La Ciudad de los Muchachos: El orfanato franquista donde el miedo era la norma

La Ciudad de los Muchachos: El orfanato franquista donde el miedo era la norma
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La Ciudad de los Muchachos: El orfanato franquista donde el miedo era la norma

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Enclavada en la montaña de Collserola, Barcelona, yace en ruinas lo que fue la Ciudad de los Muchachos, un orfanato donde, durante más de dos décadas, centenares de niños sufrieron maltratos físicos y emocionales.

Un viaje al pasado

Valentín, de 59 años, recorre lentamente la carretera de la Rabassada, adentrándose en los recuerdos de su infancia. “Hay cosas que no he hablado con mi familia y ya no creo que vaya a hacerlo”, confiesa. El miedo que sintió en aquel lugar aún lo acompaña.

Tras estacionar su coche, Valentín señala hacia una edificación derruida donde aún se lee: “Ayuntamiento de Barcelona. Beneficencia Casa Puig. Ciudad de los Muchachos”. Este era el nombre del orfanato franquista inaugurado en 1951, un proyecto personal de Alfredo Casanova, inspirado en el modelo educativo del padre Flanagan, que buscaba dar autonomía a los internos.

La Ciudad de los Muchachos funcionaba como una pequeña sociedad, con alcaldes, jueces y fiscales elegidos entre los niños. Sin embargo, lo que comenzó como una iniciativa pedagógica innovadora, pronto se transformó en una “casa de los horrores”.

Infancia truncada

Valentín llegó al orfanato en 1971, cuando la utopía inicial ya se había desvanecido. Tras un incendio accidental en su hogar, él y sus hermanos fueron separados de sus padres y enviados a la Ciudad de los Muchachos. “Allí empezó el infierno”, recuerda.

Relata “palizas increíbles” por parte de los adultos encargados de su cuidado, hambre, falta de escolarización y un fuerte adoctrinamiento religioso. “Crecí con miedo, sin entender por qué me pasaba todo aquello”, explica.

En la plaza principal, Valentín se encuentra con Lale, otro ex residente del orfanato, que vivió allí diez años antes. Aunque no se conocen, comparten historias similares de maltrato y sufrimiento. “¿Lo que más recuerdo de este sitio? Las hostias. Y las chinches”, rememora Lale.

Ambos coinciden en las durísimas condiciones de vida: ropa de verano durante todo el año, falta de higiene y un sistema de puntos por buena conducta que permitía acceder a artículos básicos como jabón o papel higiénico. “La rebeldía me la enseñó La Ciudad. Entendí que, si no me defendía, no dejarían de pegarme ni de matarme de hambre”, afirma Lale, quien perdió la audición de un oído debido a los golpes de uno de los curas.

Lale recuerda que les decían que eran pobres porque sus padres eran “unos rojos de mierda” y que, si no cambiaban, acabarían igual. “Y, cuando mencionabas a tu madre, te la dejaban de puta para arriba”, añade.

El abandono de la Iglesia

La situación en la Ciudad de los Muchachos empeoró cuando el Ayuntamiento cedió la gestión del orfanato a los Hermanos de la Salle. “Entonces se vino abajo el proyecto”, explica la escritora Teresa Roig, autora de un libro sobre la historia del orfanato. “A partir de la llegada de los Hermanos se empiezan a reportar casos de maltrato”, asegura.

El régimen franquista utilizaba la Ciudad de los Muchachos como escaparate, mostrando una institución que “reconducía a niños descarriados”. Sin embargo, tras el fin de la dictadura, las donaciones disminuyeron y los Hermanos de la Salle abandonaron el centro de forma repentina en 1977.

“Aquello se convirtió en una batalla campal”, relata Elías, otro ex alumno. Los niños, abandonados a su suerte, prendieron fuego a la sala de actos y recuperaron los juguetes que les habían sido arrebatados.

Elías fue rescatado por sus tíos, pero otros niños fueron repartidos por diferentes centros. Los que no tuvieron familia fueron enviados a pisos tutelados.

“Nos pegaban lo normal”

Elías relata palizas y maltrato, aunque relativiza la violencia, argumentando que “era lo normal para la época”. Sin embargo, Teresa Roig señala que esta justificación solo aparece entre los ex alumnos que vivieron en el orfanato después de la llegada de los Hermanos de la Salle.

Pere, uno de los primeros internos de la Ciudad de los Muchachos, recuerda una infancia feliz y una formación excelente. “Gané un concurso literario, era el que más goles marcaba y hasta me hicieron delegado de cultura”, cuenta con orgullo. Asegura que la formación era tan buena que el centro pagaba estudios superiores a los alumnos con potencial.

Pere reconoce que su experiencia difiere mucho de la de los niños que vinieron después y denuncia los abusos que sufrieron. “Los niños son las personas más vulnerables de la sociedad y, quien juegue con eso, no tiene perdón”, afirma Teresa Roig.

Tanto Roig como Joan Moya, un activista de la zona, luchan para que el Ayuntamiento rehabilite el espacio y dignifique la memoria de los niños que sufrieron en la Ciudad de los Muchachos. Sin embargo, el consistorio no tiene previsto “ninguna intervención” en el lugar.

Para los ex alumnos, esta falta de compromiso es una “falta de respeto”. “Si no nos ayuda a resolver este olvido un gobierno socialista, ¿quién lo hará?”, se pregunta Valentín.