
UCRANIA ESCONDE SUS COLEGIOS BAJO TIERRA PARA PROTEGER A LOS ESTUDIANTES DE LOS BOMBARDEOS
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Los constantes bombardeos sobre infraestructuras educativas han obligado a las autoridades ucranianas y a los docentes a trasladar las clases a refugios subterráneos. Lo que comenzó como una solución improvisada ha evolucionado a la creación de modernos colegios bajo tierra en ciudades como Járkov, una de las más castigadas por los ataques rusos.
El liceo de Balaklia: un antes y un después
En el liceo de Balaklia, región de Járkov, los pupitres que antes ocupaban Zhenya y Masha ahora yacen amontonados. Las aulas, que una vez fueron testigos de su crecimiento, se encuentran reducidas a escombros, conservando solo el recuerdo de lo que fueron: pizarras rotas, cajones desvencijados llenos de tareas sin corregir y percheros con mochilas de colores olvidadas desde aquel fatídico 8 de marzo de 2025. Esa noche, dos drones rusos impactaron contra el edificio.
Casi un año después, las mochilas siguen colgadas entre los restos. Aunque las obras de reparación han comenzado, la escuela aún no ha recuperado su función. El frío y la nieve se filtran a través de las ventanas rotas tras el ataque. Los escombros bloquean los pasillos, y las estanterías, antes repletas de libros, ahora lucen vacías. La vida escolar, las lecciones, los juegos y las conversaciones adolescentes han desaparecido del edificio y se han trasladado bajo tierra.
Un refugio convertido en escuela
A unos 100 metros del devastado liceo, un cartel amarillo y azul indica la presencia de un refugio. Al abrir la puerta metálica y descender las escaleras, se encuentra una actividad frenética. Adolescentes corren por los pasillos preparándose para una obra de teatro, celebrando una antigua tradición eslava que marca el fin del invierno y la llegada de la primavera. Decenas de niños aplauden las actuaciones de sus compañeros, olvidando por unas horas el rugido de los ataques rusos, un sonido familiar en Balaklia, una localidad a unos 70 kilómetros del frente de Kupiansk (Járkov), que estuvo ocupada por las tropas rusas y sufrió intensos combates hasta su liberación.
Las cicatrices del colegio abandonado también son testigos de esa etapa. Andriy Vasilyovich, profesor de educación física durante 25 años, camina con cautela sobre los escombros. “Los rusos usaron uno de los edificios como almacén militar. Cuando la ciudad fue liberada, encontramos tantas cajas de armas que llegaban hasta el techo”, relata, mostrando una caja verde oscura donde los soldados rusos guardaban armamento durante la ocupación.
“Cuando terminó la ocupación, sentí una gran felicidad por volver a casa. He trabajado 35 años en este colegio, y lo es todo para mí. Pero después, la felicidad se convirtió en preocupación por arreglar y limpiar todos los destrozos de los primeros meses de la invasión”, explica el profesor. “Cuando el colegio ya funcionaba de nuevo para apoyar a los estudiantes, llegaron los drones y volvieron a destrozarlo todo. Siento dolor cuando somos atacados todo el tiempo, pero otra vez tendremos que atravesar todo esto. Somos fuertes y lo haremos”.
Ante la destrucción del colegio, la dirección y los profesores han trasladado las principales asignaturas y clases extraescolares al principal sótano de la ciudad, transformándolo en la escuela que necesitan. Aunque las clases oficiales siguen siendo online, este espacio permite mantener un sistema mixto para fomentar el contacto directo entre los alumnos y sus profesores.
Una estrategia nacional
Esta no es una medida aislada. Otros centros educativos en las regiones más afectadas por los bombardeos rusos han optado por esconder las clases bajo tierra. Si bien al principio se priorizaron las clases online debido al gran número de familias que habían abandonado el país o sus ciudades de origen, ahora algunos centros de la región de Járkov apuestan por crear espacios seguros donde los alumnos puedan disfrutar de un sistema educativo similar al que tenían antes de la guerra y la pandemia.
Escuelas subterráneas: un refugio para el aprendizaje
En medio de las alarmas antiaéreas y las aulas vacías, Ucrania ha comenzado a excavar su derecho a la educación. En ciudades castigadas por los ataques como Járkov y Zaporiyia, se han construido escuelas subterráneas diseñadas para resistir bombardeos y garantizar cierta continuidad educativa en tiempos de guerra. Estos espacios protegidos, sin ventanas, con paredes reforzadas y rutas de evacuación, permiten a los niños aprender matemáticas mientras, en la superficie, persiste el riesgo de un nuevo ataque ruso.
