
Cartas revelan la verdad sobre el padre de Juliana, 87 años después
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Juliana Garrote, a sus 87 años, ha descubierto la verdad sobre su padre, José Atienza Corrales, gracias a unas cartas y una investigación de memoria histórica. Durante décadas, Juliana creyó que su padre la había abandonado, pero la realidad era que él fue fusilado en 1940, tras el golpe militar de 1936.
Un pasado oculto por la guerra
José Atienza Corrales, jornalero y miembro de la CNT, tuvo que huir tras el golpe militar. Durante este tiempo, conoció a Guadalupe Garrote, con quien tuvo a Juliana en 1938. Al terminar la guerra, José fue detenido, juzgado y ejecutado en la plaza de toros de Jerez.
El investigador Antonio Ortega Castillo reconstruyó el caso de José dentro de un estudio más amplio sobre la justicia militar franquista en Arcos de la Frontera. Ortega destaca que el proceso contra Atienza siguió un patrón común en la época, donde la acusación prevalecía sobre la prueba y la afiliación política o sindical era el verdadero motivo de la condena.
Una ausencia marcada por el estigma
Para Juliana, la historia de su padre fue un vacío difícil de explicar. No llevó sus apellidos porque cuando intentaron inscribirla, él ya estaba prófugo. En la España de posguerra, esta ausencia administrativa se convirtió en una marca social.
Durante años, Juliana interpretó el silencio y la falta de información sobre su padre como una prueba de que él se había desentendido de ella. Esta idea influyó en su forma de relacionarse con el pasado. Sin embargo, la verdad estaba más cerca de lo que imaginaba.
Cartas desde la cárcel
La verdad estaba en su propia casa, en unas cartas que su padre le había escrito desde la cárcel. Su madre se las entregó cuando ya era adulta, pero ninguna de las dos supo leerlas en profundidad. En estas cartas, José Atienza trataba de mantener un vínculo con su hija, a quien apenas había podido conocer.
Según Antonio Ortega, las cartas son documentos muy potentes desde el punto de vista humano, donde se aprecia la preocupación de José por su hija, su bienestar y la familia que la estaba criando. Estas cartas desmienten la imagen de desamparo con la que Juliana cargó durante décadas.
Una carta escrita por un compañero de prisión revelaba la muerte de José, aunque la causa real fue el fusilamiento y no una enfermedad. Esta carta, fechada el 15 de agosto de 1940, fue clave para entender el destino de José Atienza.
Un encuentro fortuito
Juliana no entendió el significado de estas cartas hasta hace muy poco. Sus hijos comenzaron a cuestionar la historia de su abuelo y a buscar respuestas. Esta búsqueda personal se cruzó con la investigación histórica de Antonio Ortega, permitiendo encajar todas las piezas.
Este encuentro casual permitió completar la historia de José Atienza y reparar en parte el daño causado por la represión franquista. Juliana viajó por primera vez a Arcos de la Frontera, visitó los lugares vinculados a su padre y conoció su rostro gracias a un retrato fotográfico.
Juliana experimentó una mezcla de emociones al conocer la verdad sobre su padre, incluyendo alegría, rabia y tristeza por la infancia marcada por la ausencia y la represión. Su madre fue encarcelada y ella quedó al cuidado de sus abuelos.
Aunque los restos de José Atienza no han sido localizados, la investigación sigue abierta. Juliana, por su parte, no se hace demasiadas ilusiones. Antonio Ortega continúa trabajando en profundizar en la historia de Guadalupe, la madre de Juliana, y en la de otros vecinos cuyas memorias fueron segadas tras la guerra.
El investigador acompañó a Juliana y sus hijos por las calles de Arcos, visitando los lugares que fueron el origen de su familia. Un viaje agridulce, marcado por la alegría de descubrir la verdad y la rabia de haber tardado 87 años en hacerlo.













