La paradoja de los combustibles “100% renovables”: ¿Una solución real o ‘greenwashing’?

La paradoja de los combustibles "100% renovables": ¿Una solución real o 'greenwashing'?
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La paradoja de los combustibles "100% renovables": ¿Una solución real o 'greenwashing'?

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La reciente subida de precios de los combustibles “100% renovables” en España, en paralelo con el incremento del petróleo debido a la tensión en Oriente Medio, ha generado interrogantes sobre su verdadera sostenibilidad y su independencia del mercado de combustibles fósiles.

¿Combustible renovable a precio de petróleo?

Hasta hace poco, Repsol, la principal petrolera en España, ofrecía gasolina, diésel y GLP en sus estaciones de servicio. En 2023, añadió una cuarta opción: combustibles “100% renovables”, fabricados a partir de aceites vegetales usados y otros residuos agrícolas o forestales, prometiendo “cero emisiones netas en uso”.

Sin embargo, estos combustibles se han encarecido al mismo ritmo que la gasolina y el diésel tradicionales, a pesar de no depender del petróleo. Datos de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) muestran que, en la primera quincena de marzo, la gasolina 95 subió 27 céntimos por litro, mientras que la “renovable” aumentó 23,6 céntimos. En el caso del diésel, la opción “renovable” subió más de 40 céntimos.

Esta situación ha provocado críticas, como la del profesor Adolfo Díaz Bautista, quien cuestionó en redes sociales por qué el diésel renovable, de origen vegetal, subía al mismo ritmo que el petróleo. Repsol respondió que, aunque proviene de materias primas orgánicas, su precio está ligado a los mercados energéticos internacionales.

¿’Greenwashing’ industrial?

Otras empresas, como Moeve (exCepsa), también ofrecen estos combustibles, obtenidos mediante el hidrotratamiento de aceites y grasas, presentándolos como una solución para la descarbonización en sectores difíciles de electrificar.

Sin embargo, expertos como Ismael Morales, de Fundación Renovables, critican el “realismo mágico” de estos combustibles, acusando a la industria de “retardismo climático” y “greenwashing industrial” para evitar la transición a vehículos eléctricos.

Morales argumenta que el diésel “100% renovable” mantiene la dependencia de vehículos de combustión, sin eliminar la contaminación ni mejorar la calidad del aire como lo harían los motores eléctricos. Además, su precio siempre será más elevado que el de la electricidad debido a la dependencia de combustibles fósiles en su cadena de valor.

También se cuestiona la veracidad de que estos combustibles sean realmente 100% renovables, ante la falta de auditorías externas y la posibilidad de que sean una “tapadera” para seguir extrayendo y quemando combustibles fósiles.

Emisiones, dependencia externa y fraudes

Francisco del Pozo Campos, de Greenpeace, aclara que los biocombustibles emiten una cantidad similar de CO₂ a los carburantes fósiles durante la combustión, y no son “neutros en carbono” como se suele afirmar, ya que generan emisiones en su cultivo, procesamiento y distribución.

Marcos Raufast, de la Fundación Ecología y Desarrollo (Ecodes), señala que, en “condiciones óptimas” y con materia prima local, estos biocombustibles podrían reducir hasta el 70% de su huella de carbono. Sin embargo, Bosco Serrano Valverde, de Transport & Environment (T&E), indica que el 80% del biocombustible consumido en España se importa, principalmente de Brasil e Indonesia, con un preocupante potencial de fraude, escasez de materia prima y dependencia del exterior.

La alta demanda de estas materias primas ha llevado a falsificaciones y cambios en los usos de la tierra en los países productores, deforestando bosques y liberando grandes sumideros de carbono, lo que incrementa el cambio climático y reduce la biodiversidad.

Competencia por el territorio, el agua y los alimentos

Los biocombustibles de primera generación provienen de cultivos alimentarios, mientras que los de segunda generación se obtienen de vegetación no comestible y residuos agrícolas. Sin embargo, Greenpeace considera que ambos son una “solución dañina para el clima” debido a su impacto perjudicial en los territorios, restando espacio y agua para el cultivo de alimentos y encareciéndolos.

Un estudio de T&E reveló que Europa destina a cultivos para biocombustibles una superficie equivalente al tamaño de Irlanda, tierra que podría alimentar a 120 millones de personas o absorber el doble de CO₂ si se devolviera a la naturaleza.

En resumen, la promoción de los biocombustibles como una solución climática plantea serias dudas debido a su dependencia de los combustibles fósiles, su impacto en la seguridad alimentaria y la biodiversidad, y el riesgo de fraude y dependencia externa.