El fervor rociero: Historias de fe y tradición

El fervor rociero: Historias de fe y tradición
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El fervor rociero: Historias de fe y tradición

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La romería de El Rocío, más que un simple viaje, es una experiencia transformadora que invita a regresar una y otra vez. Dos ejemplos de este fervor son Alberto, un peregrino madrileño cuyo nombre está intrínsecamente ligado a la aldea, y Tere, una leonesa que cada año busca el reencuentro con la Virgen del Rocío.

Alberto del Rocío: Un nombre predestinado

La conexión de Alberto con El Rocío es tan profunda que se refleja en su nombre. Su madre, anhelando una hija llamada Rocío, decidió mantener el nombre al nacer Alberto. “Mi madre no se quedó con las ganas y me puso Alberto del Rocío”, relata.

Su padre, onubense, le transmitió la fe rociera, una tradición que compartió con su esposa, malagueña, llevando a toda la familia desde Madrid, superando incluso las dificultades económicas.

Alberto recuerda con cariño aquellos primeros viajes: “Mi padre, me acuerdo perfectamente, con un Simca 1000 amarillo, pues nos metíamos toda la familia ahí y nos íbamos al Rocío”. Su infancia rociera transcurría en tiendas de campaña cerca de la aldea, un Rocío humilde pero lleno de fervor.

Tita Tere: La leona del camino

La historia de Tere, conocida como “Tita Tere, leona del camino”, comenzó más tarde. Su apodo surgió de forma natural: “Tita Tere” por su sobrina, con quien inició la peregrinación, y “leona” por su origen leonés. Tras su primera visita en 1999, quedó “atrapada” por la singular forma de vivir la fe en este lugar.

A Tere le cautivó la manera en que los rocieros expresan su devoción.

Para ella, la unión entre la oración y la música es uno de los aspectos más hermosos de la romería. “Lo bonito del Rocío es que se reza cantando y se canta rezando”, afirma con emoción. Esta vivencia la impulsa a regresar cada año.

La tradición familiar

Con el tiempo, la experiencia de Alberto en El Rocío ha evolucionado. Ahora acude a la aldea con sus hijas, y la familia se ha expandido.

“Alquilamos la casa entera, vamos 36 personas”, explica sobre la logística actual, que reúne a familiares y amigos en una convivencia muy organizada durante la romería.

La fe de Tere también ha arraigado en su familia. Su hijo mayor planifica su vida en torno a la peregrinación. “Cada baja de paternidad la mide guardando los días para ir al Rocío”, comenta orgullosa. Ver a sus hijos vivir la experiencia con intensidad es para ella una gran alegría.

Las historias de Alberto del Rocío y Tita Tere son solo dos ejemplos de los miles de relatos que convergen en esta aldea.

Un lugar donde peregrinos de diversos orígenes y edades se unen ante la Virgen, manteniendo viva una tradición donde el futuro se construye con promesas y la fe se manifiesta con alegría.