
Contra las casas que parecen consultorios de dentista: menos luz es suficiente
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“La arquitectura es la encargada de hacer morir dignamente la luz”. Esta frase del arquitecto navarro Eduardo de Miguel expresa una responsabilidad concreta que debería asumir cualquier proyecto arquitectónico. La arquitectura, además de ordenar el espacio, condiciona la experiencia y el paso del tiempo, y determina la manera en que la luz habita en sus rincones.
Sin embargo, al observar las promociones de viviendas recientes en España, se constata una tendencia preocupante: cocinas blancas, superficies brillantes, suelos porcelánicos pulidos como espejos, falsos techos con ojos de buey de luz blanca, y tiras LED que emulan pistas de aterrizaje domésticas.
En invierno, estas viviendas reproducen la claridad clínica de un quirófano. No hay transición, gradación, matiz ni penumbra. Encender la luz significa trasladarse al mediodía del Trópico de Cáncer. Esta estética, propia de los llamados bloques cebra, ha convertido la sombra en un error técnico. Se confunde intensidad con calidad y cantidad con sofisticación, malinterpretando que más luz significa más progreso.
El mediodía permanente
Durante el siglo XX, iluminar fue un gesto de civilidad. La luz eléctrica simbolizaba avance, higiene, seguridad y estatus. La ciudad contemporánea se expresó con neones, carteles luminosos y viviendas con grandes cristaleras iluminadas. Ese imaginario persiste, y los catálogos inmobiliarios anuncian interiores incandescentes donde la luminosidad proviene de la instalación eléctrica, ignorando la orientación solar.
Hasta hace poco, los centros comerciales competían por la intensidad lumínica. Este modelo se ha infiltrado en clínicas, oficinas y viviendas, reproduciendo una luz neutra, blanca y uniforme, como si el hogar debiera funcionar como un espacio comercial.
Pero el cuerpo humano no funciona así. El sistema circadiano depende de la variación lumínica para regular el descanso y el metabolismo. Activar luces LED por la noche envía una señal contradictoria al cerebro, resultando en insomnio y fatiga.
Por lo tanto, esta tendencia en viviendas resulta fría, impersonal y hostil para el cuerpo.
El elogio de lo tenue
En 1933, el escritor Junichiro Tanizaki publicó “Elogio de la sombra”, cuestionando el uso indiscriminado de la luz eléctrica y la idea de que más intensidad equivale a más belleza. Mientras Occidente persiguió la claridad, Japón aprendió a apreciar la gradación. La belleza no está en iluminarlo todo, sino en permitir que algo permanezca oculto.
La coexistencia entre claridad y penumbra es donde la materia adquiere espesor y el espacio, profundidad. En la arquitectura tradicional japonesa, la luz indirecta es el verdadero material constructivo, impregnando las paredes pintadas con colores neutros para absorberla sin destellos. La decisión cromática no es decorativa, es atmosférica.
Tanizaki observaba con preocupación cómo los hoteles se inundaban de luminarias que arruinaban la experiencia sensorial compleja. La crítica apunta contra esa tendencia a borrar los últimos resquicios de sombra en nombre del progreso. Occidente ha interpretado la oscuridad como un déficit técnico, cuando la experiencia estética y doméstica dependen de esa ambigüedad.
La proximidad entre Oriente y el norte de Europa
La sensibilidad japonesa hacia la penumbra encuentra un eco en la arquitectura de la Europa septentrional. Los maestros nórdicos entendieron que la luz es un fenómeno estacional y de matices. Alvar Aalto dedicó su investigación a domesticar la luz natural sin violentarla. En obras como la Biblioteca de Viipuri, la luz se filtra a través de lucernarios orientados, rebota en superficies curvas y se difunde antes de tocar al usuario. No hay deslumbramientos, solo transiciones de belleza y ergonomía visual.
Arquitectos como Aalto, Jacobsen y Utzon sublimaron el arte de iluminar con la cantidad precisa y la sensibilidad de quien maneja una materia prima celestial. Sus edificios se convierten en mediadores del ciclo natural, y la iluminación artificial se trabaja como un complemento sutil.
En estos interiores escandinavos contemporáneos persiste la cultura de la luz indirecta: lámparas de sobremesa, puntos a media altura e iluminación cálida y regulable. El techo no es el único lugar desde el que se emite claridad, sino que abundan las luces a media altura o puntuales sobre las zonas necesarias. En detrimento del foco cenital, aparece una constelación de pequeñas fuentes que construyen una atmósfera.
La iluminación sugiere que no todo necesita hacerse visible, sino que conviene discernir qué merece la luz y qué debe permanecer en sombra.
España: la excesiva domesticación de la noche
En un país donde la vida pública se prolonga hasta altas horas, resulta paradójico que el interior doméstico haya decidido abolir la noche. Hemos domesticado la oscuridad hasta hacerla desaparecer. Buena parte de la arquitectura tradicional mediterránea se construyó para negociar con la luz excesiva. La sombra es un aliado climático imprescindible. Hoy, en cambio, diseñamos fachadas acristaladas y resolvemos cualquier desajuste con más iluminación artificial.
La noche, que antes entraba progresivamente en la casa, hoy se interrumpe de forma brusca. Cocina, salón y dormitorio comparten la misma temperatura de color, intensidad y blanco neutro. Esta sobreiluminación constante empobrece la experiencia estética y erosiona la percepción del tiempo.
La calidad de un espacio depende de su capacidad para acoger distintos estados de ánimo y actividades. Son más atractivos los restaurantes apenas iluminados, con velas y zonas en penumbra. En cambio, un interior bañado por luz blanca y uniforme tiende a evidenciarlo todo. Cierta oscuridad es un recurso que otorga profundidad, elegancia y carácter. La sombra nunca es un error.