En Járkov, el colegio ‘Liceo 17’ también sufrió daños en sus ventanas al inicio del conflicto. Desde 2022, la dirección de la escuela decidió volver a las clases online como medida para asegurar el avance académico de sus alumnos en condiciones de seguridad. “Funcionaba bien, pero ya eran muchos años sin vernos, sin tocarnos, sin que los niños se pudieran comunicar con sus compañeros”, reflexiona Olga Nepluyeba, profesora de español y alemán. A las ganas de volver a la presencialidad se sumaban las dificultades para conectarse debido a los frecuentes apagones o la necesidad de desconectarse durante las clases para bajar a un refugio en caso de alarma antiaérea. En septiembre del año pasado, la escuela inauguró esta nueva versión de sí misma: un sótano construido específicamente para albergar una escuela desde cero.
Olena Dedyaeva, directora del Departamento de Educación de Járkov, gira con fuerza el volante amarillo que permite desbloquear la puerta blindada que protege a los menores durante sus clases. En el interior, los niños se organizan por cursos y reciben la educación reglada. Vlad, estudiante de inglés, explica por qué extrañaba volver al colegio, al de verdad, al presencial. “En casa me aburría mucho y no me gustaba. Pero ahora es más divertido”, dice el niño de diez años. “Ahora podemos abrazar a nuestras profesoras”, añade Marta, de nueve años, antes de correr a abrazar a su maestra.
Una generación marcada por la guerra
Muchos estudiantes han pasado años alternando entre clases online, refugios y mudanzas forzadas, con conexiones inestables y contextos familiares marcados por el exilio y el duelo. En una clase de unas 20 personas, más de la mitad levanta la mano para contar su experiencia temporal en otros países: Holanda, Alemania, Turquía, Azerbaiyán, Polonia… Vlad vivió seis meses en Berlín. “Mi padre tenía que quedarse en Ucrania -los hombres tienen prohibido salir del país debido a la Ley Marcial- y le echaba mucho de menos”, explica el menor.
Una niña tímida cuenta que su familia sigue viviendo en un lugar que no es el suyo. Procede de Donetsk, una de las regiones más castigadas por la guerra.
Desde 2022, más de 2.800 centros educativos han sido dañados o destruidos, y solo una parte de las escuelas ha podido mantener la enseñanza presencial de forma estable, lo que obliga a millones de estudiantes a alternar entre clases online, híbridas o en refugios. UNICEF advierte de que los ataques, los cortes de energía y la falta de refugios adecuados han interrumpido de forma continuada el acceso a la educación, dificultando tanto el aprendizaje presencial como el digital y poniendo en riesgo el futuro académico de toda una generación.
La creación de estas aulas bajo tierra responde a una realidad prolongada de ataques contra infraestructuras civiles, incluidas escuelas, que han obligado a miles de centros educativos a cerrar o a funcionar online durante largos periodos. Según las autoridades locales, el objetivo no es únicamente garantizar la seguridad física del alumnado, sino también evitar el abandono escolar en una generación que ha crecido entre sirenas, desplazamientos y pérdidas.
Ya hay varias generaciones de menores ucranianos cuya infancia ha estado marcada por el conflicto en su país. Marsha tiene 15 años y ha vivido su paso de la niñez a la adolescencia en plena guerra. Reconoce no recordar con detalle cómo era la vida antes de la invasión rusa, pero sí echa en falta experimentar algunos de los anhelos de cualquier adolescente.
“Me gustaría estudiar adecuadamente, y también me gustaría tener más libertad. Por la guerra, mis padres son más estrictos. Tienen miedo de los ataques y no nos dejan salir con los amigos con normalidad. Tenemos más limitaciones. Nos gustaría ser como cualquier otro adolescente”, explica la joven, junto a su amigo Zenhya, con quien ha protagonizado una de las actuaciones en la escuela subterránea. “Si no hubiese habido guerra tendríamos muchas más opciones para hacer y, como otras personas de nuestra edad, no nos preocuparíamos de las cosas más básicas. Pero nosotros estamos cerca de la línea de frente, por lo que tenemos muchas restricciones. Me encantaría tener más libertad”, concluye el joven de 16 años.













