¿Tu hobby se ha convertido en una exigencia constante?

¿Tu hobby se ha convertido en una exigencia constante?
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¿Tu hobby se ha convertido en una exigencia constante?

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En los últimos años, ha surgido una tendencia común: al llegar a los 30, muchas personas adoptan un nuevo hobby. Ya sea pádel, running, escalada, observación de aves, cerámica o crochet, estas actividades se presentan como una forma de explorar nuevas facetas.

En teoría, los hobbies son espacios de tiempo libre dedicados a actividades placenteras sin fines productivos. La RAE los define como “actividad que, como afición o pasatiempo favorito, se practica habitualmente en los ratos de ocio”.

Sin embargo, en una sociedad que valora la productividad, surge la pregunta: ¿podemos disfrutar de nuestros hobbies sin exigencias? ¿O permitimos que la autoexigencia y el perfeccionamiento, propios del trabajo, influyan en ellos?

La paradoja del ocio

El filósofo Juan Evaristo Valls Boix señala que “en la era del ocio, el ocio se ha vuelto imposible”. Vivimos en una sociedad de consumo donde nuestras aficiones están mediadas por el trabajo o el consumo, convirtiendo el tiempo libre en una inversión.

El problema es que nuestros hobbies, destinados al disfrute, se ven influenciados por la optimización e incluso la rentabilidad. Si no somos buenos en algo, lo abandonamos por considerarlo una “pérdida de tiempo”.

Laura, de 36 años, abandonó varios hobbies por no sentirse lo suficientemente buena: “Las cestas de regalo para bebés y mamás me quedaban preciosas… y luego vi con las que competía en Etsy”.

Esta comparación constante, según la psicóloga Joana Tomàs, surge de “haber internalizado la lógica de la productividad no solo en los espacios de trabajo, sino también en los espacios de descanso”. Así, el ocio se evalúa con preguntas como: “¿Estoy mejorando? ¿Estoy siendo constante? ¿Esto sirve para algo?”. Si la respuesta es negativa, surge la culpa.

La lógica de la excelencia está vinculada a la vergüenza de clase y al género, limitando la capacidad de hacer cosas sin la garantía de hacerlas bien. Kamila, de 31 años, reconoce que si no es buena en algo al instante, lo deja, un sentimiento compartido por Marta, de 41 años.

Valls Boix explica que las mujeres sienten más vergüenza de hacer o participar por verse desautorizadas, mientras que los hombres, bajo el discurso de la masculinidad, evitan mostrar vulnerabilidad. De una forma u otra, la necesidad de optimización coarta el disfrute.

Para combatir esto, el filósofo propone hobbies que no tengan ningún fin, sino que sean una forma de estar en el mundo. Recuerda a Roland Barthes, quien practicaba actividades en las que no era bueno para descomponer su narcisismo y separar el disfrute del dominio. “Estas actividades son una forma muy radical de libertad”, afirma.

Leonor, de 25 años, disfruta de sus clases de salsa porque sabe que no será bailarina profesional y solo busca pasarlo bien. Clara, de 39, encuentra en el crochet un espacio para ser mediocre sin culpa, ya que su profesión exige perfección. Sofía, de 31 años, se reconcilia con su torpeza en la cerámica, disfrutando del proceso sin presión.

La exposición pública del hobby

Pero, ¿qué ocurre cuando los hobbies se exponen en redes sociales?

Las redes sociales, aunque fuente de inspiración, también fomentan la comparación, la autoexigencia y la rentabilidad. Al subir fotos de nuestros hobbies, “convertimos nuestro tiempo libre en una mercancía”, explica Valls Boix. Esta circulación genera reacciones que no siempre nos benefician.

Tomàs asegura que “vivir sin espacios libres de exigencia dificulta la desconexión, aumenta la fatiga mental y hace que las actividades que antes eran placenteras se conviertan en tareas a completar”.

Cristina, de 42 años, con una cuenta de lifestyle en Instagram, reconoce sentir ansiedad ante la insistencia de monetizar su cocina. Diana, de 25 años, se ha prohibido subir a redes el proceso de sus hobbies por placer para no pensar en si gustará o no.

Alba, de 34 años, rechaza monetizar sus hobbies, creyendo que “la vida buena es totalmente incompatible con la rentabilidad”. Tomàs reivindica la necesidad de “hacer cosas sin objetivo”, ya que permite regularnos, recuperar energía, descubrir, disfrutar y favorecer la creatividad.

Valls Boix defiende que el tiempo libre puede invertirse en militancia o activismo, siendo algo gustoso y divertido. El objetivo final es concebir los hobbies como un espacio de horizontalidad que rompa con las dinámicas capitalistas y entienda que no todo lo valioso tiene que ser rentable. Hay formas de vivir más lentas y torpes que, precisamente por no servir para nada, merecen la pena.