
Ventanas, persianas y rutinas: Adaptando nuestros hogares al cambio climático
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La vivienda es esencialmente un sistema climático que puede ser regulado con gestos simples para enfrentar veranos intensos e inviernos impredecibles, sin depender exclusivamente del aire acondicionado.
Las olas de calor se han convertido en una constante, pero la forma en que habitamos nuestras casas no ha cambiado significativamente. Seguimos dependiendo del aire acondicionado, ignorando el impacto de abrir una ventana en el momento equivocado o bajar persianas sin criterio.
Hoy en día, habitar podría interpretarse como un acto de lectura climática. Debemos entender nuestra casa como una extensión de nuestra piel, un organismo que colabora con quienes aprenden a interpretarlo.
Un parque de viviendas diseñado para otro clima
En España, la vivienda promedio que intenta combatir una ola de calor pertenece a un parque edificado antiguo e ineficiente.
Un informe del Ministerio de Vivienda y Agenda Urbana indica que el 90% de los edificios que existirán en 2050 ya están construidos, y el 75% no cumple con los estándares actuales de eficiencia energética, lo que los hace vulnerables a climas extremos. Casi la mitad de los edificios fueron construidos antes de 1980, y el 89,1% es anterior al Código Técnico de la Edificación de 2006, lo que significa que sus estructuras responden a condiciones térmicas y precios de energía diferentes.
En España, la casa media que intenta defenderse hoy de una ola de calor pertenece a un parque edificado envejecido y mayoritariamente ineficiente.
Este parque residencial consta de 26,6 millones de viviendas en 8,87 millones de edificios, de los cuales el 74% son bloques multifamiliares que concentran el 66,5% de la superficie construida. La vivienda típica es un piso en altura, sujeto a inercias colectivas donde una persiana mal ajustada o una fachada sin sombra afectan a cientos de personas.
La distribución climática muestra que una de cada cinco viviendas en España se encuentra en áreas con inviernos fríos y veranos calurosos, lugares donde una casa mal adaptada sufre tanto por el frío como por el calor.
Mientras tanto, por desconocimiento, algunos hábitos cotidianos han cambiado menos que el clima, como abrir las ventanas al mediodía en julio.
El sector de la edificación concentra aproximadamente el 40% del consumo energético total y el 36% de las emisiones de gases de efecto invernadero del país.
El 90% de los edificios que existirán en 2050 ya están construidos, y el 75% de ellos no cumple los estándares actuales de eficiencia energética.
En las viviendas, cerca del 80% de la energía consumida se destina a calefacción, refrigeración y agua caliente, y dos tercios de esta demanda se cubren con combustibles fósiles, lo que aumenta la vulnerabilidad de los hogares ante la volatilidad de los precios y las crisis de suministro.
Principios para un uso climático de la vivienda
El primer principio es la ventilación adecuada: decidir cuándo, en qué estancias y por cuánto tiempo dejamos entrar el aire exterior.
Pasamos más del 90% de nuestro tiempo en interiores, por lo que la calidad del aire y su temperatura son cruciales para la salud y el confort.
En verano, esto implica cerrar la casa en las horas centrales del día, cuando el exterior está más caliente, y abrirla solo cuando el aire de la calle sea más fresco que el interior, es decir, de madrugada y a primera hora de la mañana. Este “preenfriamiento nocturno” permite cargar de aire fresco la estructura del edificio para resistir el calor del día, mientras que la ventilación cruzada entre fachadas opuestas puede acelerar la expulsión del aire caliente.
Ventilar debidamente consiste en decidir a qué hora, en qué estancias y durante cuánto tiempo dejamos entrar el aire exterior.
El segundo principio se relaciona con el sol y cómo lo detenemos. La protección solar debe estar fuera, o lo más cerca del exterior posible, y debe bajarse antes de que el sol alcance el vidrio. Toldos, lamas, persianas exteriores y voladizos cumplen esta función en las fachadas más expuestas, como las orientadas al sur y suroeste en las tardes de verano, al este en las mañanas, mientras que la fachada norte es ideal para ventilar sin recalentar.
El tercer principio es reorganizar la casa según el clima. Esto implica estudiar la geografía térmica del piso, identificando qué habitación recibe más sol, cuál permanece más fresca, dónde se acumula el calor, y en base a esto, desplazar las actividades. Por ejemplo, desayunar en la estancia orientada al este, trabajar al mediodía en la pieza más al norte, o refugiarse en la planta baja en los bloques con varias alturas cuando el calor asciende. Concentrar la vida invernal en la habitación más soleada reduce el uso de calefacción.
Los textiles, las puertas y la ocupación de las habitaciones pueden ser pequeñas válvulas de regulación climática: alfombras y cortinas gruesas en invierno como aislante, suelos desnudos y ventanas despejadas en verano para aprovechar la inercia térmica de la construcción.
La protección solar debe estar fuera, o lo más cerca del exterior que permita la arquitectura, y debe bajarse antes de que el sol alcance el vidrio.
Estos tres principios: ventilar con inteligencia, detener el sol antes del vidrio y mover el cuerpo dentro de la casa, cobran relevancia al considerar que entre 3,5 y 8,1 millones de personas sufren pobreza energética en España, y muchos hogares no pueden mantener una temperatura adecuada en invierno ni una vivienda fresca en verano, situación que se agrava durante las olas de calor.
Para abordar esto, se propone rehabilitar millones de viviendas, reducir en más de un 50% el consumo medio de energía primaria del parque residencial de aquí a 2050 y recortar hasta un 25% el número de personas en pobreza energética para 2030, con un ahorro acumulado en las facturas de los hogares y una reducción drástica de las emisiones de gases de efecto invernadero.
Si la vivienda es un artefacto climático, el cambio de época implica tratarla como tal, pidiendo políticas de rehabilitación y asumiendo que cada ventana y cada persiana forman parte de una infraestructura térmica que debemos usar de manera inteligente.
Entre un parque envejecido y un clima acelerado, el margen de maniobra se concentra en ese triángulo de aire, sombra y rutina, donde se decide cómo habitaremos el frío y el calor del siglo XXI.













