades intermedias.
El auge de los totalitarismos y el factor urbano
Bravo sugiere que el auge de los totalitarismos está relacionado con lo urbano. Aunque tradicionalmente se ha visto como una lucha entre lo rural y lo urbano, Bravo argumenta que las ciudades no son solo las grandes metrópolis, sino también las pequeñas y medianas, donde la falta de futuro y la desigualdad se manifiestan primero.
Cuando las políticas se centran en los grandes centros urbanos, las zonas rurales y las ciudades pequeñas experimentan un sentimiento de olvido. Esta frustración, basada en hechos reales, es aprovechada por los movimientos nacionalpopulistas, que prometen soluciones a problemas que, a menudo, los gobiernos progresistas no han sabido resolver.
Renaturalizar las ciudades: una necesidad urgente
Bravo define a la especie humana como una “especie urbana”, pero lamenta la desconexión con la naturaleza. Aunque no cree que todos debamos vivir en ciudades, reconoce que la tendencia es creciente. Sin embargo, las ciudades deben entender que forman parte de la naturaleza y vivir en armonía con ella.
En un mundo donde el cambio climático es una realidad, actuar políticamente con una visión “verde” es la única forma de garantizar la vida en las ciudades. Esto implica tomar medidas radicales y cambiar la forma en que interactuamos con el entorno natural.
Madrid: ¿un ejemplo de desamor urbano?
Madrid, la ciudad donde reside Bravo, reúne muchas de las características negativas que describe en su libro. Durante años, la capital española ha buscado ser atractiva, a veces por un complejo de inferioridad. Sin embargo, esta búsqueda de “éxito” ha llevado a priorizar los intereses de los inversores sobre el bienestar de sus habitantes.
Madrid está decidida a ser Londres o Miami, pero en Londres, por ejemplo, es casi imposible vivir. La ambición de brillar en la competencia internacional de ciudades ha facilitado la entrada de grandes poderes económicos, descuidando la calidad de vida de los ciudadanos. Madrid se está volviendo una ciudad solo para ricos, y las clases medias se ven obligadas a marcharse.
¿Hay esperanza para las ciudades?
Bravo concluye con un mensaje de esperanza, aunque reconoce los problemas que enfrentan las ciudades. Para él, es crucial cambiar las ciudades para cambiar el mundo. La clave está en no aceptar los relatos que nos cuentan sobre qué es la ciudad y qué es el éxito, y pensar en qué queremos nosotros de las ciudades, para qué nos sirven y cómo queremos convivir en ellas.
Uno de los caminos a seguir es la renuncia: resistirse a la inercia impuesta de velocidad, crecimiento y atracción, y optar por un modelo de desarrollo más humano y sostenible. Bravo también aboga por la descentralización y la creación de ciudades intermedias conectadas con las grandes, que ofrezcan proyectos de vida a sus habitantes sin necesidad de generar monstruosas megalópolis.
En definitiva, Bravo nos invita a reflexionar sobre nuestra relación con las ciudades y a buscar soluciones para construir un futuro urbano más justo, sostenible y habitable para todos.













