
Forjas Brun, vivos tras tres siglos de historia en Izurdiaga
Con la premisa de que una tierra se entiende mejor a través de su gente, COPE Navarra ha iniciado una nueva sección, ‘Navarra, con nombre propio’. Este espacio semanal viajará a los pueblos y valles de la Comunidad Foral para descubrir las historias de sus vecinos, comercios y tradiciones, revelando los tesoros que se ocultan en sus 272 municipios.
El viaje inaugural de esta sección ha comenzado en Izurdiaga, un pueblo de menos de 200 habitantes en el valle de Araquil.
En este lugar, a los pies del monte San Donato, se encuentra Forjas Brun, una herrería familiar fundada en 1772 por Babil Brun.
La historia de Forjas Brun es la de una saga familiar que abarca ya siete generaciones y casi tres siglos. Los actuales herederos, Eduardo y Gerardo Brun, continúan con el legado.
La pervivencia del apellido se ha debido a que en cada generación ha habido al menos un hijo varón, un hecho afortunado que ha permitido mantener el nombre, algo que “hubiera sido impensable” hace más de un siglo si el relevo hubiera sido femenino.
Desde su pequeño taller han salido obras emblemáticas que forman parte del paisaje navarro. Entre sus creaciones se encuentran una verja del mercado del Ensanche de Pamplona, la cruz de la Plaza de la Cruz o el monumento al peregrino de Puente de la Reina.
La lista incluye también la restauración de los cañones del Redín, las cadenas de Sancho Fuerte y la pasarela del Nacedero del Arteta, además de innumerables trabajos como los balcones de un edificio en Carcastillo, realizados por el bisabuelo de la actual generación.
Hoy, el taller se enfrenta a la competencia de Internet y las grandes empresas, una amenaza que ha hecho desaparecer a muchos herreros locales. Si antes su trabajo se centraba en elementos funcionales como puertas, barandillas o cabeceros, ahora se orienta más hacia objetos personalizados y de decoración.
El producto ha cambiado con el tiempo, como reconoce Eduardo Brun: “¿Quién le iba a decir a mi abuelo que nos íbamos a dedicar a hacer llaveros?
Ninguna necesidad tenía, con la cantidad de trabajo que había”. Ahora, incluso fabrican pequeños recuerdos de forja bajo pedido, adaptándose a un mercado que valora lo exclusivo.
A pesar de haber tenido “oportunidades buenas” para trasladarse a una nave en un polígono industrial, la familia prefiere mantener el taller en la planta baja de la casa familiar, donde también viven.
Para ellos, esta decisión es una declaración de principios sobre la autenticidad de su trabajo.
Eduardo lo explica con una sencilla metáfora: “No es lo mismo ir a comprar huevos a un supermercado que ir a comprar huevos a la vecina del pueblo que tiene a las gallinas de casa”. Esta filosofía, aseguran, es “la gracia, el encanto que tienes”.
Parte de la magia, según confiesan, reside en que ellos han elegido ser herreros por vocación, a diferencia de sus antepasados, para quienes probablemente era una obligación.
Han abrazado el oficio siendo “conscientes de todo lo bonito y todo lo malo que esto tiene”, manteniendo viva una tradición que se niega a desaparecer.













