
Después de Orbán, ¿nosotros?
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La reciente derrota de Viktor Orbán en Hungría ha generado diversas reacciones, incluso dentro de la izquierda. Si bien Orbán representa un pilar de la internacional reaccionaria y un aliado clave de Donald Trump, algunos sectores de la izquierda han puesto el foco en el perfil del candidato ganador, Peter Magyar, un antiguo colaborador del propio Orbán. Esta postura asume que ambos son simplemente dos caras de la misma moneda.
El atractivo inicial y sus complejidades
Este enfoque tiene un atractivo inicial. En circunstancias normales, la izquierda no celebraría la victoria de un candidato conservador. Sin embargo, la situación en Hungría no parece ser normal, dado que muchos partidos de izquierda optaron por no presentarse para facilitar la victoria de Magyar, priorizando la derrota de Orbán por encima de su propia supervivencia parlamentaria. Magyar logró aglutinar el voto anti-Orbán, incluyendo un significativo porcentaje de votantes conservadores y liberales.
Más allá del atractivo inicial, existen argumentos más sofisticados que merecen atención. Uno de ellos es que votar por el “mal menor” desmoviliza a la izquierda, erosionando su identidad y capacidad de propuesta autónoma. Francia se cita a menudo como ejemplo. Sin embargo, aplicar este argumento al caso húngaro ignora la debilidad de la izquierda parlamentaria tras 16 años de régimen iliberal. El riesgo real no era la desmovilización, sino la consolidación de un régimen que impedía cualquier organización política independiente.
Un análisis más amplio
El caso húngaro es un síntoma de un problema mayor: el retroceso de las democracias en Occidente. Esto se debe tanto a la sustracción neoliberal de decisiones clave del ámbito democrático como al auge de fuerzas reaccionarias que buscan proteger a grupos étnicos dominantes mediante la apropiación de recursos y la restricción del demos. Esta internacional reaccionaria, presente en figuras como Trump, Putin, Netanyahu, Orbán, Milei y Abascal, se manifiesta en conflictos internacionales y en el desmantelamiento de las instituciones democráticas.
Ante esta amenaza, los húngaros demócratas, tanto de izquierda como de derecha, optaron por expulsar del gobierno a quien llevaba años socavando las reglas del juego.
Lecciones de la historia
La historia ofrece lecciones relevantes. En el pasado, la Internacional Comunista inicialmente se opuso a la colaboración con fuerzas burguesas, incluyendo a los socialdemócratas. Sin embargo, el fracaso de esta estrategia en Alemania llevó a una rectificación y a la formación de frentes populares, donde se cooperó con antiguos enemigos burgueses para frenar el avance del fascismo. Un diagnóstico contextualizado preciso es fundamental para diseñar una estrategia política correcta.
Marx y Engels entendieron la importancia de la flexibilidad táctica, recomendando diferentes estrategias para los comunistas en función del contexto específico de cada país. Un movimiento de masas vivo, aunque imperfecto, tiene más potencial transformador que una secta minoritaria con un programa doctrinalmente perfecto.
El debate en España
En España, parte de la izquierda, ubicada en Podemos, ha cuestionado la celebración de la derrota de Orbán, denunciando la flexibilidad táctica en nombre de la pureza doctrinal. Si bien la preservación de un centro de gravedad de las izquierdas puede ser un objetivo, es cuestionable si esto justifica la irrelevancia electoral. La denuncia del “malmenorismo” puede ser una operación oligárquica, que requiere una élite dirigente para trazar la frontera entre lo aceptable y lo inaceptable.
Optar por la opción menos mala siempre tiene costos, pero estos solo son evaluables en cada circunstancia concreta. Los húngaros que votaron a Magyar lo hicieron en un contexto de gobierno en connivencia con Rusia, falta de independencia judicial y bloqueo de fondos europeos. Eligieron la opción que les permitía recuperar un marco institucional desde el que seguir luchando.
Como reconoció Dimitrov en 1935, la diferencia entre democracia burguesa y dictadura fascista no es una sutileza académica, sino una cuestión de supervivencia. Esta lección, aunque deba ser reaprendida periódicamente, confirma la importancia de basar la política en las condiciones reales, y no en conclusiones preconcebidas.













