
Un Viaje Olfativo a la España Medieval: Aromas que Curaban y Definían la Sociedad
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¿A qué olía la España medieval? Un estudio revelador de Fernando Serrano Larráyoz, publicado en Estudios de Historia de España, explora un aspecto poco conocido del pasado: los olores.
La investigación reconstruye el paisaje olfativo de la Península Ibérica entre los siglos XIV y XVI, revelando cómo perfumes, sahumerios y hierbas aromáticas no solo perfumaban el ambiente, sino que también cumplían funciones médicas, religiosas y sociales cruciales.
El Olfato como Herramienta Médica
En la medicina medieval, el olfato trascendía su función sensorial, erigiéndose como un instrumento terapéutico y diagnóstico. Influenciados por figuras como Aristóteles, Galeno, Avicena y Averroes, los médicos de la época concebían el olor como una emanación capaz de penetrar el cuerpo y alterar tanto el ánimo como la salud.
Los malos olores, provenientes de las calles, los desechos o los cuerpos enfermos, eran percibidos como una amenaza. En contraste, los aromas dulces y frescos poseían un poder purificador.
Arnau de Vilanova, médico del siglo XIV, defendía que los sahumerios con maderas aromáticas y especias podían limpiar el aire y fortalecer el corazón.
Cada fragancia se asociaba a un temperamento específico: las personas “cálidas” requerían aromas fríos, como el de las rosas, mientras que las “frías” necesitaban perfumes cálidos, como el almizcle o el limón.
En los hospitales, los olores indicaban salubridad. Las ordenanzas del Hospital de la Santa Cruz de Toledo (1499) exigían limpieza y la quema de romero para evitar el hedor. En Santiago de Compostela, se crearon zonas separadas para convalecientes, debido a la creencia de que los malos olores podían provocar recaídas.
Perfumes y Sahumerios en la Vida Cotidiana
En hogares y palacios, el aire se perfumaba con sahumerios, pebetes y pomas, pequeñas preparaciones aromáticas que, al quemarse, desprendían vapores fragantes. Estos productos purificaban los espacios y se creía que equilibraban los humores del cuerpo.
Estéfano de Sevilla recomendaba sahumerios distintos para cada estación: rosas y arrayanes en verano, cálamo y ciprés en invierno. Enrique de Villena, a finales del siglo XV, defendía el poder protector del almizcle y el ámbar contra el mal de ojo.
Con el tiempo, las recetas se refinaron. Juan Vallés, en el siglo XVI, incluyó pomas y rosarios aromáticos en sus tratados, combinando devoción religiosa con tratamiento terapéutico.
Aromas como Defensa ante las Epidemias
Durante las epidemias, los perfumes se convirtieron en una barrera defensiva. Los tratados médicos recomendaban llevar pequeñas esferas colgadas del cuello, rellenas de clavo, canela o incienso, para filtrar el aire y protegerse de los “miasmas” (partículas pestilentes que se creía transmitían las enfermedades).
Quienes no podían costear estos lujos recurrían a paños impregnados en agua rosada o vinagre.
Los aromas no solo se asociaban con la higiene y la prevención de la peste, sino también como bálsamos emocionales. El olor podía reconfortar el espíritu o aliviar la melancolía, una dolencia común entre las élites. Al arzobispo de Sevilla, por ejemplo, se le prescribió un sahumerio de cálamo, pasas y espicanardi para levantar su ánimo. En una sociedad donde cuerpo y alma eran inseparables, los perfumes funcionaban como medicina integral.
Con el paso de los siglos, el gusto por los aromas cambió.
Sustancias que habían sido símbolo de refinamiento, como el almizcle o la algalia, comenzaron a asociarse en el siglo XVIII con olores impuros y dejaron de usarse. Esta evolución revela cómo el olfato no es solo una experiencia biológica, sino también cultural.
El estudio de Serrano Larráyoz permite imaginar una España medieval envuelta en un aroma de romero, incienso y especias, donde el aroma era signo de estatus, herramienta de curación y defensa contra la corrupción del aire. Recuperar estos paisajes sensoriales es una forma de “oler” la Historia.













