La dictadura de la opinión: ¿Acción o palabrería?

La dictadura de la opinión: ¿Acción o palabrería?
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La dictadura de la opinión: ¿Acción o palabrería?

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En tiempos de incertidumbre, resurgen reflexiones sobre la opinión pública. Se debate entre la idea de D’Alembert, “La opinión mueve el mundo”, y la de David Graeber, que sugiere que los gobiernos no deben tener opinión, sino políticas.

La fascinación por la opinión pública

Resulta preocupante la fascinación de la política, especialmente la gubernamental, por la opinión pública, su escenografía mediática y tertuliana. Se percibe una burbuja que podría estar corrompiendo la esencia de la acción política.

Hoy en día, la opinión parece tener más peso que la acción, incluso que la deliberación, que a menudo se ve opacada por insultos y descalificaciones. Esta tendencia se ha contagiado a la ciudadanía, donde superar audiencias televisivas se considera un signo de avance político. Es crucial no dejarse llevar por estas percepciones superficiales.

¿Políticos a merced de opinadores?

Surge la pregunta de si los políticos e instituciones están tan debilitados como para depender de opinadores. Algunos políticos parecen sentirse más cómodos en tertulias que ejerciendo una comunicación política directa y efectiva.

Si bien la información es importante, ceder el debate público a las redes sociales representa una derrota para la democracia. La política debe tener rostro, y las nuevas formas de manipulación política a menudo carecen de él. No se puede dejar el futuro en manos de *influencers* y activistas digitales.

La demoscopia y la “odorscopia”

A la opinión pública se suma la demoscopia, con encuestas que a menudo se presentan como un fatalismo inexorable. Patrick Champagne, crítico de la demoscopia política, la considera una ciencia sin científico, señalando su tendencia a minimizar el peso de las minorías y su propensión a fallar como un horóscopo.

Frente a la sobrevaloración de la opinión y la insistencia de la demoscopia, emerge una nueva ciencia: la *odorscopia*. Aunque aún no es popular, podría llegar su momento. Se intuyen corrientes y vientos inesperados, y se confía en el resurgir de una resistencia silenciosa, una minoría a la que a menudo se olvida.

La clave reside en confiar en el “olor de la primavera” y no dejarse llevar por la fascinación por la opinión y la demoscopia de salón. Se anhela una acción política que trascienda la mera palabrería.